Yo mismo, no sé qué hacer conmigo

El lenguaje conforma un conjunto de códigos que de manera convencional, ordenada y con significado semántico, es asumido por un grupo humano como medio para comunicarse y entenderse, es una herramienta que sirve para pronunciar todo cuanto ocurre en nuestro mundo.

La construcción expresiva que titula este escrito, sin ser académica, científica, artística o técnica, es, sin embargo, una muy particular prueba de que todas las personas, desde su propio dominio lingüístico y gramatical e indiferentemente de los niveles de educación escolarizada alcanzados, encuentran siempre las palabras apropiadas para mostrarse, hacerse presentes, ocultar o enseñar sus alegrías o tristezas, su felicidad o sufrimiento y, en fin, expresar lo que nos hace coincidir o confrontar con los demás y adaptarnos al entorno, en una comunidad universal que por siglos ha luchado por lograr que los criterios de valores creados por la humanidad acerca de la justicia, equidad y libertad sean convenidos en común, sin diferencias socioeconómicas, políticas, religiosas ni raciales y se fundan armónicamente, al igual que ocurre entre el mar y la arena.

Hago el comentario precedente porque hace unos días me ocurrió que caminando hacia el centro de Coro, en dirección sur-norte por la calle Colón, me detuve a saludar a un grupo de amigos que siempre forman amenas tertulias en una de esas populosas esquinas que hacen límites entre el barrio Curazaito y la Guinea, y en medio de cordiales toques de puños o de codos de brazos, costumbre que se ha ido imponiendo ahora por obra y gracias del peligroso virus Chino Covid-19, me incorporé por un buen rato al ameno pilón que estaba formado (denominación que recibe en nuestra ciudad ese tipo de encuentros) y me dediqué a escuchar, más que a decir, los temas que sin tapujos fluían y saltaban de boca en boca y de un asunto a otro, como grillos revoltosos, todos cargados de memorias pasadas, contrastadas con el tiempo presente y narradas con pasmosa claridad, sabiduría y con bien hilados discursos de quienes, en su mayoría, ya formamos parte de un sector de la población que de un tiempo a esta parte han dado en llamar "personas de la tercera edad".

Toda la conversación, sin los contertulios saberlo, giraba alrededor de la historia política, económica y social de Venezuela que era contada por sus propios protagonistas. Los relatos se desarrollaban como si se tratara de una agenda previamente elaborada y los amigos allí reunidos la desglosaban empleando el método histórico comparativo. Entre coincidencias y diferencias, los presentes orientaban el curso del coloquio valiéndose de sus recuerdos personales, experiencias de vida y razonamiento muy particulares sobre la situación país, con la única intención de demostrar que se tenía razón en el cuestionamiento que hacían a la complicada crisis que sufrimos. Entonces, al detenerme y pasar a ser un pilonero más del grupo, sin querer me involucré en su círculo y empecé a escuchar atentamente todos los argumentos que resumían la explicación causal de la realidad venezolana en dos tiempos. Uno de ellos decía: "Antes, el trabajador cobraba, iba al mercado y compraba de una buena vez todos los productos a consumir en la casa durante quince días, eran sólo dos idas y vueltas, una los quince y otra los fines de mes. Cualquier carencia que se presentara entre una fecha y otra, era mínima y se resolvía, o comprando, o fiando en la bodega del barrio. ¿Ahora?, ni pensarlo, ni por asomo es igual, esto es un tormento!. Todos los días del mundo hay que salir a ver que se consigue por ahí para comer y muchas veces uno regresa a su nido con las manos vacías. ¡Que va amigos míos, esto no es vida!". Otro de los presentes, quien se había mantenido muy atento al comentario del pilonero anterior, se animó a hablar y