Ayer me encontré a venezuela…

Ayer me encontré a Venezuela…la vi triste, harapienta…y me dijo que se va, que ya no aguanta más, que no tiene esperanzas, que la han herido en lo más profundo de su alma…

Tratando de encontrar un pasaje para retornar a mi ciudad natal Maracaibo, me encontré a una persona muy conocida en un terminal público de la Gran Caracas. Eran las dos de la madrugada…

Cuando la vi, me impresioné mucho. Hacía tiempo que no la veía, creo que desde el año 1999, cuando la fui a visitar en Caracas, donde vivía desde hace algunos años. Ella estaba tendida en el piso del Terminal La Bandera, profundamente dormida, su cama era ese desagradable piso tan sucio…Me asombré al verla así. En su rostro ya no se dibujaba la alegría que siempre le brotaba por los poros. Traté de acercarme, pero tenía muchas personas a su alrededor que también dormían y temía lastimarlos al caminar entre sus cuerpos. Allí, en un ambiente impregnado de un fétido olor a orina, yacían adultos, jóvenes, niños y ancianos.

Al fin, sorteando a todas las personas y escudriñando los pequeños espacios que había para dar mis pisadas sin hacerle daño a nadie, logré llegar hasta donde estaba ella. En mi mente siempre se guardará la impresión tan dolorosa que me produjo verla allí tendida, tan frágil y vulnerable.

Ella vestía unas ropas raídas, harapientas, decoloradas y sucias. No tenía los zapatos lustrosos que tanto le encantaba llevar, en su lugar llevaba unas chancletas plásticas de color azul con un agujero donde debía posar sus talones agrietados y sucios. La vi muy delgada, sus muslos y piernas eran prácticamente del mismo grosor y sus huesos lucían tapizados por su piel. Estaba arropada con una cobija que tenía una caricatura muy popular, la cual se visualizaba con dificultad, porque estaba casi cubierta con la mugre. Mientras observaba esta escena en ese conocido terminal y como buscando huir de tan lamentable y deplorable hecho, mi mente viajó a la velocidad de la luz, evocando tantos recuerdos gratos de las décadas de los 80 y 90 en mi país, época donde todos teníamos una sonrisa dibujada en el rostro, excepto al final de los 80 cuando un proceso inflacionario nos sumió en una pobreza que se quedó en pañales al compararla con la situación actual.

Aún seguía observándola…su cabello lucía grasiento, con muchos hilos de plata y sin su elegante moñera. Me acerqué tanto que quizás escuchó el brote incontenible de mis sollozos, los cuales trataba de aplacar, no concebía verla tendida allí en esas condiciones. Se despertó abruptamente. Al verme se le iluminó el rostro. También me dio mucha alegría verla y le dije: muchacha: ¿cómo estáis? ¿qué estáis haciendo por aquí? Ella con cara de asombro me dijo: pero criatura, ¿vos no te habéis dado cuenta de lo que está pasando? Por un momento guardé silencio y luego emití algunos sonidos, pero todos ininteligibles. Tartamudeando le dije: Si ¡Claro! Estamos viviendo una situación difícil…, pero…

Ella me dijo: pero ¿qué te pasa muchacha? Por si acaso no estáis consciente de lo que sucede, te contaré…

Visto estos harapos sucios, porque desde hace cinco años no me puedo comprar ropa y la poca que tengo no la puedo lavar, porque a mi casa no llega el agua desde mediados del año pasado y el jabón está tan caro que no lo puedo adquirir, el agua que traen en los camiones cisterna me la ofrecen a tan alto precio que a mis amigos y a mí nos resulta imposible adquirirla.

¿Te acordáis que siempre llevaba mis zapatos lustrosos? Pues lo poco que gano no me alcanza para comer, mucho menos para comprarme un par de zapatos.

¿Te fijaste que estoy a la línea? Estoy a la línea del sepulcro, porque ya casi ni como, lo poco que consigo gracias a algunos vecinos que aún les alcanza para darme un bocado de comida; y lo que logro conseguir en la basura, me permiten al menos, tener el cuero pegado al espinazo y no haberme muerto de milagro. Te cuento también que me he vuelto diabética y ¿vos creéis que consigo la bendita medicina que me recetó el doctor?

Al escuchar el relato de mi amiga, no pude impedir que las lágrimas inundaran mis ojos y se desbordaran recorriendo mi rostro.

Ella me siguió narrando que tenía muchos sentimientos encontrados, que amaba a nuestro país, pero que ya no aguantaba el hambre que pasaba junto a sus hijos y amigos que le acompañaban. De pronto se le dibujó una sonrisa en el rostro y me dijo: ¿Te acordáis cuando salíamos de viaje con nuestras familias a recorrer los más hermosos parajes de Venezuela?

Disfrutamos en Mérida del maravilloso páramo, sus hoteles, el cochino frito, los sabrosísimos desayunos andinos, los jugos de fresa y mora; y cómo olvidar los calentaítos, los sembradíos que simulaban una tela de retazos en nuestra majestuosa cordillera, las ancianas tejiendo, los niños vendiendo frutas y vegetales, las muñecas de trapo, las fabulosas artesanías y la gran alegría que contagiaban los grupos musicales en el Mercado Principal de Mérida.

