El derecho de nacer

La respuesta a un texto escrito previamente, en donde se planteaban algunas de las múltiples facetas que presenta la emigración de una porción relativamente significativa de nuestros compatriotas (Fuga de pendejos), francamente me impresionó. Llamaron mi atención varias cosas dignas de comentar. Por un lado la cantidad de personas de pensamiento opositor que accede a los portales de APORREA, El Elefante Bocarriba o cualquier otro sitio web que huela a "castro-comunismo-chavismo-madurismo-dictatorial" o que sea identificado como afecto a la acción gubernamental con una voracidad que raya en el masoquismo.

Los compatriotas que -haciendo uso de su libre albedrio- adversan al gobierno, pareciera que necesitan de esas lecturas y con avidez las persiguen. Para ellos, escudriñar en éste tipo de páginas aparentemente es un placer similar al que se experimenta con el primer café de la mañana: los despierta, los alienta y les da el ánimo necesario para emprender el día, lástima que se lo tomen sin azúcar y esto les amargue el resto de la jornada.

Casi un 10 % de los que leyeron el artículo se tomó la molestia de escribirme y de ellos más del 80 % envió mensajes insultantes. El blanco predilecto de sus improperios fue, literalmente ¡mi madre! Y esa fue otra de las cosas que captó poderosamente mi interés.

Las respuestas de quienes parecieran haber entendido el trasfondo del asunto planteado y se solidarizaron con los conceptos allí plasmados fueron contadas, ponderadas y parcas. Mientras que casi todas las réplicas contrarias en cambio, fueron extensas, ofensivas y agraviantes. Destilaban un odio y un rencor alambicado que les impedía razonar si lo esbozado tenía algo de razón o no. Vacuas e injuriosas, ausentes de reflexiones que fuesen capaces de demostrar la existencia de un pensamiento propio detrás de los agravios -en términos de la excelencia que esgrimieron algunos como su pasaporte-, no despertaron la necesidad de entablar un debate, pues a los pleitos subalternos que se ventilan a través de las redes sociales (de talante infamante y carentes de sustancia la mayoría) no se les debe tributar el oxígeno de la réplica.

Polemizar es importante si la diatriba se nutre de propuestas y no se carga de insultos. Se hacen atractivas las disputas que se dan entre pares, entre personas que demuestran poseer similar nivel intelectual pero, ninguno de los insultantes se detuvo al menos por un instante a analizar si es cierto o no qué los que emprenden el viaje, parecieran desde el principio convencidos de que "como vaya viniendo vamos viendo" es una buena filosofía para afrontar una travesía.

Se ve que su experiencia como mochileros es nula. Las décadas de los 70’s y 80’s lanzaron a la aventura latinoamericana a muchos de los integrantes de nuestra generación, muchas veces inspirados por el diario que de su viaje en motocicleta escribiera el denostado Ernesto Che Guevara, otras tantas por el puro afán de aventura, salimos de nuestros hogares con un pequeño morral y el pulgar afilado a recorrer la América del Sur, con un mínimo de gastos y una máxima vivencia. Nadie que yo recuerde, llegó a San Antonio del Táchira o a Santa Elena de Uairén implorando ayuda humanitaria. Para ese entonces, los gobiernos de Acción Democrática y COPEY se ensañaban contra los muchachos que hubiesen tomado el camino de la disidencia, la filosofía de la igualdad entre los hombres o las premisas de la izquierda insurgente y transformadora y esa era otra razón de peso para rebasar nuestras fronteras.

Así, llegamos a conocer de primera mano la realidad social en la que se encontraban sumergidas el resto de las naciones del vecindario. Entendimos el por qué debíamos abrazar los postulados revolucionarios, la lucha por la redención de los seres humanos, e igual que con el Che, terminamos estudiando medicina.

Sin embargo, creo que a nadie se le ocurrió salir de su casa sin pasaporte, sin cédula de identidad, sin nada de dinero. Ninguno intentó llevarse unos inmensos maletones a cuesta. Había que andar ligero de equipaje y dispuesto a sobrellevar penurias.

Trazábamos cuidadosamente un verdadero "roadmap", planificábamos con cierta pulcritud un itinerario que, por haber sido delineado en los mapas del libro de Ciencias de la Tierra de Cazzabone se veía demasiado fácil de concretar pero, a pesar de eso, contemplaba modificaciones de última hora, invariablemente había capacidad para maniobrar. Siempre tenía pautas realistas y metas preestablecidas. Lo más dramático del asunto -era de esperarse- fue la despedida. La vieja con una inundación que rebasó la cota histórica de sus sacos lagrimales, nos acompañó hasta la reja del jardín, el viejo con cara de pocos amigos, más arrecho que sapo llevando sol, medio se asomó a la puerta, los panas impacientes esperaban en la esquina. ¡Todos marchábamos al fin con una cara de alegría!

¿Qué fue lo que pasó entonces? Ahora todos se lamentan de haber decidido viajar. ¿Sería que pesaban que coger camino no era algo serio? Salen de su casa como el que va de vacaciones para Chichiriviche, ¡llevan de toda vaina! Se largan con niños muy pequeños o con adultos mayores muy mayores y eso no creo que sea una preparación muy inteligente para el "éxodo". Al menos deberían enviar una avanzada, establecer una cabeza de playa en el país seleccionado y luego, una vez instalados, con un techo dónde guarecerse, con un trabajo estable y bien reminerado, entonces sí, reclamar a sus familiares, pagarles el traslado, darles la mejor vida que como pajaritos en el aire les pintaron. Pero, esperar el milagro de la caridad para que te lleven gratis a tu destino es un poco peligroso, la alfombra mágica de Aladino hace ya tiempo que se la robó Alí Babá.