con voz pausada y llena del convencimiento que da la sabiduría de los años, empezó a aportar lo suyo para reforzar el desagrado del anterior y de una vez entró en materia diciendo: "Con lo que se ganaba antes, fuera mucho o poco, uno compraba lo que quería comer y nunca con los tormentos que ahora provocan esos cambios tan groseros de precios que ocurren en horas nada más. ¿Qué trabajador o familia humilde puede hacer un mercadito para que le dure tantos días? Estamos tan empobrecidos que es difícil no encontrar a cualquiera rogándole al santo de su devoción para que termine de llegar la cajita o bolsa del CLAP y saber qué nos van a poner a medio comer esos días y, de paso, salir a agradecer por eso". En ese momento, un tercero de los presentes intervino y argumentó: "Pero esa cambiadera de precios tan loca es con este gobierno que se ha dado. De la noche para el día, ya un producto cuesta distinto. Si usted ha dispuesto unos centavitos para comprar algo, a la mañana siguiente hay que ir ligándola que los árabes en la noche no le hayan cambiado el valor, que no vaya a ser otro y que se pueda adquirir; pero, carajo amigos!, esperar que así ocurra, ¡no juegue!, es como creer que se puede matar un burro a pellizcos. Por eso, digan lo que digan, antes no sucedía semejante abuso y no porque los vendedores fueran muy buenos, sino porque los consumidores, los trabajadores, en quienes recaía el sostén de la casa, no nos dejábamos atropellar y luchábamos contra ese tipo de arbitrariedades. Se había logrado que todos los productos llevaran fijados sus precios, para ser vendidos igual en cualquiera de las tiendas que los ofrecían, y si alguna lo cambiaba, tachando y remarcando, quedaba al descubierto y de inmediato le caía el gobierno y venía la sanción municipal o del ministerio de Fomento que actuaban con severidad. Ahora, ¡que va mijo! en unas largas cadenas de radio y televisión, casi que hasta de cine y en esa cosa de internet, el presidente se instala a perder su tiempo anunciando precios en favor del pueblo y eso se vuelve pura charla, como dicen los muchachos hoy, y más bien resulta peor para nosotros porque lo que sigue a sus anuncios es estrangulamiento de la migaja de pensión o de salario que recibimos. Yo creo que el señor Nicolás Maduro está o lo tiene en las nubes, pero aquí no está, eso sí se los aseguro yo". De inmediato, un cuarto amigo que se le notaba inquieto por aportar lo propio, no esperó más e interrumpió y comenzó su queja contra el transporte público: "Otra cosa que yo veo mal, pero muy mal, es que aquí los propietarios de transportes privado que prestan el servicio a la comunidad, llámense de autobuses, camionetas o carritos, son autónomos para fijar los precios de pasajes y los concejales ni pendientes, yo me pregunto ¿qué oficio tienen en esa Cámara Municipal y ese Alcalde? Si no es vendiendo los terrenos de Coro, a qué otra cosa se dedican pues?". Fue entonces cuando el quinto y último de los presentes, un viejo militante comunista que estuvo metido hasta los tuétanos en las luchas guerrilleras, empezó a hablar acerca de otro problema no menos importante y a desarrollarlo inquiriéndonos a todos: "¿Ustedes no se han paseado por ese desorden que se ha ido imponiendo en estos últimos 20 años en Coro, y que ha permitido el establecimiento por todas partes de buhoneros de mercancía seca, talleres de reparaciones de cualquier prenda, relojes, celulares y otros peroles, casi siempre atendidos por tramposos y pillos, tarantines de ventas de comidas rápidas, de pescado y verduras sin ningún permiso sanitario? Esa anarquía antes, aunque vivíamos la cuarta República, era impensable que se aceptara. Si alguien aspiraba a colocar en cualquier parte una venta de alimentos, primero debía obtener aprobación sanitaria y municipal, además recibir un curso de manipulación