Adiós, tristes obispos bolcheviques: el chavismo y la democracia infinita de Alfredo Maneiro

En la actual coyuntura pocas cosas resultan más oportunas que volver a las fuentes del chavismo, retornar a esos horizontes que, por distintas razones, se han perdido o invisibilizado en el tortuoso camino de la construcción de la V República. Una figura que condensa, de manera significativa, esos orígenes es la de Alfredo Maneiro: su biografía resulta paradigmática de una praxis que va desde las formas más tradicionales del marxismo leninismo, a través de las batallas de los 50 y 60, hasta una visión que rompe con la falsa dicotomía entre revolución y democracia que cierta izquierda ha sostenido a partir de una lectura miope de la tradición bolchevique.

Maneiro resulta ejemplar no sólo por el reconocimiento explícito, por parte de Hugo Chávez, de sus encuentros con el fundador de la Causa R, hacia finales de los 70, sino también porque, en gran medida, podría entenderse al movimiento bolivariano de los 80 y 90 (y al ulterior chavismo) como el producto más importante de la tremenda crisis que atravesó la izquierda venezolana luego de la derrota de la lucha armada de los años 60. Precisamente es Maneiro uno de los más lúcidos a la hora de hacer el balance de esa derrota, destacando no sólo la insuficiencia de los instrumentos políticos tradiciones (en su caso el Partido Comunista de Venezuela) sino trazando todo un camino de articulación con las luchas concretas de la gente, con las demandas cotidianas de los habitantes de los barrios y de los obreros industriales (Catia, en Caracas y la lucha sindical en Guayana) desde la cual pueden extrapolarse algunos axiomas que me parecen de especial relevancia hoy por hoy:

1) El camino de la revolución venezolana no es el mismo de la experiencia soviética y sus diversas expresiones a lo largo del siglo XX. La democracia formal, la tradición de la democracia liberal venezolana, dispone un terreno para la acción que difiere abismalmente de aquellos en los que se libraron esas experiencias históricas. Esto implica que los revolucionarios venezolanos deben luchar dentro del horizonte de la democracia y no de una manera oportunista o tacticista sino trabajando por la radicalización de la democracia ya existente, por su expansión sin límites a priori.

Lo anterior implica, ya en el contexto de la Constitución de 1999, que debe "bajársele dos" a cierta iconología, a cierta retórica, que exalta el carácter "épico" de la lucha armada, de la violencia política, de la toma del poder por las armas. Chávez llegó al poder por elecciones y estas se ganan o se pierden. Esto que parece una obviedad resulta peligrosamente distorsionado por esa épica que, en definitiva y en las actuales circunstancias, sólo puede servir para adornar los escenarios de los programas de opinión del canal 8. Y ya sabemos la audiencia que estos espacios tienen.

2) El instrumento político o el partido ya no puede ser el clásico "partido de cuadros" o la vanguardia autoproclamada. Ambas experiencias fracasaron estrepitosamente en los 60 y pretender repetirlas, en la segunda década del siglo XXI, es la "crónica de un fracaso anunciado". Maneiro plantea en su lugar una organización de nuevo tipo que se construya desde la especificidad de las luchas concretas. El efecto de conjunto de esas luchas, la articulación de los sujetos concretos de cada una de esas batallas, es en sí misma la organización política de nuevo tipo. Desde acá resulta impostergable abordar todo el tema de la relación entre lo que se ha llamado "chavismo social" y el PSUV.

3) La solución de los problemas de Venezuela va más allá de la izquierda, de hecho en muchas ocasiones cierta retórica de "izquierda", ciertas prácticas del militantismo izquierdista, son un lastre para la elaboración de alianzas, para el encuentro con fuerzas patrióticas que no pueden subsumirse bajo los eslóganes clásicos de la izquierda. El encuentro en las luchas, la persuasión, la capacidad de convocar y movilizar son, hoy por hoy, elementos esenciales de superación de la actual crisis de hegemonía que atraviesa el chavismo. No se trata de construir una política centrista. Se trata de reactivar una práctica de construcción desde lo popular, rompiendo con la lógica perversa del movimiento popular administrado desde el Estado.

En todo lo anterior la reflexión de Alfredo Maneiro resulta de una actualidad extraordinaria. Ya hace muchos años y en el contexto de la emergencia del fascismo europeo, el gran poeta César Vallejo expresó su descontento con la ortodoxia de cierta izquierda impotente para el encuentro con las grandes mayorías, de allí su verso "Adiós, tristes obispos bolcheviques" que da título a esta breve nota. Es hora de que el chavismo diga adiós a esa retórica que no sólo es falsa sino inútil. Es hora de que el chavismo revise sus orígenes, retorne a sus fuentes y se reencuentre, desde la militancia en los espacios del movimiento popular, con la senda de la democracia infinita de Alfredo Maneiro.

juanantoniohernandezsalinas@gmail.com



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