Venezuela: Política de Tierra Arrasada

La política de tierra arrasada –o tierra quemada- es una estrategia de tipo militar que se fundamenta en la destrucción de todos aquellos medios industriales, económicos, de servicios o de vías de comunicación, que puedan ser de utilidad a un potencial enemigo, en caso de que llegue a tomar un espacio geográfico determinado. Se trata de una maniobra de devastación que se ha empleado a lo largo de la historia, desde tiempos muy remotos.

El gobierno fascista de Nicolás Maduro está empeñado en destruir totalmente las estructuras económicas, políticas, sociales, institucionales e, incluso, culturales que han sustentado al Estado Nación venezolano. La dictadura, junto con su aparato goebbeliano de propaganda, sus fuerzas represivas al mejor estilo de la Gestapo y la banda de fanáticos que conforman el "equipo económico", realizan grandes esfuerzos para aniquilar cualquier vestigio del modo de vida que existía en Venezuela antes del arribo de Maduro al poder.

En este caso, la política de tierra arrasada no se usa para privar a un enemigo externo o interno de recursos que pudiesen utilizar en caso de invasión o intervención militar –aunque, no es descartable que Maduro y su pandilla de traidores prefieran acabar con la Patria antes de entregar el poder-. En esta oportunidad, la tierra arrasada se utiliza con la intención de exterminar lo que queda del capitalismo, para edificar una supuesta sociedad socialista "purificada", en la que crecerán el "hombre nuevo" y la "mujer nueva", como piedras angulares y defensores de una supuesta revolución que, únicamente, existe en la mente de la neo burguesía madurista.

En otras palabras, las carencias que vive el pueblo de Venezuela no deben ser confundidas con políticas erróneas por parte del gobierno, sino como estrategias, muy bien orquestadas, para acabar con la actual Venezuela para que, en una especie de utopía genocida, nazca la república nueva. Creer que la debacle económica es el resultado de la incapacidad gerencial o de la corrupción –que también inciden en el caos de manera considerable- es ser muy simplista.

Desde el punto de vista de la cúpula gobiernera, es fundamental destruir el capitalismo para acelerar el "parto" del socialismo y, la vía más rápida para ello, es acabar con los medios de producción y erradicar cualquier pensamiento "burgués". Por lo tanto, la destrucción del aparato productivo –tanto privado como estatal- forma parte de un perverso juego que busca retroceder la economía nacional a tiempos abiertamente feudales, es decir, algo parecido a lo que hicieron los Jemeres Rojos, quienes querían convertir Camboya en un país rural, alejado de la industrialización capitalista.

La quiebra de PDVSA, las empresas básicas de Guayana y las diversas compañías estatizadas o expropiadas por el Estado, está alineada con la política de tierra arrasada que impulsa Maduro. El hambre, la escasez de medicamentos y la precariedad de servicios básicos (transporte, agua, electricidad, gas) forman parte de la estrategia de dominación que busca doblegar cualquier resistencia ante el avance, abiertamente nazi, de las fuerzas maduristas. Incluso, la carencia de ingredientes necesarios para elaborar platos típicos venezolanos, forma parte de un plan para el cambio de las costumbres y tradiciones patrias que, según el pensamiento reaccionario de las elites políticas actuales, están contaminadas por el "virus burgués".

Así, progresivamente se irán cerrando espacios de recreación pues, lo único importante para estos delincuentes orwellianos, es la subordinación al Estado corrupto y vil que han edificado. El turismo interno y externo, el cine, el teatro, los congresos, la poesía, el arte y cualquier corriente que pueda ser vista como subversiva o contraria a la ideología fundamentalista del madurismo, será progresivamente cerrada a las mayorías, estando disponibles solamente para la cúpula psuvista.

Las miles de personas que mueran en este proceso serán daños colaterales. Tal vez sean vistos como los más débiles, de acuerdo con el pensamiento fascista que impera en Miraflores y, por lo tanto, las "víctimas necesarias" de una guerra ideológica entre el capitalismo que se niega a morir y el socialismo que está emergiendo.

El resultado de la tierra arrasada de Nicolás Maduro será un país arruinado, con una economía devastada, una moneda sin valor alguno, una sociedad fracturada y hambrienta, un parque industrial inservible, el ecosistema contaminado, la pobreza extrema reinante, con instituciones ajenas a las necesidades del pueblo, con la proliferación de mafias y la consolidación de un mercado negro que proveerá, a precios impagables, productos de primera necesidad. A todo ello, se debe sumar la privatización, a favor de los rusos y de los chinos, de empresas estatales, incluida PDVSA, luego de su quiebra económica y operativa. De esta forma, además, privarán a un eventual gobierno de transición de activos y recursos necesarios para la recuperación del país.

En resumidas cuentas, la situación que vive, actualmente, nuestra patria es propiciada desde las altas esferas del poder. Esta tierra quemada busca purificar la sociedad venezolana de "lo viejo" para abrir el camino al sistema feudal que los maduristas llaman, cínicamente, como socialismo.

 



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