Y también hay hienas políticas en la revolución

La carroña política es olfateada y de ipso facto aparecen las hienas; ellas no distinguen la presa putrefacta, no desagrada a su olfato, el desgarre de lo purulento del inerte cuerpo se hace a dentelladas, la voracidad es asesina, la violencia invade cualquier estado de pudor o lástima; y váyase a saber, que en política el sentimiento no tiene cabida, es comediante, es implacable, muy denigrante, importa la presa y nunca jamás el conservado ideológico que se intercambia por poder, es norma de la política en sistemas infranqueables al respeto por la diversidad y al contendiente, no impera el debate sino la fuerza constreñida, sin razón, un canibalismo en aras de conservar el poder y la supremacía que organice su permanencia.

Tiempos históricos dan relatos de felonías para metamorfosear posesión del poder sobre el poder; un batallar incesante puesto que algunos intelectos acríticos monarquizan, reinizan, imperializan y a ese horror se suele le llamar conquista, inquisición, se pugna un ajedrez de insufrible política. Las ideas, frutas después teorizada, son vulnerables al débil pensamiento individual, porque se mal compone de individuos frágiles al asombroso fatídico poder que embelesa; nunca escapa de sí aun por más ortodoxa que sea, la imperfección ideológica no fuga de su fanatismo e incurre en aspirar la fragancia del poder, al ser le seduce, percute en su cabeza imaginándose omnipotente aunque sea al proviso de su vida.

La política arrastra secuelas de este suborden, porque la política es cuerpo y mente humana y el imperfecto califica al ser para disculparle de actuaciones mezquinas, bárbaras, feroces. Las organizaciones propenden a auto-flagelarse y en especial las políticas-partidistas, pues el embrollo del poder les cita a su encuentro tras el postulado signado por la latitud que cada individuo adquiere en su trayectoria proselitista-gremial. Es impensable que por muy castiza que se pueda imaginar una organización, ésta pueda eximirse de este error; pero, no disculpa sea rutina de praxis en una revolución, se justifica que merodeen ciertas hienas, pero no manadas. E yendo al concepto de ideas, se presume que sus orígenes radiquen del ala derecha; diríase, es su procedimiento habitual, y por supuesto, no en izquierda y nada extraño ante la opinión. De ahí que toda forma de su práctica sea intolerable en cualquier revolución, por muy paupérrima que se encuentre de la asimilación formativa.

Hienas rojas buscan carroñas en la política de Estado; esperan que otras fieras desapetiten su presa para entre hienas disputarse las sobras; muchas de esas hienas andan deleitándose de los tajos de la ulcerada carne que lograron mordisquear y que le disfrutan en el "exilio", otras menos hábiles aún intenta dentellar un mayor trozo del borceguí de la presa-víctima. Y en todo este meollo de la disputa ideológica advienen muchas jugarretas; hay quienes ven gran oportunidad en el desorden y en el desafuero político y afilan colmillos políticos para desgarrar la ética-moral como principios de toda revolución que se digne de ser auténtica.

Por demás está señalar las grotescas intromisiones; cúpulas verde-civiles torpedean el buen funcionamiento que encause prosperidad ideológica socialista, no está dentro de sus planes granjearse el grado superior revolucionario, muy por el contrario, apuestan al dilatamiento, al cansancio y a la disparidad del concepto revolucionario en sí, que es donde se propugna la carroña que alimenta la ferocidad de la hienas políticas.



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Omar Ignacio Pinto


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