La Corte Internacional Penal: un hazme reír de los EEUU

El Departamento de Estado de los EEUU y Donald Trump no deja de sorprender al mundo con sus amenazas y sus locuras. El insólito chantaje y asedio que tiene el gobierno estadounidense sobre los jueces que integran la Corte Internacional Penal por haber considerado estudiar y aprobar la apertura de investigación sobre la actuación de las fuerzas armadas de EEUU por crímenes de guerra acaecidos en Afganistán, amenazándolos de ser acusados por un sinfín de delitos, dejó atónitos a aquellos que siguen aferrados a la idea que ser investigado constituye un hecho normal dentro de lo que se conoce en el sistema jurídico internacional como Derecho Humanitario.

Lo ocurrido demuestra con basta claridad que no todos pueden ser sometidos a tamaña barbaridad y abuso, el derecho ha sido, es y seguirá siendo un medio de control social para casi todos, pero no todos. La ofensa de ser investigado y la garantía del derecho a la defensa y el debido proceso tienen sus límites y excepciones. Los Estado-nación, salvo el estadounidense pueden y deben ser investigados por sus actuaciones en cualquier lugar donde haya acontecido una guerra como hecho y mandato providencial de la raza blanca, del Dios blanco y del cielo blanco, salvo los soldados gringos quienes son obligados a ir a las guerras, destruir lo que encuentre a su paso, sin pruritos de miedo, sin barreras morales ni éticas, sin complejos religiosos, sin sentimentalismos bastardos, sin el contagio humanitario, sin lloriqueos humanos, sin romanticismos pendejos, sin los enredos de la inmundicia poesía, porque la guerra es el canto y la construcción de la indecencia impúdica, la barbarie es su máximo resplandor, el arrasar a lo que se les antoje, la aniquilación del ser en sus múltiples maneras, la exigencia para obtener galardones y medallas, ascender por méritos a los estratos de los "mejores" donde sólo se llega por poseer alma y conciencia seca.

Ese es el perfil que debe tener los generalatos, los almirantes y los llamados líderes de las fuerzas armadas. Esos son los requisitos para que los hombres de la guerra ocupen posiciones de poder en los EEUU, para alcanzar estamentos de direccionalidad política en la CIA, la Comisión de Asuntos Exteriores, el Pentágono, el Departamento de Estado, representante militar en embajadas o consulados, representar los intereses gringos en la ONU, el Club de Roma, los cuerpos corporativos de asesoramiento y entrenamiento habidos en los continentes como la escuela de las américas, la escuela de la liga árabe, la OTAN y las miles de empresas fachadas encubiertas que desarrollan trabajo de inteligencia y contra inteligencia al margen del derecho interno de los Estados-nación y el derecho internacional.

Una vez más queda en evidencia la indefensión del derecho, ese todo poderoso que ejerce la coercibilidad para, y que, poner orden; implantar la justicia, el Bien Común y la seguridad jurídica, son los argumentos claves para promover la estafa y el fraude a las conciencias. Ese derecho que a menudo se invoca en los discursos políticos y exponen los estadistas con grandilocuencia, aparece y desaparece en las sendas convenciones internacionales siempre enclenco se observa en estos tiempos más esqueletado, mequetrefe, languidecido, estipendiado, mendigante y ridiculizado. Un derecho esclavo de los intereses imperiales, esa ha sido su historia, en la actualidad se observa lánguido y con un historial de desolación y muerte a nombre de grandilocuentes ideales que no puede cumplir.

Un derecho que sólo toma musculatura cuando la raza pura blanca, que está en las cimas del poder, lo desea para controlar a los descalzados, reprimir manifestaciones e imponer la furia de su fuerza a favor de la elite creadora, exprimir la fuerza laboral y obtener ganancias exorbitantes. Un derecho amaestrado para alcanzar fines funestos junto a sus operadores como perros furiosos que persiguen sin cesar la presa, hasta su exterminio. Esa presa que los soldados estadounidenses persiguieron y persiguen en Afganistán, en Irak, Colombia, Libia, Yemen, Palestina, la extinta Yugoslavia y en aquellos países, casi todos, donde llega la bota gringa, como confesó el general Smedley Butter, "en función de pistolero de primera clase para los Grandes Negocios, para Wall Street y para los banqueros".

El Tribunal Penal no escapó de los disparos alevosos que salen desde las entrevistas y declaraciones que vierten las autoridades de la Casa Blanca en sus acostumbradas ruedas de prensa. Los hasta ahora conocidos amigos y aliados del imperio gringo, en los últimos meses, han recibido parte de la medicina colonial y neocolonial que ha sido y sigue siendo costumbre de recibir los países del Sur, desde hace centenares de años. Los imperios ni los imperialismos no tienen amigos, ha sido una vieja conseja de los estudiosos de las ciencias sociales y de los hombres y mujeres adultos mayores. Los años enseñan, son aprendizajes para quienes han dedicado horas por conocer y comprender el por qué y el para qué de las desigualdades, las miserias humanas, la dominación abrupta y light contra los pueblos de la orbe, y no por ser light sea menos venenosa y cruel. La coba del derecho internacional y el derecho humanitario se evidencia con la claridad del cielo estrellado en luna llena.

Era obvio que ningún ente adscrito a la red institucional de la arquitectura de poder instaurada después de la segunda guerra mundial iba a quedar exenta de los verdugos imperiales. El juego ha estado siempre claro, salvo las inocentadas que creen y cometen los actores políticos de pensar y actuar con independencia y autonomía en las competencias leguleyas que se le asignan.

Sin leer la bola de cristal ni las cartas astrales, se sabe cómo terminará esta comedia. Los jueces de la Corte Internacional Penal fueron obligados a colocar los pies sobre la tierra, pagaran caro su travesura, la mayoría saldrán de sus puestos de verdugos y algunos serán enjuiciados, aunque no acuerden la investigación contra los EEUU, por delitos cometidos en su gestión. Hasta ellos no llega los privilegios de la minoría blanca en el poder. La impunidad es un objeto-fin que no puede tener cabida en los pobres del mundo. La impunidad es el principal trofeo de los facinerosos del poder económico y financiero. La historia así lo prueba.

fparadavalero@gamil.com



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