Fuga de Pendejos

Si bien es innegable que el fenómeno migratorio venezolano ha crecido exponencialmente en los últimos tiempos, también es cierto que para enfatizarlo, se toman números al azar, se manipulan estadísticas y se inventan cifras.

Manoseadas con una ligereza rayana en la irresponsabilidad, las cifras dan ganas de llorar. Según estas, nos acercamos al estatus migratorio exhibido por países que sufren conflictos bélicos tales como Siria que lleva siete años de guerra (6.3 millones de inmigrantes), Sudán (3.3 millones) o Irak (3 millones), o a los 12 millones largos de mexicanos que han abandonado su país huyéndole a esa otra clase guerra solapada que incluye entre sus armas la inseguridad, el narcotráfico, la explotación, el hambre y la miseria (http://www.ime.gob.mx/gob/estadisticas/2016/mundo/estadistica_poblacion.html).

Y si hay algo indiscutible últimamente es que las falsas noticias por ser tan llamativas se difunden a través de las redes sociales con suma facilidad. Indiscriminadamente se comparten informaciones ficticias, que por su espectacularidad se divulgan con tanta rapidez que no dan tiempo de verificarlas, antes que ellas se hagan epidémicas. Pero aunque impresionantes, estridentes e interesantes, sus contenidos siguen siendo falacias. El impulso que las mueve proviene del mismo aliento que anima a las bolas de nieve, desde su origen son fabulaciones a las que se van sumando cada vez mayor número de personas hasta convertirse en una monstruosa patraña, que desemboca finalmente en una avalancha de inexactitudes y falsedades.

A estas mentiras cada vez se van incorporando más y más usuarios de manera piramidal, con una eficacia entusiasta y perversa que surge bajo el signo de la autoayuda. En cualquier red de alcance masivo, llámese ésta Whatsapp, Twitter, Instagram o Facebook, las llamadas “fake news” pululan a tal velocidad que sus contenidos -informaciones fraudulentas o manipuladas-, no pueden ser verificados sino hasta que ya es demasiado tarde y el daño colateral ya se ha producido.

En ese orden de ideas, encontramos informaciones dispensadas  por la Universidad Simón Bolívar (USB) a través de su “Laboratorio Internacional de Migraciones” y la Universidad Central de Venezuela (UCV) por medio de los informes de su “Observatorio de la Diáspora Venezolana” en donde se manejan cifras que respectivamente hablan de que 3.2 y 2.8 millones de compatriotas se han desplazado más allá de nuestras fronteras. Por su parte la empresa encuestadora Consultores 21 maneja 4 millones de desplazados, mientras que según ECONVI, una propuesta de la Universidad Católica André Bello (UCAB) unas 815 mil personas han tenido que emigrar del país (Encuesta de las Condiciones de Vida Venezuela 2017. https://www.ucab.edu.ve/wp-content/uploads/sites/2/2018/02/Presentaci%C3%B3n-Emigraci%C3%B3n-ENCOVI-2017-1.pdf).

Los Estados Unidos alberga en su territorio unos 57.5 millones de migrantes hispanos, entre los que figuran 35.7 millones de mexicanos (63.3 %), 5.3 millones de puertorriqueños (9.5 %), 2.1 millones de salvadoreños (3.8 %), 2.1 millones de cubanos (3.7 %), 1.8 millones de dominicanos (3.3 %), 1.3 millones de guatemaltecos (2.5 %) y 1.0 millones de colombianos (1.9 %), pero estas cantidades sin embargo no despiertan tanto el interés mediático como las del puñado de venezolanos que se desplaza actualmente fuera de nuestras fronteras patrias (https://laopinion.com/2017/09/18/cuantos-hispanos-hay-en-eeuu-las-nuevas-cifras-te-dejaran-sorprendido/), siendo éstas últimas casualmente la replicadas, reiteradas y enarboladas por cualquier opositor que se respete de serlo, sin ahondar mucho en detalles.

