¡Fuera los hijos de Putin!

Todos sabemos que la discusión política venezolana también emigró, y que ya no somos sus actores, sino quienes estamos destinados a padecerla. Triste rol de espectadores de nuestra propia desgracia. Cierto, toda política nacional dejó hace tiempo de ser doméstica. Peor en los países del Sur, tercermundistas, subdesarrollados, periféricos, satélites, patios traseros… los desechables, en fin, para esos que mandan y no preguntan. Hoy priva un entreguismo agradecido, que no guarda las formas retóricas, ni negocia el menudeo. Como si fuera lo más natural, se pide intervención extranjera a gritos o se lleva a cabo en silencio.
Nuestra inmensa riqueza es atractivo internacional, razón geopolítica que cubre el caos propio. Como si nos quedara grande el país, grande el destino que nos habíamos propuesto. Riqueza que se ve como maldición y condena, pero que no excusa la vulgaridad corrupta que ha caracterizado la escena política, la ineficiencia prepotente de la burguesía “productiva” nacional, y la indolencia de un pueblo que no controló, no auditó, no exigió, mientras cayera algo de ella.
Hay quien propuso abonar con el estiércol del Diablo, sin que se diera un cambio profundo en la relación entre la nación y sus habitantes. Que lo público no fuera más premio de montoneras y violación de un machismo amanerado. Una renta que siempre ha favorecido a los mismos pocos, y a esos otros pocos que se han ido sumando por el boquerón de la corrupción: gomecistas de concesión petrolera, perezjimenistas constructores, adecopeyanos del dame-dos y mansión en La Lagunita, chavistas descarados con maletín y alta comisión; y si no ya, pretenden maduristas del descalabro nacional del todo o nada. De la inmundicia de los bolichicos es mejor ni hablar, que todo se vuelve etiqueta negra y paredón.
Sólo un cambio ético cobraría sentido. El futuro que comienza hoy y no mañana, “cuando salgamos de esto”. Un país que no sea hotel de paso, el “matadero” que se queda vacío. País portátil que se emborrachó hasta la incongruencia. País corredor que no llegó a la meta, ni conoció Damasco. Queda pendiente el penetrable de 24 piezas para armar, desarmándolo. Un cambio del absurdo, que borre la banalidad que hizo de reinas de belleza gloria suficiente para la injusticia acumulada. Incongruencia de un homosexual misógino y racista que se convirtió en modelo. El argumento sistemático del desconcierto nacional: “mejor, antes de que se lo roben”. Este gran circo sin pan, pero con vino-tinto, decolorando el mejor ron del mundo, porque el cocuy dejaría el rey al desnudo.
Poca imaginación y mucha desesperación justifican ese remake obamiano, que se autoproclama cualquier cosa, en cualquier parte, porque en una democracia sin instituciones las trampas son iguales. Un Quijote de feria que busca aplausos por un mundo donde nos tratan como el gato al ratón herido. “Las opciones están sobre la mesa”, repite del amo también en campaña, con tristes eufemismos. Fue indigno rogarle al grupete de Lima que avalara la intromisión internacional, pidiendo marines, cachacos, drones, lo que fuera y cuanto antes. Pero no, por ahora se quedan con los borges hechos, porque desestabilizaría la región (¿o no pasó en el Medio Oriente, sólo porque el gobierno lo diga?). Seríamos el primer país invadido, pero sólo el primero. Lo saben y sabe amargo. Invasión que fue y es posible (¿o no lo fue en Libia e Iraq, sólo porque el gobierno lo use como argumento?). Y, mientras, ¿Colombia como ejemplo? Bases americanas en vez de soberanía, la unión de primer productor y primer consumidor de drogas del mundo, récord absoluto en asesinatos de líderes populares, paramilitarismo incorporado a la relación social, trabajo infantil sicarial y delincuencia común; por no abordar el tema de una guerrilla cómplice de todo tipo de violencias, hasta las espinas. Pero nada le cambia el gesto a la alta política bogotana, de abolengo colonial. La hermana república que juega a Caín con la quijada de burro de Duque. ¡Qué vergüenza la foto conjunta de los Tres Caballeros! Pero no lo aceptamos, por más insatisfechos y rabiosos que estemos, no lo aceptamos. Y no nos engatusaron a pesar de la noche madurista que sufrimos, porque no todos son pardos, ni sus camisas suficientes.
