¿Y quién ganó Cúcuta 23?

 


El solo plantearse la disyuntiva de si el ganador de la infeliz jornada del pasado 23 de febrero fue el oficialismo o la oposición oficialista nos ancla en la disyuntiva polarizada de los dos abismos, que a tan abajo nos ha llevado. Por un lado, el que haya que “salir de Maduro y su combo a como sea”, sin que se sepan tratos, costos ni consecuencias, con una tácita amenaza militar extranjera, con menosprecio evidente de nuestra tan amoratada soberanía, y el posible desmembramiento de la nación. Y, por el otro, que “cualquier cosa es preferible antes de que los radicales de la oposición lleguen al poder”; que hay que defender al gobierno, porque si no favorecemos la reacción fascista. En definitiva, son lógicas y argumentaciones equivalentes, manipuladoras ambas, que impiden la posibilidad de que el pensamiento propio se exprese, con la excusa del aniquilamiento del otro-enemigo, en acción desde hace tantos años. Negarlas a ambas, al mismo tiempo, es abrir el espacio de la convivencia, reducido a un absurdo ping-pong de agresiones. En la reconstrucción de un espacio para la diversidad de lo político habita la salida hacia un algo vivible. Ampliar el marco de la democracia es lo opuesto a la polarización.


Ser maniqueístas ante el maniqueísmo, y poner en evidencia las similitudes de los extremos. Deslastrarnos de la “posibilidad única” que nos ofrecen a cambio de credibilidad absoluta. Apuntar a la pluralidad, es apuntalar la disidencia como derecho, rearmar el mapa de lo político, terminar con ese “conmigo o en mi contra”, tan gomecista. Salir del juego macabro de las dudosas conveniencias argumentales, pues ni el gobierno es de izquierda, ni la oposición es democrática. El gobierno ha perdido toda legitimidad, manipulando la legalidad, y se ha alejado de sus bases. La oposición se ilegitima en sus procedimientos, manipula connivencias y traiciona el descontento. La relegitimación de todos los poderes es inevitable, la sola salida hacia la medida justa.


Si el gobierno ganó la batalla, la guerra la perderemos todos. Dejó que Guaidó y su gente se enredaran en la confusión entre “ayuda humanitaria” e “invasión solidaria”, como estrategia golpista. Porque nunca la despolitizaron, porque despolitizarla no los ayudaba. El gobierno ganó cuando invalidó el prepotente “sí o sí”, que empantana en su frustración al gobierno colombiano y, en particular, a su jefe supremo. Ganó porque Borges y Guiadó se quitaron la careta y se colocan a la derecha del mismo Grupo de Lima, suplicando intervención armada contra su propio país. El gobierno ganó cuando logró mantener al ejército de su parte, y no se creó un vacío militar propicio al ejército colombiano. Ganó, cuando no cayó por miedo a Guantánamo, que es el mayor espacio de violación de los Derechos Humanos en el mundo entero, negación de los ideales de la democracia internacional, revelación misma de sus contenidos alternativos a la “dictadura” de Maduro. Ganó, porque Colombia, tan violentamente constituida, y con tan frágil equilibrio interno (guerrilla, paramilitares, narcotráfico, corrupción política, delincuencia vulgar, violencia militar y bases norteamericanas), no avanzó a paso de peón de Washington, hasta nuevo aviso.


Si la oposición oficialista ganó la batalla, la guerra la perderemos todos. Logró que el gobierno reconociera, tan absurdamente tarde, que vivimos una emergencia médica. Que había que actuar con urgencia para abastecer al país de medicamentos e insumos. Un gobierno convertido en “homicida culposo” de miles de enfermos que no pudieron salvarse. Que no podía seguir alargando su negligencia ante el sufrimiento de ese pueblo que dice representar. Ganó lo más rabioso de la oposición oficialista, cuando puso a los halcones de Washington y de Miami al borde de su contradicción, y los hizo más peligrosos todavía. ¿Vendrá ahora el capítulo del preso político y la pobre víctima? ¿Otra provocación a un gobierno que subvalora porque es subvalorado por el gobierno?


Pero perdemos todos, no importa quien haya ganado la batalla, si la calma del día siguiente aleja la posibilidad de un acuerdo en torno al CNE, amplio e inclusivo, que es el único e inmediato primer paso que pueda realizarse. Un CNE que exija a esos extremos la aceptación de los resultados de la consulta democrática, abierta y popular, que tendrá que hacerse, tarde o temprano. Un CNE cuyos resultados sean irrefutables, para bien del que sea y sea el fin de los malos argumentos. Es hora de que los radicales de la oposición oficialista acepten que el chavismo no desaparecerá, por más que quieran, y quizás en muchos años. Es hora que la violencia del oficialismo entienda que él “no volverán” fue, es y será falso, porque ya volvieron y están en las calles, producto del desacierto económico, la corrupción y el estalinismo caribeño, entre muchas otras cosas. En realidad, nadie ganó ese mal juego de Cúcuta 23, y seguimos todos a la espera.
 

 



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Alejandro Bruzual

Alejandro Bruzual es PhD en Literaturas Latinoamericanas. Cuenta con más de veinte publicaciones, algunas traducidas a otros idiomas, entre ellas varios libros de poemas, biografías y crítica literaria y cultural. Se interesa, en particular, en las relaciones entre literatura y sociedad, vanguardias históricas, y aborda paralelamente problemas musicales, como el nacionalismo y la guitarra continental.


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