Una politica exterior venezolana en tiempos de interregno

Si algo caracteriza al actual panorama estratégico es la incertidumbre. No resulta claro, en lo absoluto, la manera cómo se va a rehacer un orden global vulnerado, desde hace al menos 30 años, por el unilateralismo, los intereses, aparentemente irreconciliables, entre las grandes superpotencias (esencialmente China y los Estados Unidos), la emergencia, en Europa y los Estados Unidos, de un fuerte nacionalismo de derecha y, en tiempos más recientes, los efectos negativos de la pandemia, en lo económico y social, aunados a la guerra entre Rusia y Ucrania.

Se trata evidentemente de un momento de transición, a escala global, que prefiero caracterizar, sin ninguna pretensión de originalidad, como un "interregno", usando una vieja metáfora que proviene de la época en la que un monarca agonizaba o fallecía y todavía no asumía el poder uno nuevo. La metáfora está muy lejos de ser perfecta o totalmente adecuada. Pero creo que capta algo de una coyuntura global que no se ha decantado por ninguna de las dos superpotencias en disputa y tampoco por un orden multipolar. Tampoco sabemos cuánto durará este interregno.

Estados Unidos corrige su rumbo estratégico al salir de Afganistán, colocando en la mira a su único adversario real, a escala planetaria, que es China. Ajusta las tasas de interés haciendo del dólar un instrumento para aplicar una especie de "impuesto global" a los países (es decir casi todos) que usan su moneda; China retrocede económicamente y no tiene todavía el poder militar para enfrentar a Washington, América Latina parece haber superado un ciclo de derechización de los distintos gobiernos regionales, en una especie de segunda "ola roja" pero con características distintas a la anterior, todo esto mientras Rusia, esencial para la paz en la "región cardial del mundo", enfrenta una amenaza existencial en Ucrania a través de una guerra cuyas repercusiones no dejarán de sentirse en todo el futuro previsible.

¿Cuál debería ser nuestra política exterior ante semejante momento? Lo primero que habría que considerar son nuestras vulnerabilidades dentro de este inmenso ajedrez geopolítico. Se trata por cierto de un ajedrez que se disputa entre gigantes, con reglas que apenas podemos vislumbrar o incluso ignorar por completo, por lo que nuestra incidencia siempre estará condicionada por el equilibrio de fuerzas en América del Sur, región que constituye nuestra profundidad estratégica, si tomamos en cuenta que nuestro territorio es una suerte de bisagra entre el Caribe, los Andes y la región amazónica.

Nuestra política exterior, antes que nada, debe situarse ante la incertidumbre de la coyuntura global. Repito: no sabemos cuánto va a durar este momento de transición. Tampoco es posible prever el resultado definitivo de la disputa entre los grandes poderes. Frente a ese panorama no debemos sucumbir ante dos males que siempre han aquejado a la política exterior de los países del Tercer Mundo o del Sur Global: el voluntarismo y el fatalismo.

El voluntarismo: creer que solamente a través de las "ideas correctas", del discurso, de la presencia mediática, de "tener muchas embajadas en todos lados", podemos incidir, de manera decisiva en este panorama estratégico. Cierta dosis de "realismo geopolítico" puede servir de antídoto a este extremo que sostiene que la subjetividad lo puede todo. El otro mal es el del fatalismo que mantiene, por cierto, una relación dialéctica con el voluntarismo. Es habitual que cuando los voluntaristas constatan que sus discursos o deseos inciden poco (o nada) en la configuración de fuerzas globales, entonces caigan en el fatalismo para sostener que nada se puede contra el "destino" de nuestras naciones. Ambos males solamente se pueden neutralizar a través del estudio permanente, la evaluación incesante, el contacto directo, con las realidades globales. De lo que se desprende, como de un axioma, que la formación previa de nuestros diplomáticos debe ser lo más rigurosa posible y sin dejar las cosas al azar o a la improvisación.

La incertidumbre estratégica, el "interregno" en el que nos encontramos, indica que nuestra política exterior debe equilibrar las relaciones de Venezuela con todas las superpotencias. Debemos tener las mejores relaciones con todos los poderes en disputa. Retomar el vínculo bilateral con los Estados Unidos y, al mismo tiempo, sostener nuestras excelentes relaciones con China y Rusia. Para quienes sostengan, desde cierta ceguera ideológica, que eso no es posible, les formulo dos preguntas: ¿Acaso no comercializaba Rusia su petróleo con los Estados Unidos en la peor etapa de las medidas coercitivas contra Venezuela? ¿No acaba de firmar China (principal aliado estratégico de Moscú, un acuerdo con Qatar de suministro de gas por los próximos 30 años, en medio de la guerra ruso-ucraniana?

Necesitamos de esa política exterior no alineada, equidistante de todos los factores globales en disputa, para avanzar en la reinserción de Venezuela en el mapa global del comercio de hidrocarburos, terminar de recomponer nuestra economía y mejorar, de manera sustancial, los salarios de los trabajadores y, en general, las condiciones de vida de nuestro pueblo.

1 Juan Antonio Hernández, Caracas, Venezuela, PhD por la Universidad de Pittsburgh, especializado en teoría crítica y estudios sobre América Latina. Académico, novelista y diplomático. Ha sido profesor en la Universidad de Kentucky (2003-2004), Cornell (2005-2007) y en la Universidad "Simón Bolívar" de Venezuela (2007-2009). Entre 2009 y 2018 fue embajador de Venezuela ante Qatar, Egipto y la Liga árabe.



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