En Falcón…bañándonos en sus hermosas playas, Villa Marina y Los Cayos eran las preferidas. ¿Cómo olvidar las burlas de mi hijo al verme llorar cada vez que contemplaba los petroglifos en Los Cayos y los fósiles en Tara-Tara? Todavía siento el sabor de las ricas cocadas en Chichiriviche y en el Cayo Pescadores. Aquel alucinante paseo por las estrellas de mar…

En Anzoátegui y Sucre, deleitándonos con los delfines en el Parque Nacional Mochima, sus hermosas y cristalinas playas, la gente tan amable que nos llevaba a recorrer esos sitios inimaginables. En el ferry La Pespes, yendo desde Carúpano la isla de Margarita, porque -ya empezaba el caos- de otra línea de ferry nos devolvieron los boletos el día que teníamos que partir desde Puerto La Cruz hasta esta isla.

En Lara, relajándonos en las lomas de Cubiro, comprando artesanías en Quíbor, maravillándonos con los hermosos telares y tejidos de Tintorero. Contemplando las abundantes orquídeas en una de las tiendas de este lindo pueblo ¡Ah! y comiendo fresas con la crema más deliciosa del planeta.

En la majestuosa Gran Sabana, admiramos el alto nivel de la cultura pemón, sus valores y hermosas artesanías. Sin dejar de recordar los ricos platillos en "Los rápidos de Kamoirán". Jamás en nuestra vida habíamos visto tantas caídas de agua: el parque "La Llovizna", los toboganes naturales, la quebrada de Jaspe y muchas más.

Bueno…y así tantos lugares que recorrimos en Venezuela junto a nuestras familias, las cuales hoy están esparcidas por todo el planeta. Estos magnánimos paisajes son impresionantes regalos que la naturaleza y nuestras diversas culturas nos han aportado, pero…

¿Qué nos ha pasado?

¿Por qué hoy no podemos hacer turismo en Venezuela como antes?

¿Por qué hoy no podemos satisfacer nuestras necesidades básicas como son la alimentación, el vestido y el acceso a los servicios públicos de agua, electricidad y gas doméstico?

No tengo las respuestas exactas, pero lo real es que mis familiares, amigos y yo, no soportamos tanta carga, nuestra vida está a punto de extinguirse, tampoco podemos poner en mayor riesgo a nuestros hijos, quienes ya no tienen esperanza de un buen futuro aquí.

¿Sabéis amiga? Deberías darte unas vuelticas por este terminal y los de otras líneas y veréis que la mayoría de las personas buscan pasajes para nuestra tierra del sol amada (Maracaibo) o para la ciudad de la cordialidad (San Cristóbal) ¿Sabéis por qué? Porque van hacia Colombia y otros países del cono sur. Están emigrando en una proporción altísima. Ya no importa nada. Se van hasta en los pisos de los autobuses. Porque no consiguen boletos. Las listas de espera son enormes…y las lágrimas que se derraman en esas despedidas te arrugan el corazón. El futuro de Venezuela rueda en autobús, pues no todos tienen para un boleto aéreo.

Te invito a que vayáis a una de las universidades donde se hacen las refrendas de documentos universitarios para que veáis con tus propios ojos como los jóvenes que el Estado formó profesionalmente, se van a nutrir con sus conocimientos a otras naciones, porque aquí en nuestra amada Venezuela no consiguen trabajo o los sueldos no le permiten ni siquiera comer. Observaréis profesionales no tan jóvenes, incluso jubilados y hasta mayores de sesenta años, refrendando sus documentos para abandonar este suelo, porque el sueldo no suple sus necesidades básicas.

Por todo esto amiga, hemos decidido irnos. Dimos lo mejor de nosotros, porque amamos nuestro país, pero algunos de nuestros coterráneos no aman a nadie. Ellos bachaquean alimentos, ropa, gasolina y otros productos en un largo etcétera. Hasta el dinero lo venden a precios inimaginables. Todo esto ocurre generalmente con la complicidad de las autoridades competentes.

Por otra parte, nuestros gobernantes han perdido la perspectiva de la otredad, solo prevalece un individualismo, un egoísmo, una expropiación y un fatal descuartizamiento del otro: el pueblo. Estos modelos mentales se han traslocado a gran parte de la sociedad y ya no importa el quién, sino el cuánto.

Amiga: creo que ya mi vida no tiene sentido aquí. Me vine a Caracas hace varios años y me iba bien, pero hoy me siento ajena, desarraigada de este suelo patrio que me vio nacer y en el cual viví por mucho tiempo maravillosas experiencias. Cuando miro alrededor, siento que vivo en un país que no es el mío. Me voy a otros espacios geográficos para ver si renace en mí la esperanza y logro superar la tristeza que me agobia.

Llevo dos días tirada aquí esperando conseguir un pasaje para irme junto con mis familiares y amigos. Ojalá me sepan valorar y querer en estos otros países que Simón me enseñó a libertar y no me mancillen como lo han hecho aquí.

¡Adiós amiga! Te quiero mucho. No sé si estaremos equivocados, pero la decisión es entre vivir o morir. Tal vez hagamos lo que hicieron Bolívar y otros próceres de nuestra independencia, quienes se fueron de Venezuela a tomar distancia desde otro país para volver cargados de energía y con nuevas estrategias para lograr la libertad definitiva de nuestra amada Patria.

Le respondí con lágrimas en los ojos:

¡Adiós Venezuela! Ojalá vuelvas pronto para que construyamos el futuro anhelado.

 



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