Boves (IV parte): La Victoria

¡"Muéranse llegó el hombre. Muéranse llegó Boves!"

Arenga del ejército de Boves. Tradición oral de la historia de La Victoria



Era cerca de la medianoche del 3 de febrero de 1814 cuando la capital se enteró de la fatal derrota de Campo Elías. Dos veces en la travesía cambiaron bestias los mensajeros y no pararon hasta dar con el mismo general Ribas frente a frente en su finca Los Palos Grandes. A la mañana siguiente toda la capital estaba enterada, erizada, pero activada en su mudanza a la ciudadela que llevaba construyéndose apenas mes y medio. Las acciones comenzaron a volcarse en un vértigo donde la muerte husmeaba la determinación de Santiago de León. Ya en Valencia, el general Bolívar recibió a Ramón García de Sena proveniente de Barinas donde gobernaba desde la victoria de Araure, retornado por vías furtivas, quien le narró la horrible pérdida de Barinas, donde habría caído también una tercera parte de su población recién el 20 de enero y él no pudo sino salvar otro tanto que condujo hasta Mérida.

El 5 de febrero se armó un escándalo a la entrada de la ciudadela, debido a una riña que sostuvieran las hermanas del general Ribas con otro tanto de mujeres realistas que querían también entrar y aquellas no se lo permitían. Se fueron a las manos y a cuanto palo consiguieron cerca, llevando la peor parte las realistas. Tuvo que intervenir directamente Arismendi, accediendo a que las familias godas se guarecieran en las casas frente a la ciudadela, pero obligándoles mantenerlas con antorchas encendidas so pena de muerte. Esta ciudadela ocupaba 25 cuadras del casco central desde la esquina del Cuartel viejo y la de Abanico en su parte norte hasta la esquina de La Gorda y la de Padre Sierra en la parte sur. Así sería el espíritu que reinaba en la capital con tantas noticias dramáticas, a más de la cercanía del verdugo asturiano.

El día 6 llegó la orden a Ribas de reunir cuanta fuerza tuviera al alcance y acudiera a la defensa de La Victoria, puerta de Caracas al interior, mientras el sobrino quedaría en La Cabrera en defensa de Valencia, parque del ejército republicano. A la capital llegaron noticias provenientes de Cúa acerca del arrase que hacía Rosete en los Valles del Tuy. No dejó piedra sobre piedra de la villa de Taguay, e iba rumbo a Cúa y Ocumare de donde salieron aterrados muchos emigrados hacia la capital, solicitando apoyo para los suyos.

En dos días Ribas reunió un poco más de 800 hombres que se presentaron en la plaza mayor el día 8 a la hora de la partida. Aseguró a los presentes que salía con un ejército de vencedores y como tal todos debían sentirse orgullosos del triunfo que desde ya garantizaba. Se colocó un gorro frigio rojo que en adelante no abandonará en sus campañas y partieron a tambor batiente, aquel ejército de "vencedores" entre vivas a la patria de los vecinos, que no eran muchos, pues la mayor parte de sus hijos estaban en el interior, peleando. A la cabeza, el soñador invencible, seguido del batallón Escolares, compuesto de casi 400 muchachos entre estudiantes y seminaristas, al mando del brioso Antonio Flores, de la Guarnición de La Guaira iban 190 pescadores-infantes guiados por Ramón Ayala, otros 200 de la de Caracas a cargo de Carlos Soublette, una batería de 5 cañones de a cuatro con 50 servidores al mando del casi imberbe Francisco Navarrete y Mariano Montilla, segundo de Ribas.