Lo innegable es que la “diáspora” venezolana hace ya un buen rato que ha comenzado, y con ella se ha desatado un temporal de xenofobia. La hostilidad con que tratan a nuestros paisanos en el resto de los países a donde con sus ilusiones han llegado es algo digno de estudiarse. Es un aborrecimiento rayano en la repugnancia. Es una antipatía tal que asusta y a la cual nuestra postura no creo que ayude a atenuar.

La mala prensa que la dirigencia opositora nos ha dado desde su exilio dorado y la arrogancia narcisista con la que los venezolanos le declaramos al mundo que venimos del mejor país del cosmos, no resultan muy satisfactorios para los nativos de la comarca receptora, llámese ésta cómo se llame. La exaltación desmesurada que orgullosos hacen nuestros compatriotas de las bondades de nuestra nación, hacen que de inmediato los ciudadanos de otras regiones nos saquen el culo.

El venezolano de por sí siempre ha sido “pantallero” pero, no más sale de nuestra patria entra en “modo maracucho”. Con la vaina de que somos el país más rico de Latinoamérica ingresamos chapeando a cualquier lugar donde llegamos. Les sacamos en cara que “las mujeres más hermosas del universo son las venezolanas”, y eso dicho en un mercado de la Paz o de Cochabamba, bueno hermano, es como para pensarlo.

Jodemos hasta el cansancio con lo de que Simón Bolívar “es nuestro” y que sin él aún andarían descalzos, en taparrabos y bajo el yugo español los habitantes de media Sudamérica. Y no es que deje de tener algo de verdadero, pero cada país también tiene sus héroes, sus libertadores, su olimpo particular, que aparece disminuido al lado de ese “dream team” que exportamos para emanciparlos y entre los cuales se cuentan nombres como los de Antonio José de Sucre, Juan José Flores, León Febres Cordero, Miguel Letamendi, Luís Urdaneta, Pedro Gual, Jacinto Lara, Rafael Urdaneta, Carlos Soublette, José Antonio Anzoategui, etc., además de ese contingente anónimo de llaneros de talón cuarteao, genéricamente nombrados como “Centauros”, “Lanceros” o “Bravos de Apure”.

En nuestra arrogancia sincera les restregamos en su cara la hermosura de nuestras playas de tibias aguas y blancas arenas a unos carajos que si llegaran a meter sus humanidades en las gélidas olas del Pacífico o del Atlántico sur, así sea en verano, durarían unas cuantas semanas buscándose las partes íntimas de lo engurruñadas que les quedarían.

Salimos prepotentes siempre, con lo de nuestras riquezas naturales: que si oro, que si diamantes, que si coltan a unas gentes que tienen llamas, alpacas y vicuñas como única hacienda. Y así cualquiera se alegra al enterarse de que infinidad de damas venezolanas son explotadas sexualmente en los burdeles de Cúcuta o en los lupanares de Cartagena, Bogotá, Quito o Lima, y les resulta entonces, a una cantidad de personas del continente, karma o justicia divina.

En fin “mojoneados” como somos, personas que durante los años de bonanza de la era chavista viajaron consuetudinariamente al extranjero, disfrutando de los dólares subsidiados que les otorgaba el Estado venezolano, ahora despiertan de manera quejumbrosa lamentándose de la suerte negra que están experimentando. Pero si a algún argentino se le ocurre hablar del río de la Plata, no joda chico, ahí ponemos por delante al Orinoco, que no será el Amazonas pero le mete culillo. Pero que los brasileños mencionen a las cataratas de Iguazú, no querido amigo ese es un chorrito sólo mide unos 82 metros, catarata verdadera nuestro Salto Ángel, el Kerepakupai Vená que así es como se llama no joda y que es el más grande del mundo con sus 979 metros de caída libre, casi mil metros po’el pecho papá. Que si un peruano se le ocurre nombrar a La Tigresa del Oriente, eso no es nada, Lila Morillo y más ná. Que si La Paz tiene su funicular de El Alto, qué son esos 10 kilómetros de viaje viendo techos de cinc, si nosotros contamos con el teleférico de Mérida, que ese si es el más largo y más alto del mundo amén de que su paisaje es espectacular, qué tal. Y así vamos estando buenos y sanos, que no te cuento si nos caemos a palos, que entre el alcohol y la nostalgia comenzamos a “cantar”.

