¿Por qué los chavistas debemos criticar, y en especial criticar al gobierno?

Criticar a la derecha que se encuentra fuera del socialismo  (criticar a Ramos Alloup, a la MUD; burlarse de Ismael García etc.) es mear sobre mojado. Dentro del chavismo todos deberíamos conocer lo que ella representa. Por eso, insistir en su “perfidia” casi que resulta sospechoso. Pero además, “criticar” insistentemente a esa derecha “externa” nos identifica con ella, igualmente de ser un ejercicio distractor de nuestros propios errores políticos y de nuestras flaquezas personales, ambos compartidos, sin querer o no, con muchos de esos pícaros. Explico.

Como socialistas, cuando insistimos en denunciar y denunciar al malvado, la acción de acusar y acusar al culpable, de criticar y criticar al enemigo nos hace sospechosos de estar disimulando algo. Porque nuestros enemigos siempre serán enemigos. Está en su naturaleza hacernos daño, calumniarnos, mentir, no vale la pena echárselo en cara a  cada instante, y además así mismo recordárselo a nuestros aliados, que padecen (igual que uno) de sus “maluquezas”.  

Pero no es lo mismo cuando buscamos dentro de nosotros mismos y dentro “los nuestros” las fallas que incomodan a nuestros objetivos fundamentales; estratégicos. Porque la revolución que deseamos (la revolución socialista) es principalmente espiritual y somos sujetos de ella, signados para hacerla posible en el resto de la sociedad.

Por lo tanto, si vemos que un compañero está disimulando, mintiendo o contrariando nuestro discurso socialista hay que decirlo y llamarle la atención sobre ese desatino. Así mismo debemos mantener “control” sobre nuestras propias prácticas políticas y de vida, cuidando no caer en contradicción con nuestro discurso político. Debemos ser honestos respecto a los dos, a las prácticas y al discurso. Hacerlos coincidir desde un acto de honestidad, desde la verdad revolucionaria.

La única crítica válida para el revolucionario es la autocrítica. Porque toda crítica es autocrítica.

Uno puede criticar, bajo esa premisa, a alguien que no comparta con uno nuestras ideas, porque alguien que disienta de uno no es necesariamente nuestro enemigo. Criticarlo es tratar de persuadirlo, es convencerlo. Se critica a quien se ama. Se critica a quien se quiere educar, edificar, moralizar dentro de nuestras creencias.

De la derecha no recibimos críticas. Aquello que parece crítica de parte de la derecha –por ejemplo las “picardías” del periodista Miguel Salazar-  son realmente “ataques políticos”. La derecha no critica, agrede, ataca; pero además, confunde, miente, manipula.  Y es legítimo para los socialistas querer vencerla, actuar y dominarla, o defendernos de ella (son enemigos políticos) reaccionando oportunamente y pelear para conquistarlos en el alma. La derecha, dentro y fuera de nuestras filas, representa la ideología (el mundo y la espiritualidad) que más nos odia, y que más odiamos, fuera y dentro de nosotros: el egoísmo, la indiferencia y la hipocresía burgués capitalista.  

Sin embargo, no es posible que un revolucionario confunda, mienta y manipule como lo hace nuestro enemigo. El enemigo lo sabe. La derecha sabe que su verdadero enemigo está en la consciencia,  lo es porque su espíritu camina en sentido opuesto sus  propios caminos: si ella manipula, el revolucionario persuade, convence; si la derecha miente, el revolucionario habla con la verdad; donde ella disimula, el revolucionario se siente orgulloso y digno, valiente.

En conclusión la crítica es una y está hecha para quien se ama.

Criticar al gobierno resulta duro porque la derecha (y rara vez lo hace) puede apoyarse en ella para perjudicar la acciones del gobierno de Maduro. Este ha sido siempre el argumento más usado para descalificar la crítica al gobierno (por ejemplo, dentro del portal Aporrea, pero también fuera de él).

Pero dejar de hacerla no tiene ningún sentido revolucionario. Criticar es como tratar de corregir una jugada, una lanzada. Criticar querer ajustar lo que está mal desde el corazón de quien critica; de borrar aquí y agregar allá, para que las cosas salgan bien (o mejor) de cómo se están haciendo.

Una crítica es una llamada de atención sobre algo que se observa que funciona mal. Por más herrada que sea, si está hecha de buena voluntad, si no es un insulto, si no es una descalificación personal, una burla vacía y amarga, hay que prestarle atención. No somos (Yo no lo soy) perfectos, no estamos “acabados”. Somos propensos al error, estamos sujetos a equivocarnos. Siempre.

El “control” y la honestidad deberían ser las cualidades más destacadas de nuestros compañeros dirigentes. Así como no es sana la incontinencia, tampoco lo es la soberbia. No es revolucionario ser orgulloso y soberbio, altanero y grosero. Hasta al más abyecto enemigo se merece respeto si lo es. Cuando no consideramos a alguien nuestro enemigo, simplemente lo ignoramos y ya. Pero, al contrario, si realmente es nuestro enemigo hay que describirlo, identificarlo, diferenciarlo de nuestras acciones y nuestras ideas, con respeto, porque son las ideas y las acciones que de ella se derivan a las que hay que temer y combatir, no las personas.

Creemos que entender esto es primordial, porque una combinación de soberbia con persecución a la crítica es nefasta para el “movimiento” revolucionario. Y no es una frase. Perseguir a los que critican y plantarse obstinadamente en le terquedad, sin escuchar y sin aprender de la realidad detiene todo, constipa al organismo (a la organización), obstruye el camino de la revolución.

 

 



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Héctor Baiz

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