Sobrela famosa marcha antichavista realizada hace unos días

Ahora quieren tumbar a Chávez desde Miami

El Diario, New York, 22/01/03

El sábado pasado (18 de enero) la calle ocho de Miami se llenó de venezolanos y cubanos que daban gritos contra Chávez y pedían su cabeza. Muchos de los dirigentes de la oposición viajaron a Miami para estar presentes en la marcha. El periódico dijo que unas 60,000 personas participaron en la demostración. Fue un estimado generoso. Es posible que no hayan llegado a 6,000, contando con las gentes que suelen merodear por la zona y que participan espontáneamente en todas las paradas. De todos modos, fue una marcha alegre, porque participaron varias reinas de belleza venezolanas, algunos cantantes, políticos venezolanos pintorescos y hubo discursos encendidos. Las pancartas que alzaban los manifestantes contra Chávez eran feroces.

Miami, evidentemente, es el cuartel general de la lucha contra Chávez. Una gran parte de los ricos de Venezuela y una cantidad considerable de gentes de la clase media, sobre todo la alta, tradicionalmente han estado desde hace años vinculados a Miami, de forma permanente o temporal. Ultimamente, la población venezolana de Miami ha aumentado. Los que manejan la campaña contra Chávez, dentro y fuera del país, han estado usando a Miami como centro de operaciones. Observando la unanimidad que existe en los medios de comunicación de Miami en lo que se refiere al tratamiento del tema venezolano no es difícil entender que la inversión ha sido multimillonaria. Desde hace muchos meses, tal vez años, Chávez está recibiendo maldiciones a granel. Lo interesante es que los locutores cubanos han puesto a un lado a Fidel Castro y se han concentrado en Chávez. A Castro lo mantienen entre bambalinas, como un consejero misterioso del venezolano. El ataque se concentra en Chávez.

Si pudiéramos disponer de un odiómetro para medir la intensidad del odio de los cubanos podríamos descubrir que, en estos momentos, hay más rencor contra el venezolano que contra Castro. Yo diría, cínicamente, que después de pasarse 44 años odiando a Fidel, y ante la perspectiva de que se mantiene en pie a pesar de todo, muchos cubanos han llegado a encariñarse con ese odio insaciable. Probablemente, estos viejos (porque es cosa de viejos) no sabrían cómo vivir sin Castro. Es hasta posible que si el hombre desapareciera llegarían a sentir como una especie de vacío.

Hace pocos días yo oí a dos viejos que estaban discutiendo en una bodega sobre Castro y Chávez. Uno decía que Chávez es el más malo y el otro le rebatía y le insistía en que no, que el cubano es peor. Y, paso a paso, fueron alzando la voz, hasta que llegó la cosa al punto de que el que era partidario de Castro como el peor lo defendía ya como si fuera lo más grande del mundo.

El sábado 18 de enero, desde muy temprano en la mañana, empezaron a llegar al aeropuerto de Miami los aviones cargados de venezolanos que querían participar en la marcha contra Chávez en la calle ocho. Por otra parte, también hubo una gran movilización de aviones particulares. Todos agarraban los autobuses y los taxis para llegar enseguida a la calle ocho. Algunos traían las pancartas enrolladas. Deben haber gastado una cantidad enorme de dinero en pasajes de avión. Al parecer, los venezolanos ricos de Miami no querían participar en el desfile y prefirieron traer aviones cargados de manifestantes. Esto puede dar una idea de las cantidades de dinero que están gastando en la lucha contra Chávez. Lo que sorprende es el hecho de que los que manejan la campaña le den tanta importancia a Miami hasta el punto de fletar aviones para trasladar gentes desde Venezuela a Miami, un tramo bastante largo, con el fin de dar una sensación de fuerza numérica. Es posible pensar que lo hicieron así con el propósito de impresionar a la opinión pública americana y a los mismos funcionarios de Washington. A pesar de todo el dinero que se gastaron para llenar la calle ocho en una marcha gigantesca contra Chávez, soñando con un espectáculo abrumador, lo cierto es que la cosa no salió bien. Hubo una época, hace años, en que los locutores cubanos de Miami podían llenar la calle ocho, desde la 27 avenida hasta la 4, pero eso pertenece al remoto pasado. Ya no pueden ni siquiera convocar marchas de protesta contra Castro. Todo está concentrado en la radio, en una o dos estaciones, que cada día tienen menos oyentes. Unos, porque se han muerto. Otros porque se han aburrido, que es peor. Y, en general, porque no existe un solo personaje anticastrista en Miami que le inspire confianza a nadie. De modo que si los millonarios venezolanos creyeron que podrían organizar una marcha monstruosa en la calle ocho, formada por venezolanos y cubanos, perdieron su tiempo y su dinero. Ya nadie hace caso.