Se concentran entonces en pregonar nuestra desgracia y olvidamos muy fácilmente que, sólo en Venezuela por poner un ejemplo, hoy habitan más de 5 millones de colombianos desplazados, producto de la violencia paramilitar y el narcotráfico y que muchas de las personas que han decidido rehacer su vida en el vecino país son hijos de esos que se marcharon para Venezuela huyendo de la verdadera violencia y de una guerra auténtica.

Muchos de los presuntuosos profesionales que emigran desde acá, venden sus vehículos financiados con el Plan Venezuela Móvil, negocian los apartamentos que Chávez les recuperó de una pérdida inminente que sufrirían gracias a los créditos indexados y a las “cuotas balón” y que ahora “cambiando su mama por una burra” viven en barriadas humildes, en las condiciones de las que en Venezuela despreciaban.

Otrora yuppies engreídos, subsisten hoy día de hacer lo que sea, viven amorochados, unos encima de otros, después de haber disfrutado en casa de sus padres de una habitación inmensa, seguramente bien amoblada y para qué, para tener la posibilidad de ir al supermercado a observar estantes repletos de mercancías, de las que voluntariamente se tienen que privar, porque albergan la remota esperanza de ahorrar algunos cuantos dólares para darse la gran vida cuando decidan regresar. Para enfatizar la realidad del “éxodo” de venezolanos, la magnitud de la novísima ola migratoria se ha convertido en una especie de leyenda urbana acerca de la cual la mitad es el resultado de una moda y la otra porción inducida por la necesidad.

Se van porque aspiran alcanzar muchas cosas y en verdad algunos consiguen una vida relativamente holgada pero, muy rara vez -por no decir nunca- logran adquirir el estatus que tenían en sus hogares. Así vemos orgullosos médicos en Miami lavando letrinas o soberbios ingenieros paseando perros en Panamá. Cambian el desarraigo, la discriminación, el racismo, la xenofobia, “por un puñado de dólares”.

La magia del diferencial cambiario convierte en millones de bolívares cada dólar y eso resulta reconfortante. Entonces, vale la pena la aventura de ir a tomarse un selfie en la entrada de cualquier club nocturno de moda o de un restaurant de lujo que no se pueden pagar, camuflando de ese modo las penurias de su actual situación laboral. Así hayan llegado a su destino pidiendo cola, mendigando y pasando calamidades. Cifras trucadas, inventadas o erróneas dejan a estas personas como una arepa frita… con un huequito en el corazón.

Signada por una realidad económica aplastante, la cuestión migratoria venezolana, pasa sin embargo a un plano subalterno debido a la importancia de la cuestión política que la relega a convertirse en un elemento económico transversal. La depresión colectiva a la que condujeron los dirigentes opositores a una porción significativa de la población luego de ser derrotados en el ámbito electoral y de haber abortado sus intentos de vulnerar la gobernabilidad con acciones facinerosas, ha conducido a que un grueso de compatriotas haya abandonado las comodidades de la vida fácil que llevaba en Venezuela para ir a dedicarse a lavar carros o retretes, a vender perros calientes o cualquier otro tipo de fritangas, a pasear mascotas o a atender ancianos.

Las sanciones económicas impuestas por los Estados Unidos y la Unión Europea, la imposibilidad del ingreso de alimentos e insumos médicos, la asfixia económica, la cuestión monetaria, el diferencial cambiario, los ataques a la moneda (a el antiguo bolívar), la devaluación, son algunos de los factores que influyen en el movimiento migratorio de nuestros connacionales, pero que quedan ocultos por opiniones sesgadas y subjetividades aparte.

