(Para Roy Chaderton)

Venezuela y Estados Unidos: el paradigma Dobrynin

En múltiples oportunidades el gobierno de Venezuela ha manifestado su disposición a normalizar las relaciones de nuestro país con los Estados Unidos. Un propósito tan loable como ese requiere de toda una amplia labor de filigrana política, de habilidad y patriotismo, de audacia y firmeza que reconozca, antes que nada, la complejidad de los nexos entre ambos países. Dicha complejidad no sólo está conformada por conflictos o antagonismos. También está tejida de elementos comunes, de puntos de convergencia, sobre los cuales es posible comenzar a construir, paso a paso, sin prisa pero sin pausa, una nueva relación diplomática entre Caracas y Washington.

La historia ofrece múltiples ejemplos para todo lo anterior. No sería ni la primera ni la última ocasión en que dos países, envueltos en una relación tensa, plagada de conflictos y desacuerdos, logren sentarse alrededor de una mesa de negociaciones para establecer las bases de un nexo constructivo y beneficioso. No voy a referirme a una gran cantidad de ejemplos de este tipo ya que ello desborda los límites de este artículo. En lo que sigue sólo me propongo abordar, de manera necesariamente breve y esquemática, un ejemplo que me parece paradigmático sobre cómo es posible encarar, de manera positiva, las relaciones entre dos naciones duramente enfrentadas por razones de tipo ideológico o envueltas en una peligrosa confrontación determinada por la geopolítica.

Antes resulta necesario situar el contexto histórico en el que se inserta este ejemplo al que quiero referirme. La llamada "Guerra Fría", la confrontación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que tuvo lugar, aproximadamente, entre 1947 y 1991, se encontraba en su máximo apogeo. La amenaza permanente de la guerra nuclear entre ambos superpoderes, el llamado "equilibrio del terror" o la "destrucción mutua asegurada" (MAD por sus siglas en inglés) eran datos de la vida cotidiana de los ciudadanos soviéticos o norteamericanos. Los llamados "Think tanks" de ambas potencias se dedicaban a hacer proyecciones sobre la cantidad de muerte y destrucción que cada país podría soportar antes de proclamarse "vencedor" en un conflicto semejante. Grandes profetas de la paz como Martin Luther King o Thomas Merton dedicaban ingentes esfuerzos para prevenir el inicio de esa apocalíptica conflagración que, para muchos, resultaba inevitable.

Fue en ese contexto que, en enero de 1962, un nuevo embajador soviético llegó a Washington. Anatoly Dobrynin, para entonces de 43 años, seguramente nunca imaginó, al arribar a su nueva residencia (la célebre "Mrs. George Pullman House" comprada por el Zar en 1913) que iba a permanecer en su cargo durante casi un cuarto de siglo y a través de los mandatos de seis presidentes y de siete secretarios de Estado norteamericanos.

¿Quién era este diplomático de quien, en un obituario, se dijo que era un "hombre duro" bajo una máscara de afabilidad y exquisitos buenos modales? Sus memorias, "En confianza", publicadas en 1995, nos ofrecen preciosos detalles de sus orígenes, de su formación como diplomático y de las artes aprendidas durante casi medio siglo en el servicio exterior soviético. Se trata de un libro que es de lectura obligatoria para todo aquel que desee estudiar, a profundidad, las relaciones internacionales y el oficio diplomático. Dada su extensión y riqueza, tanto a nivel conceptual como de elementos históricos, resulta imposible, en estas breves páginas, hacer justicia a este libro. Baste con mencionar dos cosas que revelan tanto el arte de Dobrynin como el rol decisivo que tuvo que jugar en el que, sin duda, fue el momento de mayor riesgo de toda la "Guerra Fría".

La primera puede parecer obvia pero se encuentra muy lejos de ser sencilla, sobre todo en un contexto cargado de desconfianza mutua. Cito a Dobrynin: "Como profesional siempre traté de encontrar a la persona correcta cercana al presidente de Estados Unidos aunque, por supuesto, no siempre es posible desarrollar una buena química personal con todo el mundo (…) Siempre traté de encontrar a alguien que estuviera tan interesado como yo en mejorar las relaciones soviético-norteamericanas y en negociar para encontrar soluciones a los diferentes problemas que nos separaban. Luego de encontrar a esa persona, ambos reportaríamos, separadamente, tanto al presidente como al comité central del partido sobre hasta dónde habíamos podido avanzar. Esto funcionó bien con el especialista en asuntos soviéticos del gobierno de Kennedy, Llewellyn Thompson y, especialmente, después con Kissinger y Vance. Mientras Mac Namara era Secretario de Defensa de Johnson me invitó, en una oportunidad, a almorzar a su casa. Jugamos ajedrez y luego nos encontramos nuevamente. Y gradualmente comenzamos a hablar francamente sobre el desarme nuclear, un campo en el que Mac Namara tenía muchas ideas frescas e interesantes…".

La otra cosa que quisiera citar es el conocido rol que Dobrynin jugó en la llamada "crisis de los misiles" o "crisis del Caribe" y que casi provoca un enfrentamiento nuclear entre la URSS y los EE. UU. a propósito del emplazamiento de misiles nucleares en Cuba. Esta sería la prueba de fuego de Dobrynin como diplomático pues ocurrió a escasos meses de su llegada a Washington como jefe de misión.

Todos los historiadores de la "Guerra Fría" coinciden en destacar que este fue el momento de mayor peligro de ese periodo histórico. Durante dos semanas el destino de la humanidad pendió de un hilo luego de que Estados Unidos, tras denunciar la presencia de misiles soviéticos en Cuba, procedió a colocar a sus fuerzas armadas en alerta máxima y a decretar un bloqueo alrededor de la mayor de las Antillas. Incluso un error insignificante o una interpretación errónea de los eventos (que se sucedían con rapidez) podía detonar la conflagración.

Fue en aquel momento en que se produjeron tres encuentros entre Robert Kennedy, hermano del presidente, y Dobrynin en los cuales fue posible establecer un canal seguro de comunicaciones entre el Kremlin y Washington y negociar un conjunto de concesiones, de lado y lado, que permitieron ir desactivando el conflicto con un resultado distinto al que muchos predecían en aquellos tremendos "13 días de octubre", "días tristes y luminosos" como los llamó, en su carta de despedida a Fidel, el Comandante Guevara.

Un paradigma es un caso ejemplar que permite visualizar los rasgos esenciales de un concepto o de una idea. En ese sentido puede hablarse de un "paradigma Dobrynin" para referirnos a una forma de hacer diplomacia que, sin renunciar a posiciones de principio o de defensa, a ultranza, de determinados intereses nacionales, se propone tender puentes y abrir canales de comunicación donde se encuentran obstruidos, distorsionados o, simplemente, no existen. Si algo semejante fue posible entre dos Estados que se encontraron, en más de una ocasión, al borde de la mutua aniquilación, a través de misiles intercontinentales con ojivas nucleares, no cabe duda de que algo así también es posible y deseable entre nuestra patria y los Estados Unidos.

juanantoniohernandezsalinas@gmail.com



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