Luego de la partida, el coronel Arismendi leyó una proclama que ordenaba presentarse todos los hombres de 12 a 60 años con lo que tuvieran de armas, bajo amenaza de ser culpados de lesa patria si no lo obedecían. Todos los hombres que asistieron fueron reclutados. Caracas y La Guaira quedaron sin soldados de línea. Los reos españoles estaban confabulados con las guerrillas enemigas que rodeaban a la capital; azuzaban a sus copartidarios para que se alzaran y los libertaran, situación en extremo dramática, que de ocurrir, todo esfuerzo realizado estaría prácticamente perdido. Cuando salían las tropas, los ancianos cubrían la guardia. En otro escenario de la guerra, ese mismo día 8 en Puerto Cabello, fue atrapada por la escuadrilla independiente, una goleta repleta de víveres con destino a los sitiados que pasan horas de verdadera hambruna. En adelante, aparecerán como fantasmas, famélicos soldados que se escapaban y se pasaban a las filas republicanas, y hasta prisioneros liberados, que milagrosamente también las alcanzaban. Pero el acto más importante de ese día, fue la sentencia firmada por Bolívar de los 800 reos españoles de Caracas y La Guaira, después de haberla discutido con su estado mayor. Mandó la orden a la capital, acompañada de otra misiva que calmaría a los atribulados caraqueños de los acontecimientos ocurridos en España, donde salieron victoriosos sobre los franceses (Arapiles, San Marcial y Vitoria), con el ingente apoyo que les brindara Inglaterra. Les aseguró que los productos agrícolas tendrían precios justos con el mercado inglés, ahora condicionador de España.

El día 9 de febrero, la división de Ribas se topa con la migración que viene de La Victoria, rumbo a Caracas, contándole que para ese momento ya las avanzadas de Boves deben haberla tomado, como en efecto. En Valencia, Bolívar responde a Mons. Coll y Pratt por escrito, la clemencia que ruega por los reos condenados. Con ella el jefe republicano asume la total responsabilidad de la medida: "No solo por vengar a mi país, sino por contener el torrente de sus destructores, estoy obligado a la severa medida que VS Illma ya conoce. Uno menos que exista de tales monstruos, es uno menos que ha inmolado e inmolaría a centenares de víctimas. El enemigo, viéndonos inexorables, a lo menos sabe que pagará irremisiblemente sus atrocidades y no tendrá la impunidad que lo aliente. Nada me sería más grato que entrar en esta ocasión, en las miras de VS Illma y ceder a mis propios sentimientos de humanidad, pero la salud de mi Patria me imponen la imperiosa ley de adoptar medidas opuestas y créame VS Illma, la misma piedad las exige, pues pequeños sacrificios ahora evitarán mayores sacrificios en lo sucesivo…"

El 10 de febrero llegó la división "invencible" a La Victoria y en un despabile despacharon a los invasores. En realidad, la presencia de las avanzadas enemigas era para sondear la capacidad de las fuerzas republicanas que les iba hacer resistencia. Ese día se conoció en Caracas la suerte de los prisioneros españoles que escucharon los hijos de la gentil capital en absorto silencio. Sintieron alivio con las nuevas posibilidades que se le abrían a la esforzada república en el tumulto de la guerra. Por la tarde llegaron los refuerzos mandados por el sobrino desde La Cabrera a La Victoria. Se trataba de 120 Dragones de Caracas con Luis María Rivas Dávila al frente, más otro tanto del invencible batallón Valencia, con Rudesindo Canelón, las únicas tropas expertas de toda la división de Ribas.

El día 11 de febrero, Francisco Rosete atacó con 2000 hombres a la villa de Ocumare del Tuy, apenas defendida por 150 hombres. La guarnición fue pasada a cuchillo, pero el acto de mayor crueldad en la jornada que recrudecería la ferocidad de la guerra, lo cometió este bárbaro canario al darle muerte a los más de 300 inocentes que ocupaban la iglesia, ancianos, mujeres y niños, cura incluido, regando el pueblo con los cuerpos mutilados, hecho sin precedentes, que marcó como hierro candente, su imborrable precedente desde ese día en la Tierra de Gracia.

Mientras, en La Victoria lo pasaron todo ese día 11, amurallando la ciudad los jóvenes soldados. Ribas mandó un puñado de lanceros para solicitar más apoyo de La Cabrera, pero fueron interferidos vía Turmero por infantes de Boves que ya cercaban a La Victoria. Se devolvieron volando alanceando a cuanto intentara hacerles frente. Hacia las 3 de la tarde, un inmenso anillo armado rodeaba a la villa por todos lados.

Para La Victoria, ya la suerte estaba echada.



