Ideas para una nueva Cultura de la Tierra

El pasado 13 de junio, Santiago Alba Rico publicó en CTXT otro artículo magistral, Nuestra Antígona. La tragedia del Mediterráneo convertido en fosa común lleva a este gran escritor y gran pensador a reflexionar sobre una tragedia de la Grecia clásica, la Antígona de Sófocles.

"En su enorme e imprescindible Antígonas, de 1991, el crítico estadounidense George Steiner trataba de explicar la vitalidad de la obra de Sófocles, cuyas metástasis cubren por completo, y renuevan sin cesar, la historia de la cultura occidental. La conclusión de Steiner es que el enfrentamiento entre la hija de Edipo y su tío Creonte integra los cinco conflictos que definen la ‘condición humana’. Hay otras grandes obras –no sé, Hamlet, Fausto, Medea, D. Quijote– que dramatizan dos o tres, o incluso cuatro, de estos conflictos, pero sólo Antígona los trenza todos y, sin resolverlos, los pone una y otra vez en escena. ¿Cuáles son? Estos cinco: entre hombre y mujer, entre jóvenes y viejos, entre individuo y sociedad, entre vivos y muertos, entre humanos y dioses…"

Resulta fascinante y revelador cómo, entre los cinco conflictos básicos que definen la condición humana –hombre/mujer, jóvenes/viejos, individuo/ sociedad, vivos/muertos, humanos/dioses– a Santiago se le olvida el más básico de todos: humanidad y naturaleza… Creo que esta omisión nos dice algo serio sobre nuestra situación actual. Todo sigue pasando, para nuestra miopía, intramuros de la polis humana... Como sociedad –y así lo muestra el desliz de una persona tan lúcida como Alba Rico– ni se nos ocurre asomarnos de verdad fuera de las murallas, a ese extramuros del metabolismo socio-ecológico, los otros seres vivos, la biosfera como Gaia/Gea, nuestro lugar en la Tierra/Matria...

VIVIMOS COMO EXTRATERRESTRES EN EL TERCER PLANETA DEL SISTEMA SOLAR. HABLAMOS DE TERRAFORMAR MARTE, BUSCANDO A LA DESESPERADA UNA SALIDA DE LOS ESTRAGOS ECOLÓGICO-SOCIALES QUE CAUSAMOS

Sobre este enorme problema están trabajando compañeros y compañeras de la Comisión de educación y participación de Ecologistas en Acción/Madrid, bajo el rótulo de "Nueva Cultura de la Tierra". Atención a sus propuestas (a nuestras propuestas) en estos meses próximos.

Vivimos como extraterrestres en el tercer planeta del sistema solar. Hablamos de terraformar Marte, buscando a la desesperada una salida –por lo demás quimérica– de los estragos ecológico-sociales que causamos; pero no se trataría de terraformar Marte, sino de terraformarnos a nosotras y nosotros mismos. Así que éste sería un primer principio para esa nueva cultura que buscamos: seguir adelante con la alfabetización ecológica básica, pensando en terraformarnos a nosotras y nosotros mismos.

Una nueva cultura de la Tierra podría apoyarse sólidamente en estas tres patas: a) una ética universalista de la compasión que reelabore los avances de las religiones y las filosofías sapienciales de la "Era Axial"; b) el pensamiento feminista de los últimos tres siglos, floreciente además en los últimos decenios; c) el conocimiento ecológico y la teoría Gaia/Gea, que ha llegado a plasmarse en ecosofías (como la "ecosofía T" del pensador noruego Arne Naess, sin ir más lejos). Sobre esto último ha desarrollado en nuestro país un trabajo muy valioso Carlos de Castro.

(Cuando hablamos de "conocimiento ecológico" han de incluirse ahí también los saberes indígenas, campesinos y vernáculos. Debería ser obvio; pero por si acaso, quede explicitado).

Nuestra tarea como humanidad no es muy diferente de nuestra tarea como personas: llegar a despertar. Así que más vale que no aflojemos… Necesitamos aprender a ver aquello ante lo cual la cultura dominante, mecanicista, patriarcal, capitalista e individualista, nos hace ciegos: A) la vitalidad que anima casi todo en el planeta Tierra; B) la importancia de los sistemas complejos adaptativos, y especialmente la importancia de esas totalidades que llamamos ecosistemas; C) el peso de las dinámicas sistémicas que hemos puesto en marcha los seres humanos (como la expansión de la tecnociencia, la aceleración social y la reproducción ampliada del capital).

Lo más importante sería superar el antropocentrismo y el cortoplacismo.Para ello nos hace falta otra forma de sentir y de pensar el tiempo y el espacio. Tomar en cuenta a los hijos y a las nietas… y también a las abuelas y los tatarabuelos. Desarrollar con cuidado esa visión intergeneracional y de Big History.

Además, precisamos una perspectiva biorregional: esa clase de espacios en la naturaleza resultan más importantes para casi todo que nuestras artificiales divisiones políticas y administrativas. Hay que buscar conscientemente una territorialización de los modos de vida. Y no cejar en las iniciativas de defensa del territorio –sin perder la perspectiva mundial, pero concibiendo ésta no en términos de globalización sino de Gaia/Gea. Ésta sí que sería una valiosa "gea-política".