POSTDATA.- Si Oswaldo Payá no logra fama como dirigente político podría ocurrir que lo consiga como viajero incansable. Viajó de Cuba a Madrid. De Madrid a París. Regresó a Madrid. Voló de Madrid a Washington para ofrecerle sus respetos al Secretario de Estado, Colin Powell. Volvió otra vez a Madrid para tocar la puerta de Aznar, su protector. Salió disparado para Roma para ponerse en la fila de los que le iban a besar la mano al Papa. Nuevamente a Madrid. Entonces voló a Miami para reunirse con sus curas y sus amigos. De Miami voló a Ciudad México para ver a Fox. Entonces saltó de México a Praga para ver al checo. Aquí le perdimos la pista. A lo mejor ha ido también a Moscú. Quién sabe.



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El Diario, New York, 15/01/2003 Por: Luis Ortega

Chávez frente a la historia

Nunca se sabe. Es posible que a estas alturas, cuando se publique este artículo, ya hayan asesinado a Hugo Chávez. "Todos a una", como en el verso clásico. O, a lo mejor, no, que el hombre sigue resistiendo en el Palacio de Miraflores. Tal vez le hayan cortado el agua y la electricidad y lo tengan sitiado en su despacho. De todos modos, la saga de Hugo Chávez quedará en la historia como un cuento de hadas que se contarán, unos a otros, los pobres de Venezuela, en voz baja, debajo de los puentes o en los miserables caseríos del cinturón de miseria que rodea a Caracas.

Nunca se sabe lo que puede pasar mañana. No hay antecedentes en la América Latina de una acometida tan brutal como la que han hecho contra Chávez desde que llegó al poder sobre una montaña de votos. Inclusive, llegaron a destituirlo e instalaron a un pobre hombre por unas horas. Y hasta el New York Times publicó un sesudo editorial saludando con entusiasmo el golpe de estado. Otto Reich había triunfado. Pero Washington tuvo que dar marcha atrás y Chávez retornó al poder.

Entonces, ¿qué hacer para sacar a Hugo Chávez de la presidencia? La huelga general lleva ya más de cuarenta días. Los bancos, cerrados. Las escuelas, parte del comercio, las petroleras, todo ha quedado paralizado. Patronos y obreros están contra Chávez. Washington espera ansiosamente la caída. Toda la prensa venezolana, sin excepción, condena al presidente. Nunca se ha visto un periodismo más audaz ni más agresivo. Los viejos aliados de Chávez lo maldicen. Alfredo Peña, un viejo periodista, siempre al servicio de los grupos económicos, siempre empolvado y ceremonioso, no quiere ya que le recuerden los tiempos en que, al inicio de la presidencia de Chávez, solía morder a los que pretendían entrar al despacho de Chávez. Era su secretario. Hoy, como alcalde, es su peor enemigo.