Al amanecer del día 12 DE FEBRERO DE 1813, los hombres de Ribas estaban reunidos frente a la iglesia. La determinación la tenían clavada tan dentro como en quien los comandaba ese día, que desconocía la derrota. Pareciera que ese día se imbuyera en el ánimo del jefe, todos los ánimos que en ese momento estaban en su debido frente, regados por la amada patria. Pareciera que en una arenga inolvidable, le hablara al futuro de aquellos solteros hombres-niños, arenga-inspiración para nuestros días de cambio, de no recular:

"¡¡Soldados!! –Dijo con estruendosa voz-, defendéis del furor de los tiranos, la vida de vuestros hijos, el honor de vuestras esposas, el suelo de la patria. No podemos optar entre vencer o morir. ¡¡Necesario es vencer!! ¡¡Viva la República!!

¡¡¡Viva!!! Respondieron varias veces al unísono levantando las limpias armas al cielo, listas para la jornada que les esperaba, los presentes, más atrás los de los techos, más allá los de los parapetos, bocacalles y finalmente los de las entradas: "¡¡¡Viva!!!" se escuchaba reiterado.

A las 7 de la mañana entraron las descubiertas a galope, anunciando que el enemigo se acercaba a la villa. Por todos lados se escuchaba las maldiciones de los enemigos, descollando las del epígrafe de estas monografías, válidas en los pueblos indefensos, pero no en aquellas murallas humanas que los esperaban en silencio. A las 8, las avanzadas rompieron el fuego y media hora más tarde la lucha estaba extendida por todo el perímetro de la ciudad. Del camino de San Mateo "brotaron" 200 fusileros y 500 lanceros; se apoderaron del río Aragua, del camino a Caracas adueñándose de las alturas del Calvario; por la parte opuesta en Pantanero, embistieron otros 700 infantes y 2000 jinetes. Algunas partidas aisladas de unos 500 fusileros completaron el cerco. Traían 4 piezas de a cuatro, que no le fueron permitidas ni acercarlas por las de Navarrete. Atacaban más de 4000 hombres al mando de Morales pues el caudillo se recuperaba en Villa de Cura de la herida recibida en La Puerta.

Ribas tenía distribuida la poca fuerza experta con las novatas, para infundirles valor y seguridad. Sin embargo, todas tenían desterrado el temor; se sentían tan diestras como las veteranas. La caballería enemiga no podía obrar con libertad, sin embargo en una embestida de ella en punta de lanza, rompió los primeros cercos vía Pantanero, obligando retroceder a los independientes. Perdieron una pieza y los casi 50 que la cubrían. Sectores de la villa, aún permanecen con el recuerdo intacto como el Del Carmen, la Esquina del Viento o del matadero, la del Ganado, la Esquina del Brinco, donde fue encarnizada la lucha. Lanzan antorchas, queman algunos pajonales, el perímetro se reduce.

Los hombres de Boves no temían caer. Actuaban con suma fiereza, se les había prometido las riquezas de Caracas luego que triunfaran sobre los renegados. Ribas por su lado, dispuso partidas temerarias que atacaran a los invasores por los techos. La leyenda trae los apodos de dos victorianos del Valencia que conocían cada palmo de su pequeña ciudad. Los muy bravos "Veneno" y "Huesito" se pasaban por puntas de Boves haciéndoles creer que estaban muy adelantadas, que habían descubierto pasajes por donde penetrar a los republicanos, y en lo que les seguían, los asaltaban a degüello limpio con otros compañeros escondidos en los patios.

Ribas no paraba de recorrer las líneas infundiéndoles valor, sea concentrando el fuego, sea por medio de cargas a las bayonetas, o el uso acertado de sus reservas. Dos veces le mataron el caballo bajo sus piernas, para levantarse y montar nueva cabalgadura, una de ellas fue tan crucial que hirieron de gravedad a su propio edecán Vicente Malpica. Los dragones habían apostado sus lanzas en las barricadas de modo que las operaban escondiéndolas y empujándolas con furor cuando se acercaban las obcecadas mesnadas.

A las 2 de la tarde, sale sorpresivamente una punta de dragones por el camino de San Mateo, apoyada por el fuego de la ciudad. La acometida fue desastrosa para los fusileros que se formaban, Morales envió a los jinetes del Calvario para frenarles la entrada, pero en lo que empezaban a descender, ya los dragones regresaban intactos, dejando en el campo alanceados o a empellones de sus caballos a cuando infante pudieron atacar. Por la puerta entraron a galope 5, 3, 7, 10 más, hasta completar la media centena cubriéndolo el propio comandante Rivas Dávila con su edecán. Quiso el terrible hado de ese día cobrar tributo a los republicanos del triunfo que anhelaban y sucedió que una columna enemiga recién arreglada disparó sus armas y cayeron al suelo comandante y edecán, fulminados por los disparos. Se enfurecieron los independientes y no pararon sus armas mientras recogían los cuerpos de los valientes caídos.