de comida que les ofrecía la dirección respectiva del Ministerio de Sanidad y todo eso era vigilado estrictamente por unos funcionarios preparados en universidades y graduados de inspectores de salud pública o alimentos. Otra cosa, en los hospitales, cuando uno llevaba sus enfermos lo atendían muy bien, o el médico general o el especialista, y le suministraban todos los medicamentos que le recetaban en la consulta, y si había que dejarlo, el familiar no tenía que preocuparse por llevarle la comida, allí mismo le aseguraban su desayuno, almuerzo y cena, y de acuerdo a la dieta que le prescribían. Bueno, hoy en día eso nada más es posible soñando, todo se acabo, ahora que vivimos viviendo, como dice la propaganda del gobierno. Uno en servicios de salud no cuenta ni con Seguro Social, HCM, hospital, ambulatorio ni nada, quien se enferma tiene que encomendarse al médico de todos los pobres José Gregorio Hernández y a Dios, no hay más para dónde agarrar, porque de paso, los medicamentos son incomprables. En estos días una vecina llevó a su mamá muy enferma a la emergencia del Hospital General Alfredo Vangrieken, ¡a mundo! y allí pasó más trabajo que Jesucristo en el calvario; no había ni médico ni medicina y mucho menos comida. ¡Dios mío! De bromita las dos no salieron muertas de allí, más por causa de la mortificación que por la misma enfermedad de su señora madre. Yo me pregunto ¿por qué todas esas conquistas que habíamos logrado fueron eliminadas, si ya las teníamos y no eran un regalo que nos hizo nadie, sino que las conseguimos con nuestras luchas como trabajadores? ¿Cómo es que antes, con gobiernos de la cuarta república se podía disfrutar de todo eso y ahora no? Yo siempre, desde muy joven, he militado en el Partido Comunista. Viví los tiempos de las guerrillas, conocí a Jesús Faría, los hermanos Gustavo y Eduardo Machado, Pompeyo Márquez y a los García Ponce, y en Falcón a Alcides Hurtado, Nicolás Jiménez, Polito Acosta Blanco, el quebrado Capriles (Elías), el bachiller Amaya y muchos otros, y todos ellos nos enseñaban que el socialismo era un sistema de gobierno planificado, organizado, dirigido por y para los trabajadores, en donde todas esas cosas que estamos hablando no tenían cabida ni abono para germinar. Realmente, lo que ocurre hoy no es ni la sombra por lo que toda esa gente luchó, esto es un caos irremediable por donde quiera, no se le ve solución a nada y eso desespera, porque lo peor es que quienes mandan les encanta hablar de la desigualdad que produce el capitalismo, pero desde sus comodidades burguesas. Y de verdad uno siente que ni el presidente ni sus compañeros de partido tienen ningún interés en mejorar la vida de los que estamos llevando mucha vaina y sufrimos tantas carencias. Para mí, lo único cierto es que fuimos y seguimos burlados por esta gente que son muy hábiles para aprovecharse de nuestra hambre y necesidades, convirtieron a los adecos y copeyanos en unos niñitos de pecho, los reivindicaron de todo lo malo que hicieron". En ese momento, yo, decidido a continuar mi camino, detuve nuevamente la marcha para escuchar la segunda intervención de quien había iniciado la conversación al momento de mi encuentro con ellos, y como si se dispusiera a iniciar una segunda ronda, volvió sobre sus fueros para rematar diciendo: "La ciudad jamás estuvo tan abandonada como ahora, había un organismo llamado el FOPE, que significaba Fomento y Obras Públicas del Estado, y antes de volverse una agencia de empleo, corrupta y reposera, tenía cuadrillas de mantenimiento permanente y las calles de la ciudad no exhibían ni huecos ni malas condiciones, siempre se conservaban limpias. Los obreros que trabajaban allí, mantenían a raya cualquier asomo de deterioro de vías urbanas y extraurbanas. En la zona antigua de Coro estaba prohibido modificar o derrumbar una