Si se observan las fotografías de las manifestaciones públicas contra Chávez se verá que al frente de ellas avanzan señoras bien vestidas, con collares de perlas, y hombres de cuello y corbata, gentes de buen ver, bien alimentadas, pero que ahora están enfurecidas contra el gobierno. Es hasta posible que sea la primera vez que salen a pie por las sucias calles de Caracas. Al otro extremo, las pobres gentes que dan gritos a favor de Chávez, inspiran lástima. Es el populacho, es la plebe, es la chusma, son los desheredados de la fortuna, los malvados que, por primera vez, se han atrevido a tener algunas ideas políticas. Por primera vez, sin pedirle permiso a nadie, se han instalado en el escenario y reclaman sus derechos. Los periodistas finos, los viejos políticos adinerados, los millonarios, los multimillonarios, los grandes empresarios, los funcionarios adinerados de los gobiernos anteriores, hasta las gentes de las embajadas extranjeras, todo lo que siempre brilló en la Venezuela anterior, todos están indignados. "¡Los que apoyan a Chávez son las gentes miserables de los cerros que ahora se atreven a bajar a la ciudad para protestar!", me decía una venezolana de Miami, con voz temblorosa por la cólera.

Parece que hay algo de verdad en eso. En los comienzos del último y desastroso gobierno de Carlos Andrés Pérez, casi a los pocos días de su toma de posesión, se produjo un fenómeno algo parecido. Las gentes pobres, la de los cerros y la de los barrios más pobres de Caracas, se tiraron a la calle para saquearlo todo. Lo que tenían era hambre. Un hambre acumulada a través de varios gobiernos adecos y copeyanos. Al nuevo presidente Pérez no le tembló el pulso. La orden fue terminante: "¡Plomo contra esa gente!" Y hubo miles de muertos. Nunca se supo cuántos. Carlos Andrés Pérez, que ya se había cubierto de sangre de arriba a abajo durante el gobierno despótico de Betancourt, volvió a bañarse en sangre, pero las turbas hambrientas volvieron a sus cuevas. Pérez y sus amigos pudieron seguir con sus fabulosos negocios.

La historia de Venezuela es triste. Desde 1959, cuando Betancourt, un político con muchas caras, inauguró la era del despotismo democrático, hasta 1999, cuando Chávez triunfó contra todo el aparato político tradicional y profundamente corrupto, la miseria venezolana se fue agudizando a extremos increíbles. "Un 80 por ciento de los venezolanos viven en la miseria", se decía, pero nadie quería creerlo. Políticos, empresarios y militares, con la bendición de Washington, disfrutaban de las enormes riquezas del país. No hay excepciones. Todos los partidos, empezando por AD y Copei estaban integrados por mafias corruptas que lo controlaban todo, hasta los ingresos en los hospitales. Fortunas enormes se hicieron durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. La prensa fue siempre cómplice de los partidos. Era, se decía, la partidocracia.

Con Chávez, en 1999, lo que sale a flote es la Venezuela real. Toda la chusma multimillonaria quiso, al principio, incorporarse al nuevo gobierno, pero pronto se desencantaron. Chávez era algo nuevo. Tal vez imperfecto, pero nuevo y extraño. El hombre ha respetado todas las libertades públicas. Pero ha roto la norma habitual de complicidad con las clases más ricas, acostumbradas a la corrupción. Todo lo que hay en Venezuela, hoy es una conspiración en Miami, Nueva York y Washington, respaldada por intereses americanos, con una inversión multimillonaria en publicidad y en conspiraciones, con el propósito de mantener el caos en Venezuela. Es la primera vez en la historia de la América Latina que un gobernante resiste una presión tan fuerte sin ceder terreno. Chávez ha sido heroico. Nadie puede predecir si triunfará o no. Lo que sí se puede asegurar es que si logran aplastar a Chávez y las hambrientas masas venezolanas tienen que regresar a sus cuevas miserables eso no va a resolver el problema.


(*) periodista de origen cubano radicado en Miami.

http://eldiariony.com/


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Luis Ortega (*) - El diario (Nueva York)


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