La felicidad paradójica una influencia de la tecnologías, el empoderamiento y la participación

La civilización consumista se distingue por el lugar central que ocupan los deseos de bienestar y la búsqueda de una vida mejor para uno mismo y los suyos. La gente se declara mayoritariamente feliz pero las inquietudes, las decepciones, las inseguridades sociales y personales aumentan. Son estos aspectos los que convierten la sociedad de hiperconsumo en la civilización de la felicidad paradójica. Se evidencia, en el presente fragmento, el auge del individuo como consumidor, sujeto pasivo, que aspira a que el mercado dé respuesta a sus nuevas y fluctuantes necesidades. De esta forma, como argumenta en su obra Lipovetsky, el mercado ya no pivota alrededor del producto sino del individuo que deviene un hiperconsumista, ya que toda sensación de necesidad cree que debe ser satisfecha por el consumo de productos que el mercado crea para él. Así se gesta el imaginario de que somos sujetos que dirigimos nuestra vida, cuando por el contrario, no es más que el síntoma de una impotencia.

Ahora bien, es una impotencia también imaginaria porque resulta de la negativa a realizar esfuerzos propios, recursos internos que puede desarrollar, para prescindir de consumos innecesarios. Imaginaria en el sentido de que pasa a formar parte del creer colectivo, cuando lo que sucede, en realidad, es que en una sociedad del confort optamos por las supuestas soluciones rápidas que creemos obtener mediante el consumo de productos, en lugar de cultivar el esfuerzo personal que parece un ejercicio infructuoso de sociedades menos avanzadas.

La inmensa mayoría se declara feliz, a pesar de lo cual la tristeza y la tensión, las depresiones y la ansiedad forman un río que crece de manera inquietante. Nuestras sociedades son cada vez más ricas, pero un número creciente de personas vive en la precariedad y debe economizar en todas las partidas del presupuesto, ya que la falta de dinero se ha vuelto un problema cada vez más acuciante. Nos curan cada vez mejor, pero eso no impide que el individuo se esté convirtiendo en una especie de hipocondríaco crónico. Los cuerpos son libres, la infelicidad sexual persiste. Las incitaciones al hedonismo están por todas partes: las inquietudes, las decepciones, las inseguridades sociales y personales aumentan. Son estos aspectos los que hacen de la sociedad de hiperconsumo la civilización de la felicidad paradójica.

Las razones para tener esperanza no han caducado: a pesar de la inflación de necesidades comercializadas, el individuo sigue viviendo para algo más que para los bienes materiales pasajeros. Los ideales del amor, la verdad, la justicia y el altruismo no están en bancarrota: en el horizonte de los tiempos hipermodernos no se perfila ningún nihilismo total, ningún último hombre. Por esta razón, la era de la felicidad paradójica reclama soluciones igualmente paradójicas. Está claro que necesitamos menos consumo, entendiendo éste como imaginario multiplicador de la satisfacción.

Pero por otro lado también necesitamos más consumo: para que retroceda la pobreza, pero también para ayudar a la tercera edad, para mejorar las condiciones de la salud pública, para utilizar mejor el tiempo y los servicios, abrirse al mundo, saborear experiencias nuevas. La época de las revoluciones políticas ha concluido; ante nosotros tenemos el de la reestabilización de la cultura consumista y el de la reinvención permanente del consumo y los estilos de vida. La sociedad de hiperconsumo arranca a fines de los años setenta y no han faltado críticas a su andadura. La previsión más probable es que se amplíe a escala planetaria en una época que no dispone de ningún sistema de recambio creíble: muy pronto habrá centenares de millones de chinos e indios que entrarán en la espiral de la abundancia de bienes y servicios de pago, renovados hasta el infinito.

Que nadie se llame a engaño: ni las protestas ecologistas ni las nuevas modalidades de consumo más sobrio bastarán para destronar la creciente hegemonía de la esfera comercial, para hacer descarrilar el Tren Gran Velocidad (TGV) consumista, para contener el alud de nuevos productos con un ciclo de vida cada vez más breve. Sólo estamos en el comienzo de la sociedad de hiperconsumo y por el momento no hay nada que permita detener, ni siquiera desacelerar la huida hacia delante de la comercialización de la experiencia y los estilos de vida. Sin embargo, antes o después se superará y será un momento que inventará formas nuevas de producir, de intercambiar, pero también de evaluar el consumo y de pensar en la felicidad. En un futuro lejano aparecerá una nueva jerarquía de bienes y valores. La sociedad de hiperconsumo habrá vivido su vida, cediendo el paso a otras prioridades, a un nuevo imaginario de la vida en sociedad y del vivir bien.