casa o inmueble y quien lo hacía se metía en un tremendo rollo. Nuestras costumbres no eran de competencias con el otro vecino, a ver que le quitaba o cómo se le desplumaba de cualquier cosita que tuviera, como ocurre ahora. Al contrario, el vecindario era más bien punto de encuentro para ayudarnos. Era costumbre compartir, con el vecino o con quien nos visitara, una comida del diario de la casa, un café, un dulcito, un desayuno, almuerzo o cena, mucho o poco, pero siempre había algo para ofrecer, según fuera el momento del día. Un enfermo en la cuadra era una preocupación de todo el vecindario y hasta el médico acudía a la casa periódicamente a examinarlo para saber cómo iba evolucionando el convaleciente. Lo mismo ocurría con el maestro y el cura, ambos eran asiduos visitantes de nuestros hogares para enterarse del cómo marchaban las cosas en nuestras familias. Esos sentimientos, escucho decir por la radio a los que saben del socialismo bolivariano, eran de la sociedad capitalista, que ellos están cambiando. Pero, moléstese quien se moleste, yo prefiero quedarme con aquellos que con los que ellos han traído y que todos los que estamos aquí conocemos, o mejor dicho, padecemos. ¿Qué es lo que ha pasado con todo esto? ¿Cómo aceptar que vivimos mejor? Solo volviéndose la gente loca, pudiera llegar a creer semejante disparate. Fíjense ustedes, amigos míos, nosotros somos testigos vivientes de que eso que tanto se dice por allí de que vivimos viviendo es una mentira tan grande como la de asegurar que ya el hombre llegó al sol. Nosotros que conocimos el tiempo difícil de la dictadura de Pérez Jiménez y la represión de Betancourt y Leoni, jamás habíamos tenido tantas carencias y privaciones materiales como ahora, o sino que alguno de ustedes me desmienta. Yo les confieso mis queridos amigos, sin que me quede nada por dentro, que en esta desgracia que llevamos encima, como una pesada cruz sobre nuestros hombros, no me ha quedado otra cosa que recordar a mi bisabuelo materno que en una ocasión que la cosa estaba dura, fea, peluda, un poco parecida a lo de ahora, le dijo a la bisabuela, su esposa, que estaba fastidiando ese día hablando y pidiendo que le comprara unos artículos en el mercado, le dijo, mi amor, ¡ni yo mismo sé qué hacer con yo mismo!."

En ese momento y después de recibir esa lección de vida y de coraje que me regalaron todos esos buenos vecinos y mejores seres humanos que allí compartían, tragué grueso la pena que siento por el desconsuelo y la angustia que hoy casi en solitario llevamos sobre nosotros millones de venezolanos que, sin embargo, seguimos luchando, buscando ver la luz al final del túnel. Yo sé que la explicación profunda de todo lo que nos ocurre se encuentra en las estructuras del capitalismo, ayer terrible y hoy peor, más inhumano y absurdo, además de sostenido y aprovechado por quienes ahora nos gobiernan, de eso no hay la menor duda. Yo me despedí, di vuelta y seguí mi camino preguntándome ¿Qué fue lo que ocurrió en Venezuela para que los hombres y mujeres que la gobiernan se hayan convertido en esta monstruosidad?. No sé ni dónde ni cuándo encontraré la respuesta, pero de lo que si estoy convencido es que en algún momento y lugar aparecerá y de seguro llegará junto con el cambio que traerá bien para todos. Y entonces recordé a Orlando Araujo, aquél extraordinario intelectual venezolano, que nunca se doblegó ante los maltratadores de su país: "…Cuando cierras una puerta, muy probablemente cierras una casa y abres una calle, cierras una calle y abres un camino, cierras un camino y estás abriendo lo que no conoces. No es verdad que muerto Dios todo está permitido. Sencillamente vive y camina y jamás escribas bajo el mandato de un dios, ni de un tirano, así sea el amor ese dios o ese tirano".



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