NUESTRO NORTE ÉTICO NO PUEDE SER "MEJORAR EL BIENESTAR DE LA HUMANIDAD", SINO LA VIDA BUENA DE TODOS LOS SERES CAPACES DE TENER UNA VIDA BUENA, EN EL SENO DE UNA BIOSFERA RICA Y DIVERSA

Nuestro norte ético no puede ser "mejorar el bienestar de la humanidad" (por más que ello nos parezca importante), sino la vida buena de todos los seres capaces de tener una vida buena, en el seno de una biosfera rica y diversa. Nuestra fantasía de exencionalismo humano (creernos aparte y por encima de la naturaleza, no sometidos a sus leyes) hace que apenas prestemos atención a la horrenda destrucción de la trama de la vida que estamos causando. Aniquilamos especies mucho más deprisa de lo que somos capaces de catalogarlas. Y los individuos vivos, y sus poblaciones, merman tan deprisa que hemos tenido que inventar neologismos como desfaunación. Pero si somos hermanos biosféricos de todas las plantas y animales ¿cómo podemos fantasear que saldremos adelante sin ellos?

Propugnamos una ética biocéntrica, porque una ética aceptable no puede ser especista (como nos enseñan Peter Singer o Ursula Wolf) y por tanto debe aceptar que cada vida –humana o no humana– cuenta moralmente por sí misma. (A las éticas que en este plano de crítica del antropocentrismo defienden visiones holistas en vez de individualistas es mejor llamarlas ecocéntricas que biocéntricas). Como debería resultar obvio, las implicaciones de un postulado así son inmensas –y nada fáciles de asumir por nuestras sociedades.

Pero también deseamos una ética antiespecista que se haga cargo de la realidad, y en este sentido reconozca que en la naturaleza los individuos –que nos importan tanto moralmente– apenas importan: lo que cuenta son sistemas (hay que insistir otra vez en la relevancia de los sistemas complejos adaptativos…). Y es preciso aceptar de entrada estas dinámicas sistémicas –incluso cuando lo que pretendemos es modificarlas. Aunque nuestra mejor moral sea individualista (valorando cada vida en sí misma), nuestra ontología o nuestra sociología no pueden serlo.

Creo que hemos de abordar el dificilísimo debate sobre la necesaria reducción de la población humana –que tendrá lugar por las buenas o por las malas, en un mundo que ya se halla en sendas de descenso energético. Y abordarlo no sólo desde la perspectiva del empoderamiento de las mujeres (importantísimo) sino también reivindicando más espacio ambiental para los demás seres vivos.

Conciencia de especie, decimos desde el movimiento ecologista. Sí, pero hoy debería ser conciencia de una especie más entre las otras (por más que no perdamos de vista nuestra singularidad como animales con responsabilidades especiales). Estamos muy lejos de lo primero; todavía más lejos de lo segundo.

NECESITAMOS APRENDER A VER AQUELLO ANTE LO CUAL LA CULTURA DOMINANTE, MECANICISTA, PATRIARCAL, CAPITALISTA E INDIVIDUALISTA, NOS HACE CIEGOS

"La razón, la moral y el conocimiento científico son los únicos elementos que pueden regular nuestra convivencia sorteando la emergencia de las catástrofes", apuntaba Jorge Wagensberg (dialogando con Joan Martínez Alieren el libro Sólo tenemos un planeta. Sobre la armonía de los humanos con la naturaleza, Icaria 2016). Y tiene razón, aunque requiere algún matiz. Hemos de desarrollar la razón como razón dialógica y racionalidad ecosocial. La moral ha de llegar a ser, de manera efectiva, moral de larga distancia y conciencia de especie. El conocimiento científico puede orientarse fácilmente a la búsqueda de dominación –y hay que precaverse frente a ello. Y hay que añadir, a la terna de Wagensberg, un par de elementos más: la humildad frente a la hybris y el amor compasivo como clave de bóveda de todo. Si después de hablar de petróleo, de fosfatos y de coltán no hablamos de amor, estamos perdidos.

"Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado", decía el maestro Rafael Sánchez Ferlosio. Hemos de trabajar intensamente en el "cambio de dioses", vale decir, en la transformación radical de nuestro sistema de valores y referencias culturales. Si en el lugar de la competitividad y el crecimiento no ponemos la biofilia y la sustentabilidad, estamos perdidos.

Una dificultad enorme de las transformaciones ecosociales que proponemos: de entrada, y dentro del marco cultural vigente, son percibidas como formas de empobrecimiento. Ahora bien, más allá de la satisfacción de las necesidades humanas básicas, la riqueza no es un hecho social objetivo; es una relación entre medios y fines. Si cambiamos los fines (si "cambian los dioses"), podemos ir hacia formas de riqueza diferentes, de hedonismo frugal o de lujosa pobreza. La escasez de petróleo no tiene por qué traducirse en escasez de vida buena. Como nos suele indicar Nate Hagens, no tenemos un problema de escasez de recursos, sino más bien de exceso de expectativas (una buena síntesis del pensamiento de este ensayista estadounidense aquí).

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Jorge Riechmann es poeta, traductor, ensayista, profesor de filosofía en la UAM, licenciado en CC. Matemáticas, doctor en CC. Políticas y miembro de Ecologistas en Acción.



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