Las enfermedades mentales y la ceguera moral de Occidente

Jueves, 01/01/2026 02:40 PM

Un amplio estudio publicado por la revista European Neuropsychopharmacology reveló que el 38,2 % de los europeos —unos 164 millones de personas— padece al menos un trastorno mental a lo largo de su vida. Paralelamente, la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce entre 160 y 180 entidades diagnósticas bajo el epígrafe "Trastornos mentales, del comportamiento y del neurodesarrollo". Las cifras son impresionantes y, sin embargo, profundamente insuficientes para comprender el problema real.

Porque lo que no aparece en esas estadísticas ni en esas clasificaciones es igualmente revelador. No figura como trastorno mental la codicia sistemática, la mezquindad estructural, el egoísmo elevado a principio de vida, ni la astucia que, llevada al extremo, se convierte en crueldad para enriquecerse a costa de los demás. Tampoco se considera patológico que individuos perfectamente "normales", plenamente integrados y socialmente exitosos, impulsen o justifiquen conflictos colectivos, injusticias sociales o guerras.

Si por trastorno mental no se entendiera únicamente el desarreglo del ánimo —la depresión, la ansiedad— de quien acude al psicólogo o al psiquiatra, sino también el trastorno de quien no acude a ninguno de ellos pero causa daño psíquico a terceros, a amplios sectores de la sociedad, los proyecta y los normaliza, el mapa europeo de la salud mental cambiaría de forma radical.

Vivimos bajo un sistema sociopolítico, económico y religioso —el occidental— que unos disfrutan y otros padecen. No es razonable suponer que dicho sistema no tenga consecuencias profundas sobre la vida psíquica colectiva. De hecho, todo indica que genera más sufrimiento mental que otros modelos culturales, como aquellos donde predominan tradiciones no monoteístas —el budismo, el confucianismo— o estructuras sociales menos centradas en la competencia y la acumulación.

Cabe incluso formular una hipótesis incómoda: que el 61,8 % de población aparentemente sana, que no acude a consultas de salud mental, no lo haga porque haya resuelto su conflicto interior, sino porque lo desplaza. Porque descarga su malestar, su frustración y su violencia simbólica o material sobre ese 38,2 % que sí aparece en las estadísticas. No todas las enfermedades mentales son atribuibles a la sociedad, sin duda, y los datos del estudio son estrictamente estadísticos. Pero si se investigara seriamente la etiología profunda, la causa de la causa, se comprobaría que muchos trastornos no son constitutivos del individuo, sino el resultado de un modo de entender la vida empobrecido, competitivo y moralmente desorientado.

En el capitalismo financiero, con su lógica de exclusión y rendimiento permanente, y en el monoteísmo dogmático, con su tradición de culpa y obediencia, se encuentra el núcleo de buena parte de nuestras desconfianzas, temores, angustias, inestabilidades psíquicas y, en definitiva, de la infelicidad contemporánea.

Vivimos en una sociedad ampliamente enajenada. Se ha debilitado la vida interior y se ha sustituido por la búsqueda compulsiva de sensaciones. En esta sociedad ruidosa, acelerada, despiadada y brutal, sólo quienes conservan la capacidad de vivir honestamente consigo mismos pueden vislumbrar lo que significa la armonía.

A mi juicio —y no me considero trastornado por sostenerlo— esta sociedad avanza por un camino muy peligroso. Todo parece indicar que, bajo una apariencia generalizada de normalidad, nos aproximamos a un escenario inquietante: una mitad de la población recluida en instituciones psiquiátricas y la otra mitad en cárceles, sin que nadie se atreva a preguntarse seriamente qué tipo de civilización ha hecho inevitable ese desenlace.

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