¿Por qué entonces ésta imprevisión?, si usted sale cargando hasta con sus hijos ¿qué carajos espera que pase?, ¿no es qué el móvil del viaje es darles una mejor vida? ¡Pero, los están poniendo a pasar roncha y de la más costrosa al no más salir de su morada!, ¡he allí que surge el patrón indeseado!

Las personas repiten los esquemas, las conductas familiares. Aupados por la fuerza de la costumbre, vuelven reiteradamente sobre comportamientos que hemos visto e interiorizado en el seno familiar. De tanto ver novelas emerge el "Efecto Venevisión" en muchos de los viajantes. Nosotros los venezolanos, desde El derecho de nacer -telenovela basada en una radionovela cubana- para acá, hemos estado sometidos a un entrenamiento melodramático. ¡Todo lo convertimos en un culebrón! ¡Todos somos de alguna manera Marina Baura, todos somos en el fondo Raúl Amundaray!, ¡las lágrimas han servido para lubricar nuestra desesperada vida!

La transmisión diaria de esos "culebrones" nos ha ablandado el lóbulo frontal. Ligia Elena, Las Amazonas, Por estas calles, uno a uno los dramáticos televisivos trían con cada capítulo una dosis de cursilería que fue amoldando nuestra manera de ser como colectividad.

Cada nuevo episodio de nuestras vidas se ha convertido gracias a la magia de la televisión en un acontecimiento trascendental. Buscamos sintonía y aceptación. Necesitamos la identificación con alguno de los personajes o con los vericuetos de una trama tan truculenta como la que catapultó a la fama al Dr. Albertico Limonta.

Este viaje tiene su trama. "El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra Argentina (...) el que las ordena y pule, "yo", no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra "Mayúscula América" me ha cambiado más de lo que creí", escribió el Che Guevara al inicio de sus escritos para advertir a los lectores. La negra María Dolores nunca nos desampara.

La determinación de dejar atrás Venezuela es una resolución exclusivamente individual, cada persona debe hacerse a la idea de dejar todos sus bienes en su país de origen y además tienen que decidir el momento más adecuado y la forma más idónea para emigrar. Y aunque éste es un acto voluntario, la resolución de expatriarse puede estar determinada tanto por fuerzas repulsivas, factores de empuje generalmente de orden socioeconómico, político o de superación personal, como por fuerzas de atracción que desde el país de destino seducen al emigrante, deslumbrándolo con promesas de una mejor seguridad social, de mejores condiciones socioeconómica, de marcos jurídicos y legales más claros que les permitan desarrollar sin sobresaltos su actividad profesional. Entonces, ser protegido de la acaudalada familia Del Junco no basta, el Dr. Alberto Limonta tiene que poner de su parte.

Emigrar en las condiciones en las que abandonan la patria hoy día nuestros conciudadanos debe ser una de las decisiones más difíciles que debe tomar una persona. Ya es muy frecuente escuchar en cualquier reunión con amigos o familiares la letanía moderna del "me quiero ir", "Fulanito el hijo de la Sra. Tal, me dijo que me vaya para… que él allá me va a recibir y me busca alguna chamba". Meter la vida, la tierra en que naciste en una maleta… requiere de coraje, más que de desesperanza. Quienes quieren emigrar muchas veces no saben ni siquiera cuáles son los trámites que se deben realizar para abandonar la patria, ignoran cuáles son los papeles que les van a pedir para salir del país. Olvidan o intentan obviar lo difícil que resulta actualmente en Venezuela registrar y apostillar títulos o cualquier otro documento.

Y como de la improvisación muy pocas veces germinan buenos resultados, hay que repartir el sufrimiento entre todos para que nos toque más poquito.

De pequeños, cuando en casa no nos complacían o nos imponían algo, la cabecita encendida nos daba una respuesta de telenovela para castigar a los culpables de nuestras congojas: ¡Nos escapábamos de la casa!, yo al menos con unos seis o siete años me fugué de la casa para castigar a mis padres por haber sido "tan crueles" conmigo por quién sabe qué pendejada y me fui muy lejos, lo más lejos posible… ¡Huí a casa de mi abuela que quedaba a algunas cuadras! Y allí me refugié hasta que arrepentidos fueran mis padres a buscarme consternados luego de que la nona disimuladamente los llamara advirtiéndoles de paso que no me hicieran nada.

Pareciera que ese es un proceder recurrente y muchos son los que agarran su palito de escoba, le amarran un pañuelito en el extremo y se lanzan a la deriva, porque saben en el fondo que su madre, la madre patria, no va a dejarlos abandonados, que saldrá al rescate con todos sus recursos, con toda la caballería y los devolverá contrita y pesarosa al terruño que dejaron entristecido con su partida, en los flancos de un caballo alado.

Bueno esta vez no será en un Pegaso sino en un avión de CONVIASA.

 



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Carlos Pérez Mujica


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