A Tania Valera

Cuando cumplí 20

Los veinte años es como la primera etapa de la conciencia real. Un salto a ser adulto, pero sin experiencia.

Cuando cumplí 20, me di cuenta que hacía diez años había leído mi primer libro: Platero y yo, quizás el libro más hermoso que haya leído de tantos que han pasado por mis manos. Siempre me produjo ternura la humanización de un burro. Y a los 20 descubrí que el texto era más bien un tratado de filosofía política con una gran carga de crítica social. Espero no morir sin volverlo a leer.

Cuando cumplí 20, recordé que a los 11 leí el libro más humano de los que he leído: Don Quijote de la Mancha. Lo encontré en la biblioteca de mi papá. Allí me enamoré de Dulcinea y supe que el Quijote era el hombre que siempre quise ser, tener mi lanza para pelear contra molinos de viento.

Cuando cumplí 20, descubrí que era muy feliz comiendo mango, y que amaba cantar por los verdes caminos del campo, y bañarme desnudo en los ríos. Me encantaba jugar dominó y beber ron, mucho ron, aunque curiosamente nunca me rasqué. Ya no bebo ron.

Cuando cumplí 20, comencé el juego de escribir y no escribir, de decir y no decir. Sartre revoloteaba mi cabeza, Joyce se apoderaba de mí con su Ulises que me amarraba, que me postró por dos semanas en un rincón para tratar de entender lo que no podía entender. James Joyce, quien me volvió loco con un cuento llamado Los Muertos.

Cuando cumplí 20, los gringos habían sido derrotados en Vietnam. Los cadáveres regresaban a Estados Unidos por miles, enlutando a los hogares de ese país. El Poder Joven ya comenzaba a ser una reliquia. El rock se convertía en el himno de los jóvenes. Memorias de Adriano me hacía vibrar por la capacidad narrativa de Yourcenar. El Mundo es ancho y ajeno era la mejor novela latinoamericana que me estaba devorando.

Cuando cumplí 20, ya Cien años de Soledad tenía nueve años, y Mafalda también. Esa niña irreverente y mal hablada que condenó a las mujeres suizas porque ese país creó la sopa en cubitos. Roberto Arlt, era -y es- el más grande escritor argentino, quizás de Latinoamérica. Horacio Quiroga me despertaba curiosidad por su trágica manera de contar las cosas. Bryce Echenique me hacía deslumbrar con la Vida exagerada de Martín Romaña.

Cuando cumplí 20, ya había superado a Lobsamg Rampa, Krisnamurthi me hacía sentir un ser humano y Khalil Gibran que enseñaba que en el amor y el conocimiento estaba el secreto de la felicidad. El Rey sabio me convencía de que era posible encontrar una salvación para la humanidad. Ya había descubierto a los poetas malditos. Ya había escrito un cadáver exquisito. Hacía mucho que Jean Valjean era solo un recuerdo y que Rubén Darío había tocado los pasos de mi pubertad. Las Venas Abiertas de América Latina me enseñaron que la humanidad tenía un enemigo: Estados Unidos; y que nuestro petróleo era nuestro valor y nuestro castigo

Cuando cumplí 20, descubrí que podía guardar chocolates bajo mi almohada, supe que el arco iris existía y que el Pegaso vivía para volar con seres como yo al mundo de las utopías. Aprendí a coleccionar sueños y a ahorrar las manifestaciones de amor que me iban dando por ahí, no los desperdiciaba. En la tierra del nunca jamás, encontré unicornios pastando y dejando crecer la grama bajo sus patas.

Cuando cumplí 20, descubrí el sabor real del helado de guanábana y de los pocos amigos que están ahí, para cuando uno llame. Escribimos grafitis en muros de luces, cantamos sin tono al que quisiera escucharnos, volamos como la brisa y abríamos los brazos para sentirnos propietarios de algo.

Cuando cumplí 20, ella era mi novia, hija de portugueses, tenía ojos verdes como esmeraldas, su sonrisa producía hipnosis, sus pezones eran botones de rosas y sus besos me producían una especie de catatonia que me permitía racionalizar todo, pero sin poder reaccionar. Amaba su sonrisa irreverente y su voz acuariana que al molestarse podía parecer pisciana. Prefería estar a su lado que en cualquier otro lugar del planeta. Me encantaba su olor y el aroma de su pelo al recostarse de mí en largas horas de viaje en cola en camiones y carros a diferentes sitios del país. A ella le encantaba mi voz y que le leyera poemas de Benedetti. Tenía solo 19 años cuando el cáncer la visitó. Enfermedad desgraciada que ni siquiera me dejó tenerla un año completo. A los tres meses del anuncio, cerró sus verdes y grandes ojos, llenos de lágrimas. No quería morir y me dejó herido de muerte. A pesar del tiempo, creo que solo a ella he amado en verdad. ¿Por dónde me hubiera llevado hoy? Muchas veces me pregunto.

Cuando cumplí 20, descubrí que la vida es como un profiterol, no sabes que le pusieron adentro.

Ahora tú hija mía cumples 20. Y claro, tu vida será distinta, encontrarás de todo en los seres humanos, buenos y malos, sabios y mediocres, ambiciosos y desprendidos, hipócritas y honestos. Es una difícil marcha que deberás descubrir tu misma. Yo siempre he amado amar; y he preferido más ser pendejo que ser injusto, me hace más alegre ser humano, me hace feliz no sentir culpas, aprender de todos y crecer por dentro, que siempre será lo importante. Es la razón por la que tengo una cuenta de ahorro, para poder ir por allí, por donde subastan utopías… a veces hasta las ofertan de a dos por el precio de una. Tal vez pronto pueda comprarlas, te regalaré una. Así sabrás que siempre podrás contar conmigo.



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Rafael Rodríguez Olmos

Periodista, analista político, profesor universitario y articulista. Desde hace nueve años mantiene su programa de radio ¿Aquí no es así?, que se transmite en Valencia por Tecnológica 93.7 FM.

 rafaelolmos101@gmail.com      @aureliano2327

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