El país del mediodía

Desde que los sectores de oposición lanzaron la estrategia de la ofensiva final hace tres meses, combinando movilizaciones en principio pacíficas pero cada vez más acciones tácticas de grupos violentos; muchas cosas han cambiado en el quehacer cotidiano del venezolano, sobremanera el citadino, ese habitante que hace parte del tejido palpitante de lo urbano.

Parece un recuerdo distante el quehacer rutinario que acostumbramos llamar normalidad: las carreras de última hora para llegar a tiempo antes que cierre el banco a las tres y media de la tarde, la taquilla del pago de la luz o el teléfono; la tertulia animada de las comadres al recoger los niños en el Colegio; la cita médica que se alarga y desespera antes de ser atendidos casi entrada la noche, el debate amigable entre opositores y bolivarianos vecinos, hasta la cola que tanto incomoda para adquirir un producto regulado llega a extrañarse. Desde que las trancas, trancazos, plantones, marchas y supermarchas, guarimbas y cuanta información, imagen o rumor falso o no circula por la red sobre sucesos que estarían ocurriendo en algún punto de la geografía nacional, el país es otro. Ahora, el huso horario conocido, aquél con el cual planificamos la jornada laboral, los periodos de descanso para almorzar, los ratos de ocio y hasta el ejercicio de la caminata del fin de semana para la buena salud y mejor calidad de vida parecieran haberse trastocado.

Hace ya tres meses que la normalidad y rutina han sucumbido frente a la apremiante realidad que impone la lógica del País de las Doce am. Posiblemente el lector reaccione extrañado en este punto. Pues bien, resulta que ahora todo lo debemos resolver con la premura, nerviosismo e irritabilidad que conlleva la circunstancia que después del mediodía, el movimiento de la ciudad es otro, se parte en dos y ocurre una transformación urbana arrastrada por la dinámica de las marchas, barricadas, encacapuchados y policías, trancas de calles, algunas avenidas y autopistas, mentadas de madre, plegarias y hasta bendiciones, de gases lacrimógenos, piedras, bombas molotov y más de un disparo fatal.

Todo fluye con velocidad crispante que somete a prueba nuestro estado de tensión arterial, la capacidad cardiovascular y el manejo del estrés. Pero también somete a prueba, la capacidad y disposición que tenemos para lograr resolver diez cosas en apenas un par de horas, no muriendo en el intento de resolver tanto asunto de la agenda diaria. Apenas apaga el eco la última campanada de las doce del mediodía, nos transformamos en una suerte de desdoblamiento de la personalidad entre el pensamiento razonado y calmado del Dr. Jekill y el desquiciado Mr. Hyde, personajes centrales de la conocida obra del escritor escocés Robert Stevenson. Presurosos se notan cambios en nuestra carácter, procedemos a retiramos rápidamente del lugar donde nos encontremos sin apenas despedirnos, entre exasperados, ansiosos y agrios corremos para evitar las barricadas improvisadas o bien, no quedar atrapados en los choques escenificados casi a diario, por pequeños grupos violentos que no superan el centenar con las fuerzas del orden público en algunos puntos de la ciudad, repitiéndose la misma dinámica en otros centros urbanos del país.

La ciudad como hábitat ha ido transformándose con la fuerza demoledora del conflicto violento: paredes pintarrajeadas con insultos y consignas lacónicas que leen 350 o libertad, postes de luz arrancados, restos de basura esparcidos por aquí y por allá, árboles derribados, infraestructura y edificaciones públicas destruidas son rasgos visibles del deterioro progresivo del espacio urbano. A su vez, ésta situación persistente trastoca la psiquis del ciudadano, que azuzada por mensajes, videos y fotografías difundidas por twitter, instagam, facebook, portales digitales y otros medios que conforman las redes, saturan megas y agotan rápidamente los planes contratados con la telefónica. Ahora unos a otros se miran con recelo y hasta se evitan comentarios que revelen las creencias y preferencias políticas dependiendo del escenario donde se encuentre. Cuanto de laboratorio y planificación hay en esas campañas dirigidas a accionar en nosotros angustia, temor y rabia o, hasta donde llegan los hilos de esa manipulación, es difícil precisarlo; pero se pueden hacer suposiciones partiendo de numerosos indicios sin caer en fantasías alocadas. En cualquier caso, el propósito buscado es cohesionar el sentimiento de rechazo en el opositor a todo lo que entraña el chavismo y los chavistas como adversarios. Imponer una visión maniquea de la política, estás conmigo o contra mí. A la vez persigue que el desespero y cansancio en otros que no siendo opositores se plieguen y sin más reflexión, concluyan: hay que terminar con el proceso bolivariano. En el otro extremo de la línea, la estrategia busca tentar y provocar a los sectores sociales que conforman el chavismo para que reaccionen pagando con la misma moneda de violencia y con ello justificar la injerencia foránea de gobiernos extranjeros y organismos internacionales.

Al final de cada día agotador transcurrido, un malestar recorre el cuerpo social, desde la punta de la cabeza a los pies. El cálculo del atajo anticonstitucional de la Ofensiva Final desconoce a la mayoría de venezolanos que no quiere vivir el País de las Doce a.m. De quienes rechazan la violencia de esa derecha radical de inspiración fascista que la propicia, pero no se hace responsable, pero lo es, chocando con el sentir de la mayoría, del ochenta por ciento o más de la población que recogen las encuestas opuestos a la violencia y desconociendo que sean libertadores, quienes hacen de ella un ejercicio cotidiano de lucha. El efecto boomerang de las tácticas violentas implica un costo político creciente, de allí que con el curso del tiempo algunas caras de esa dirigencia opositora desaparezcan del primer plano, como quien sale de la escena discretamente mientras la obra continúa.

La mayoría de los venezolanos queremos paz, anhelando volver a la normalidad de lo cotidiano y que las diferencias políticas se zanjen pacíficamente en el marco de la Constitución Bolivariana vigente; la misma que en breve será transformada por el pueblo venezolano en un momento constituyente protegiéndola contra los embates de esa derecha que pretende torcer el rumbo del proyecto constitucional iniciado en 1999 y la vuelta a un orden jurídico institucional ido o cambiarla vaciándola de contenido sustantivo hasta dejarla como mero cascarón que cobije un Estado de Derecho a la usanza liberal. De allí que el propósito del cambio constitucional, transcurridos ya diecisiete años, no sea otro que hacerla más democrática, más popular y fortalecerla al profundizar el Estado de Justicia Social y el vasto tejido de derechos fundamentales que lo sostienen.

frlandaeta@hotmail.com



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