Las lluvias en Hanoi son como las rabias de Jantipa

Las lluvias en Hanoi (Vietnam) tienen especificidades que pueden sorprender a cualquier visitante. Cuando menos se espera -porque el cielo está totalmente despejado-, se desprenden unos chaparrones que semejan las rabias de Jantipa -el amor de Sócrates-, quien posee un espacio en la historia universal de la filosofía, no solo por haber sido la compañera del Maestro, el gran filósofo de todos los tiempos, sino, por su carácter inaguantable, irascible y violento, que luego cambiaba para mostrar a una mujer de gran ternura y bondad.

Así son las lluvias, fuera de época, aquí. Se producen en segundos e igual en segundos la tierra se encarga de hacer desaparecer el líquido en las zonas anegadas. Las gotas transportan volúmenes de agua sorprendentes; usted queda totalmente mojado al cruzar una calle, y mientras hace esfuerzos para secarse o comprar un impermeable, afuera aparece un sol radiante y el pavimento se observa como recién lavado; ni rastro del aguacero que recién había presenciado. Esos cambios tan fugaces son los que con sano humor comentamos a los vietnamitas: sus lluvias se parecen a las rabias de Jantipa.

Sin embargo, estas precipitaciones pluviales asiáticas poseen alguna similitud con los chaparrones que caen en ciudades de otros hemisferios. Y el ser humano sobrevive a las sorpresas de la Madre Natura. Los hanoyenses en más de mil años de existencia de esta ciudad capital, fundada por el rey Ly Thai To, han aprendido a leer los mensajes de su naturaleza, y en consecuencia le salen al paso.

Ellos saben que si aparecen en el cielo, hacia determinado punto cardinal nubes oscuras, al Noreste, por ejemplo; entonces, habrá lluvia segura. Pero si las nubosidades se posan al Oeste, no es muy probable que llueva. Así como ocurre en Caracas, Ciudad capital de mi país, Venezuela; que si los caraqueños miran hacia el Este y observan espesas nubes sobre Petare,! Ay!, sin temor a equivocación anuncian que se aproxima un aguacero, palabra con la cual se identifican allá a las intensas lluvias.

En Vietnam cuando las luciérnagas vuelan bajo, anuncian tiempo de agua, pero si vuelan alto, con toda seguridad no lloverá: la lluvia se la lleva el sol, dicen; y si las hormigas van por la pared en largas hileras y transportando sus huevos blancos en la cabeza, se trata del pronóstico de un fuerte invierno y, en consecuencia, hay que tomar previsiones.

Aquí, en Hanoi, hay muchos lagos artificiales que ornamentan la ciudad. Esos lagos, por lo general, se desbordan y anegan las calles adyacentes, pero con el agua también vienen peces diversos, cuyas criaturas las gentes liberan el día 23 de diciembre del calendario lunar chino, con motivo de la conmemoración del Día de los Reyes de la Cocina.

Existe la creencia aquí, que si se liberan peces a los lagos y ríos, en esa fecha, ellos ayudarán al dios de la cocina y al genio de la tierra (Ong Cong y Ong Tao) en su viaje al cielo para informar al Emperador de Jade sobre la forma como se ha comportado cada familia. También les pedirán grandes fortunas y buenos dones para cada familia.

Los peces que vienen en las aguas que inundan la ciudad son de distintos colores y tamaños; no paran de saltar en busca de su hábitat y la gente sale desde sus casas con bolsas para atraparlos y luego transformarlos en crocantes frituras.

Esas imágenes son transmitidas por la televisión y en familia se disfruta el espectáculo. Poco a poco los peces desaparecen e igual el agua hace suyos los cauces y grietas del pavimento en un concierto de sonidos muy particulares de estos fenómenos de la rica y esplendida naturaleza.

II

Resulta curioso que por el solo hecho de haber sido pareja del filósofo más importante de la Antigüedad, y madre de los únicos tres descendientes del sabio, con esos dones solamente, ella ocuparía un lugar en la historia universal; pero Jantipa no se imaginaba tal privilegio y por supuesto esos laureles no tenían ninguna importancia. Por el contrario, para ella lo fundamental era mantener una familia que había formado con un hombre que le llevaba cuarenta años de edad.

Para Sócrates, nacido en Atenas 470 años antes de Cristo lo importante era su proyecto de saberlo todo hasta llegar a no saber nada, de donde devino esa celebre expresión: sólo sé que no sé nada; él se la pasaba en el mercado y sus alrededores abordando a los transeúntes con su preguntas que dieron origen a la mayéutica: dar a luz, en griego; porque para él el conocimiento era alcanzar la luz: método a través del cual el interlocutor interpelado descubre las verdades de sí mismo: saber cosas que uno sabe pero que no sabe que las sabe…

Sus alumnos obnubilados lo admiraban y seguían largas caminatas, pues él daba sus clases mientras caminaba. Esos alumnos eran considerados por Jantipa como una sarta de vagos, haraganes e imbéciles. Se refería nada más y nada menos que a: Platón, Heráclito, Parménides, Anaximandro y Tales de Mileto…

Por supuesto ese desafecto era compartido, tampoco los alumnos de Sócrates se expresaban muy bien de Jantipa y cada vez que podían introducían sus cizañas ante el sabio. No obstante ella se cobijaba bajo su propia sombra, su vida era otra totalmente distinta a la del pensamiento filosófico, y su soberbia y carácter inaguantables dieron lugar, finalmente, a su propia celebridad, la cual está reflejada en libros y en carátulas o portadas de libros que muestran a una airadísima mujer en plena expresión de sus elocuencias femeninas.

Cierta mañana de esas en las cuales el ánimo de Jantipa no estaba para escuchar respuestas de un filósofo sobre el valor de las cosas y su rechazo a cobrar servicios, que dicho por él, no significaban mucho esfuerzo; pero para ella sí por llevar el peso de las necesidades domésticas de la familia.

Sus alumnos que lo esperaban al despuntar el alba para sus peripatéticas lecciones, escucharon desde las afueras de la casa la voz desproporcionada de una mujer:

¿-¡Es que estamos tan sobrados, di, como para rechazar esas diez dracmas?

Luego se sintió el ruido de alguien que corría y el eco de una voz que demandaba calma. Era Sócrates mientras Jantipa lo perseguía pronunciando improperios a toda voz.

Agotado el intento. Ya cuando Sócrates había llegado al zaguán, en su escape; Jantipa se aproximó y le echó encima el contenido de una bacinilla. El olor nauseabundo de las micciones de la noche se esparció y el líquido cayó también sobre los alumnos del Maestro.

En el trayecto a clase hicieron un breve descanso para cobrar fuerza y aliento. En ese ínterin evaluaron los efectos del pestilente olor. El maestro –entonces- dijo a sus alumnos.

  • Sabía muy bien que esos truenos de Jantipa se convertirían en lluvia…

  •  

*Periodista venezolano en funciones diplomáticas en Vietnam


nelsonrodrigueza@yahoo.com



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Nelson Rodríguez A.

Periodista y diplomático. Autor de ensayos, cuentos y poesía.

 nelsonrodrigueza@gmail.com

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