Mientras, el gobierno ríe porque llegaron los rusos antes que los norteamericanos: un Berlín criollo, no más. Rusos que se llevan tan bien con los cubanos, tan aprovechadorcitos y traicioneros ellos. Recordemos quién decidió lo de los misiles y cómo quedaron. Repasemos el discurso del Che en Argel, antes de desafinar “Playa Girón”. Tanto en ruso como en inglés se dicen amenazas a la frustración. Que “sí o sí”, o te meto a los marines en el dormitorio con vela de sebo. Tanta bravuconada que huele a promesa incumplida. Mero sainete: “A qué no me encarcelas”, esputa Guaidó a su llegada, respondiéndole al “te estamos esperando con comité y todo”, del Dios dado, Dios callado.
Sí, llegaron los rusos con sus manuales traducidos en La Habana, y con la lista de precios para los fusiles milicianos. ¿Y nadie pregunta qué tienen que ver estos hijos de Putin con nosotros? ¿Quién puede creer que no sea otro negocio sucio? A menos que quieran cobrarse un poco tarde lo de la vieja Catalina. Mientras, tendrían mucho que desbrozar de su historia reciente, llena de crueldades e injusticias, para significar esperanza alguna. Ya ni en la hipocresía soviética pueden esconderse, esa que costó millones de vidas para llevar una solita a la estratosfera, y poner amenazas equivalentes sobre la supervivencia del mundo. Más allá de entibiar las aguas de la guerra, los grandes se reúnen por cuenta propia y hacen sus apuestas. Quizás compitan en Guantánamo, la Siberia tropical. Pararon la invasión, vale, pero a qué precio en bitcoins, en oro negro, en piedras radioactivas, en indignidad cosificada de Arco Minero. Y de los chinos mejor no hablar, quizás terminemos añorando la estupidez gringa cuando oigamos gotear sobre las cabezas. Paciencia tienen, y es milenaria.
Pero para nosotros, el tiempo apremia y la crisis arrecia. La población está al borde del colapso, y no sólo de la rabia. Harta de violencia y de que llamen a la violencia por una supuesta paz. Sin embargo, sigue la leguleyería de corte y constituyente. El manoseo constitucional, y la legalidad de a pedazos. La inmunidad se contamina. Una presidencia afásica de conceptos. Un chantajismo gobernante y corrupto. Galimatías supremo de justicia. Una asamblea fascistizada e irresponsable. En el intermedio, se juega a la guerra mundial entre Miraflores y Las Mercedes, sin medirse el camisón. Mejor que fuéramos de a poquito. Que comenzáramos por sacar a Tibisay y su mal concejo, que hace tanto tiempo sobran y dañan. Y para financiarnos, podríamos exigir que nos devuelvan un poquito de lo mucho que nos han robado, antes de que se lo decomisen y se lo embolsen todo allá arriba. Sí, elecciones generales, discusión y debate entre nosotros, a ver si legitimizamos algo, y que ese algo sea expresión de mayorías.
No es pesimismo, como dicen. Mayor confusión, como acusan. No es de tierra arrasada de lo que hablamos, si bien poco resta incólume. Reconocemos voces sensatas, bastaría oírlas, hacerles eco. Una plataforma de moral y luces. Alguno viene del fondo de la vieja república; otros, de la nueva república del desgaste. No nos queda sino abrir una brecha entre dos abismos. Negarnos a ser la mesa donde otros se sientan sobre nuestras espaldas. Separar las aguas y cerrar las cloacas rotas. Echarles bola negra a tanto bicho ladrón y a sus herederos. Apartarnos de falsos liderazgos. Salir de todos estos grandes hijos de Putin, propios y extranjeros, que hablan inglés o ruso, cubano o colombiano. Ver por nosotros-otros entre apagones y sequías. Abrir los ojos en medio de esta oscuridad cómplice, para definir lo qué haremos una vez sin ellos, antes de que sea tarde.


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Alejandro Bruzual

Alejandro Bruzual es PhD en Literaturas Latinoamericanas. Cuenta con más de veinte publicaciones, algunas traducidas a otros idiomas, entre ellas varios libros de poemas, biografías y crítica literaria y cultural. Se interesa, en particular, en las relaciones entre literatura y sociedad, vanguardias históricas, y aborda paralelamente problemas musicales, como el nacionalismo y la guitarra continental.


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