El Arribo de una nueva economía y una nueva cultura del consumo no quieren decir mutación histórica absoluta. La sociedad del posconsumo de masas debe entenderse como una ruptura dentro de la continuidad, un cambio de dirección con el mismo fondo. Las industrias y servicios ponen hoy en prácticas lógicas de opción, estrategias de personalización de los productos y los precios, la gran distribución cultiva políticas de diferenciación y segmentación, pero todos estos cambios no hacen más que aumentar la comercialización de los modos de vida, incentivar un poco más el frenesí de las necesidades, dar otra vuelta de tuerca a la lógica del "siempre más, siempre nuevo" que el último medio siglo concretó ya con el éxito que todos conocemos. En estos términos hay que pensar la "salida" de la sociedad de consumo, una salida por arriba, no por abajo, por el hiperconsumismo más que por el posmaterialismo.

En el período del hiperconsumo, las motivaciones privadas prevalecen en gran medida sobre los objetivos de la distinción. Queremos objetos para vivir más que objetos para exhibir, se compra menos esto o aquello para enseñarlo, para alardear de posición social, que pensando en satisfacciones emocionales y corporales, sensoriales y estéticas, comunicativas y sanitarias, lúdicas y entretenedoras. Los bienes comerciales que funcionaban sobre todo como símbolos de la posición se presentan de manera creciente como servicios a la persona.

Esperamos menos que las cosas nos categoricen delante de los otros y más que nos permitan ser más independientes y móviles, paladear sensaciones, vivir experiencias, mejorar nuestra calidad de vida, conservar la juventud y la salud. Naturalmente, las satisfacciones sociales diferenciadoras siguen estando ahí, pero ya no son sino una entre muchas motivaciones posibles en un conjunto dominado por la búsqueda de la felicidad privada. El consumo para sí, ha reemplazado al consumo para el otro.

Yo demuestro, al menos parcialmente, que existo, como individuo único, por lo que compro, por los objetos que pueblan mi universo personal y familiar, por los signos que combino a mi modo. En una época en que las tradiciones, la religión y la política producen menos identidad central, el consumo adquiere una nueva y creciente función ontológica. A diferencia de la mercadotecnia tradicional que utilizaba argumentos racionales y la dimensión funcional de los productos, multitud de marcas juegan hoy la carta de lo sensorial y lo afectivo, de las raíces y la nostalgia (el "retromarketing"). Otras hacen hincapié en los mitos o en el ludismo. Y otras quieren pulsar la fibra cívica, ecológica o zoológica.

Es allí donde la Tecnología del Empoderamiento y la Participación (TEP), hace su aparición para ayudar a ingresar a los mercados internacionales, ya que las TEP son tecnologías que fomenta la participación de los ciudadanos relacionados con temas políticos o sociales, de las cuales se pueden compartir ideas, intereses y propuestas a favor de un objetivo en común que tiene un grupo de personas la cual se benefician dentro de un sistema económico, cultural o social en la cual se desenvuelven.

Se puede mencionar que estas tecnologías son denominadas como una revolución social, cognitiva y creativa que en sí le ha dado vida a la web social. Para poder llegar a un empoderamiento y participación eficaz, se debe combinar las capacidades, habilidades y estrategias digitales que más después se puedan integrar a la vida cotidiana. Gracias a estas nuevas tecnologías se pueden organizar, registrar, almacenar y compartir en tiempo real, los cambios que se viven y así poder participar de una forma más activa sin la necesidad de pertenecer a un grupo organizado. También promueve la participación de personas permitiendo la interacción con otros de temas que tengan en común de una manera creativa e innovadoras que permiten la inclusión social.

Reflexiono, que en el sentido de poder. Partir por empoderar al sujeto (profesor y estudiante), elevar sus expectativas sin importar las condiciones en las que se encuentre; darle confianza que puede generar un cambio. Con expectativas altas es más probable que se llegue lejos. Al usar las TEP en nuestro sistema, debemos entender que lo relevante es la necesidad de las personas de lograr una participación significativa, así comunidades de maestros formadas en nuestro país como Ser Maestro, De profe a profe, la comunidad de docentes innovadores y otras dan un paso decisivo este año al consolidar organizaciones ubicuas, donde sus individuos conocen o exploran respuestas y quieren tener una participación activa, para brindar su conocimiento, sin la necesidad de estar en el mismo sitio, espacio, lugar o tiempo. Y llegar a pensar en la felicidad Paradójica.

glendyodalys@gmail.com



Esta nota ha sido leída aproximadamente 338 veces.



Noticias Recientes:

Comparte en las redes sociales


Síguenos en Facebook y Twitter