Los independientes clavan otra de sus volantes y retroceden, las cargas los reducen al centro mismo, ahora sí, casi a merced de su artillería. Las puntas más valientes enemigas toman las primeras casas, avanzan. Se atrincheran en las troneras hechas poco antes por los cañonazos; empiezan a diezmar a cuanto independiente asome a los techos. Se reduce el cerco. Pasan de las 4:30 de la tarde. En un momento el propio Ribas viendo la superioridad en fortaleza y destreza de los contrarios, le confiesa a su segundo que aún pueden soportar dos acometidas más. No ha terminado de hablar y desde el campanario, los vigías le gritan que viene gente por el camino de San Mateo, el polvero no permite ver sus banderas, cuando de pronto, nuevamente sorprenden los gritos de los vigías que observaban con el lente de Ribas: "¡¡Son nuestros!! ¡¡Son los de La Cabrera!! ¡¡Son nuestros".

Así como el júbilo inflama el pecho de los extenuados independientes, el pánico sobrecoge a los que habían tomado los techos. Ribas observa a Montilla, que lo mira sonriente. Se abrazan y de inmediato le ordena que prepare 100 dragones y 50 cazadores para auxiliar a los que venían. Por el camino de San Mateo se acercan 220 infantes del Barlovento en marchas forzadas, a cargo entre otros de los granadinos José María Ortega y Antonio Ricaurte, también dos escuadrones de carabineros y lanceros regidos por Sedeño y los hermanos calaboceños Juan y Francisco Padrón; en conjunto, 400 hombres. El Barlovento coreaba como grito de guerra, el nombre del que los mandaba en jefe, terror de Mosquitero y Araure: Vicente Campo Elías. El castellano patriota venía por el desquite de La Puerta, lo sabían amigos y enemigos, lo que sobrecogió de un inusitado terror a las agotadas fuerzas de Morales. Los dragones avanzaron, tomaron dos puntos, mientras los que llegaban se abrieron en tres partes para acometer a sus contrarios antes de que se recompusieran. De la villa Ribas ordenó el degüello y han salido los hombres-niños, como feroces leones a rematar sin contemplación a los que momentos antes los tenían al antojo de sus tiros. En menos de una hora quedó en desbandada la ira enemiga que se fue como el sol abrasador de aquel día. Solo en la ciudad se contaron más de 800 caídos de las filas contrarias. Los patriotas sufrieron 400 bajas, la mayor parte del Escolares, reducido a la mitad de sus hombres, que con Rivas Dávila, Nicolás Picón su edecán accidental, Carlos Ron, fueron los más llorados de ese día por demás glorioso para la República.

Para el acervo de esta Patria.

Al día siguiente amanecieron en las alturas de Pantanero dos batallones más, conformados de tropas frescas enviadas de Villa de Cura, con las sobrevivientes de la víspera, más dos piquetes de caballería. Salieron los hombres del Barlovento dirigidos por el propio Campo Elías y otro contingente de caballería dirigido por José Jugo, edecán del Libertador. En pocos minutos fueron rodeados, dispersos y perseguidos sin tregua por 5 leguas; en el encuentro cayó el valioso jefe del Valencia, Rudesindo Canelón.

Este triunfo quedó emblemático en nuestra Historia Patria, casi desde el mismo momento de su apoteosis. Campo Elías fue ascendido a coronel, y se mandó bordar una insignia con el mote "Libertador de los Tiranos en La Victoria" para los luchadores de ese día, inolvidable, pero cargado de una inmensa responsabilidad para los tiempos que transitamos de justicia por nuestros hermanos menos favorecidos, que no son sólo los que menos caudales poseen, sino los que MENOS conocen de la rica herencia que nos abraza, o sea, el casi total de nuestros paisanos.

Próxima entrega: Fusilamientos, Ocumare y 1ra de San Mateo.

arnulfopoyer@gmail.com




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Arnulfo Poyer Márquez


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