Los Héroes de la Resistencia

Admirables personajes, que por su obra llegaron a ser ejemplos universales de dignidad humana, debieron enfrentar el asedio y la persecución de regímenes opresores por resistirse a sus formas de sometimiento y degradación contra el ser humano. Esos seres de incomparable firmeza de espíritu que valientemente se rebelaron contra los antivalores y atropellos de la clase dominante, han sido visionarios que despertaron la conciencia de las masas y abrieron caminos hacia un mundo de paz con justicia social.

De ese grupo de titanes de la última mitad del siglo XX, que emularon el papel heroico de David contra Goliat, me merece un afecto especial Muhammad Alí, ex Cassius Clay, quien se diera a conocer como el campeón mundial de boxeo que cambió su nombre y adoptó la religión islámica. Pero cuya fama mayor nacería cuando se negó a participar en la guerra de Viet Nam, argumentando sus convicciones sociales y antiimperialistas.

La resistencia conciente de Alí, en su negativa de irse a la guerra, constituyó un acto político de implicaciones trascendentales: Ante el mundo, era el cuestionamiento de un ciudadano hacia el país supuestamente Modelo de Democracia en la época de la guerra fría. Y era además, la sorprendente renuncia de un joven venido de la exclusión social y racial, a los placeres de fama y fortuna que le ofrecía la alta sociedad estadounidense. El alzamiento de quien fuera el medallista olímpico y máximo campeón del pugilismo, representaba una bofetada para la propaganda feliz del “sueño americano”. En este escenario, la rebeldía del campeón, lo hizo blanco de toda la furia del Imperio más brutal de la historia, al punto de que corriese riesgo su propia vida, en tiempos en que otros notables dirigentes negros como Malcolm X y Martin Luther King habían sido asesinados por organizaciones del terrorismo racista. Fue, para los movimientos sociales que procuraban la igualdad de derechos para las razas, un período de persecuciones, violencia, represión, torturas y asesinatos.

Al mismo tiempo, la Justicia del todopoderoso Estado Yanqui lo mantuvo amenazado a cinco años de cárcel en un proceso que llegaría hasta la máxima instancia y que lo obligó a pagar una costosa defensa de abogados y libertad bajo fianza. Lo despojaron de su título deportivo, fue difamado y satanizado por los grandes medios de comunicación como “comunista”, delincuente y traidor a la patria. Se le prohibió ejercer su profesión así como salir del país. Para Alí, en la primera línea de batalla, fueron años en que sufriría la ruina económica total, la calumnia, el racismo y el aislamiento. No obstante, los resultados de la guerra en Vietnam darían un vuelco a la opinión pública estadounidense que empezó a rechazar masivamente aquella guerra criminal. Ya para ese entonces, Alí se encontraba luchando por recomponer su reputación, recorriendo el país como conferencista en Universidades, teatros y otros espacios de encuentro, llevando su mensaje de igualdad racial y social, libertad de pensamiento, paz mundial y sobretodo: Antiimperialismo. Finalmente, la opinión mundial lo reivindicaba y la presión nacional e internacional contra el genocidio de Vietnam forzó a la Corte de Suprema de Justicia Estadounidense a devolverle su libertad plena con la votación unánime de sus ocho magistrados.

Aquel niño, pobre y negro, nacido en una sociedad dividida en clases, infectada del más furibundo racismo dentro del Imperio que masacraba a otros pueblos, se hizo el hombre que por encima de las más adversas circunstancias, tuvo en su moral revolucionaria, el motor de su incansable lucha, y solo así fue capaz de vencer fuerzas que parecían insuperables al comienzo. El campeón se había convertido en uno de los personajes más respetados que recorrería el mundo como un símbolo consciente del Antiimperialismo. Ante los ojos de todos, tal como lo realizaba en el boxeo, pero ahora en el campo político, ético y moral, Muhammad Alí le había propinado al Imperio un contundente nocaut. En el momento de mayor crisis social, él le daría a la prensa un mensaje realmente impactante: “Por qué este Gobierno me pide ponerme un uniforme y viajar diez mil millas a descargar bombas y balas sobre los amarillos de Vietnam mientras los negros de acá somos tratados como perros. Si yo pensara que ir a la guerra le daría libertad e igualdad a los millones de negros de mi pueblo, no tendrían que reclutarme, yo me les uniría mañana mismo. Pero yo realmente no tengo nada que perder al mantener mis principios, ya los negros hemos estado encarcelados por cuatrocientos años”

En el mundo de hoy, frente al actual proceso de globalización, donde la desvalorización del mundo humano crece en razón directa a la valorización del mundo de las mercancías, es importante reivindicar el valor internacionalista de la resistencia de los pueblos y de sus hombres más honestos, desde todas las trincheras de lucha existentes, porque la verdadera ética revolucionaria va más allá de lo que podría complacer a la cultura burguesa dominante. Esta ética está comprometida con el convencimiento de que la dignidad humana es el derecho de todos y no el privilegio de unos pocos. El ideario ético revolucionario está fundamentado en la convicción intransigente de que debemos hacer prevalecer el interés colectivo por encima del interés individual.

En pleno recrudecimiento de la lucha de clases, como defensor de los trabajadores, he podido constatar que el pueblo tiene muchos héroes anónimos que resisten frente la opresión patronal capitalista, en las fábricas, en los campos, en todos sus espacios de acción; siento que a ellos debe ir especialmente este mensaje: Muchas veces la vida nos plantea peculiares ironías, verbigracia, nuestra purificación personal, debiendo vivir temporalmente en reductos que concentran los más atrasado del pensamiento humano. Es entonces cuando debemos alzar aun más nuestras banderas, elevar la formación ideológica y la conciencia de clase, articularnos como colectivo de lucha, porque lo subjetivo y lo objetivo forman parte de la realidad. Tan cierta es una adversa correlación de fuerzas en un régimen transitorio, como cierta es la voluntad de las mentes que se resisten a ella. Es por esto que no deja de ser una verdad universal, que el orden tangible no es el único rector de la conducta humana, sino que en estos casos, puede ser un mayor rector, y debe serlo, la convicción de resistencia y los principios morales. Ese es el modelo de hombre futuro, uno que por sus actos, es sin duda el más evolucionado, un individuo que nutre a la escuela de relaciones humanas, rumbo a una sociedad sin explotados.

(*)Abg.

jesussilva2001@cantv.net




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Jesús M. Silva R.(*)

Doctor en Derecho Constitucional. Abogado penalista. Escritor marxista. Profesor de estudios políticos e internacionales en UCV. http://jesusmanuelsilva.blogspot.com

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