Almagro habló en alguna oportunidad de que eran 2 millones y el ex presidente Juan Manuel Santos mencionó que un millón de venezolanos había decidido mudarse a la Nueva Granada, comentario éste que viniendo de su boca se presta a suspicacias, ya que anunciar a Colombia como destino de preferencia de la migración venezolana le cae de maravillas a su gestión, convirtiéndose en un ejercicio mediático que serviría para lavarle la cara a un estado belicista y narcotraficante ante el concierto de naciones, amén de que logra captar los recursos donados por privados e instituciones patrocinadoras de auxilios para crear un “canal humanitario” que atienda a los desplazados al llegar a la frontera.

Esta ola migratoria venezolana se ha convertido en un fenómeno que para los sociólogos debe resultar fascinante. Mitad necesidad y mitad esnobismo, se ha transformado en la mayor emigración de pendejos en toda la historia de la humanidad desde que Adán y Eva abandonaron el paraíso, pasando por el éxodo bíblico hasta llegar a nuestros días.

Pero carentes como éramos hasta ahora de una cultura migratoria, intentamos desconocer que al salir de Venezuela todos nos convertimos en extranjeros y vanidosos como somos, insistimos en restregarles en la cara a los demás que somos egresados de la ULA, de la UCV, de la Simón Bolívar o de la UCAB, sin tomar en cuenta que para un peruano, un boliviano o un paraguayo eso es chino y peor aún, para el ego de un chileno o de un argentino, compadre eso es menos que una caca de perro sobre la acera. Con esa carta de presentación basada en la soberbia cómo quieren que nos traten.

La prensa interesada pinta el movimiento migratorio venezolano como si se tratara del desplazamiento de grandes cardúmenes de arenques, de sardinas o de krill que terminan alimentando a todos los oportunistas que ven en ellos una magnífica oportunidad para sacar provecho de los desvalidos.

¡El peor enemigo de un venezolano nada más atravesar la fronteras de la patria es… otro venezolano! Y palabras antes jamás escuchadas entre nosotros como diáspora, exilio o emigración, forman ahora parte de nuestro lenguaje cotidiano.

La búsqueda de nuevos rumbos trae consigo el dolor de dejar atrás los afectos y a eso los venezolanos no estamos verdaderamente acostumbrados. Nuestra fastuosa clase media siente ahora en carne propia el desgarro de irse de su país, pero parecen no entender del todo las diferencias que existen entre estatus y calidad de vida. Acostumbrados como hemos estado hasta ahora al facilismo y a la generosidad del Estado, nuestros compatriotas en el exterior no entienden que la subsistencia en otros países resulta muy costosa, que los servicios públicos tienen tarifas elevadísimas, que han dejado atrás su vida saudita, no comprenden que no salieron en un viaje de placer, que no están de vacaciones sino que se trata de un cambio radical en su existencia, que no se mudan de sus casa sino que deben comenzar de cero en una tierra extraña, adaptándose a nuevas formas de actuar, de pensar, a una nueva cultura.

El odio, el recelo o el rechazo que experimentan nuestros coterráneos, no ha llegado aún a los extremos que experimentan grupos étnicos o religiosos diferentes. Es la desconfianza natural que genera en el entorno cotidiano la presencia de desconocidos, que no saben a qué han venido, pero que se vanaglorian de formar parte de una “fuga de cerebros” ocasionada por la indiferencia con la que su nación los ha tratado.

El chovinismo así analizado es entonces es nuestro propio reflejo, porque así sin quererlo, sin notarlo es como tratamos a las personas del país que nos acoge y es lo que ha generado esa ola de rechazo a la que le echamos combustible cada vez que les recordamos lo generosos que fuimos cuando aceptamos emigrantes de todas las guerras, de todas las hambrunas, que todas las carencias y naufragios empujaron hacia nuestras costas.



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Carlos Pérez Mujica


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