Cuentos para sanar

El país de las Maravillas sólo se puede construir en Revolución

"Hermanos, empiecen a hacer algo, porque hasta ahora hemos hecho muy poco" San Francisco de Asís

A continuación les presentó un cuento que hice pensando en lo útil que es expresar lo que uno siente en forma de relato. Imagino estarlo leyendo como si me estuviese escuchando y mirando el rostro. Tal como la costumbre de nuestros originarios a través de la oralidad con sus voces y cantos melodiosos plenos de simbolismos y contando con la imaginación y el corazón para construir y sentir imágenes, sonidos, olores, colores y sabores. Aquí la narración:

Era una vez una pareja cuya relación estaba basada en la confianza y la sinceridad. El se llamaba Abba, era maestro, testimoniaba el bien entre sus estudiantes para que fijaran sus conocimientos en la práctica y le fuera más plausible ser investigadores, emprendedores pero con sentido de identidad y cuidado de sus cosas. Ella se llamada Ruah, que artista y amorosa nutria en palabras y en obras com-pasivas su comunidad, es decir, estimulaba y ayudaba a canalizar la pasión en aquellos que mostraban interés por la música, la danza, el canto, la pintura, la escultura y la poesía. Contaba con un espacio detrás de su casa donde se habilitaba para tal fin. Ellos tenían dos hijos. La hija se llamaba Salomé que le gustaba conocer el mundo, disfrutar la vida y tener amistades y el otro, un varón de nombre Luis, era más bien tranquilo, estudioso y gran conversador. Bajo la guía de sus padres eligieron estudiar carreras distintas y disimiles, ella la arquitectura y posteriormente antropología y el chico, ingeniería y sociología. Fueron excelentes en sus estudios pues lo hicieron a partir de sus talentos y capacidades que creían tener y deseaban desarrollar. Se trataba de optimizar los recursos que la naturaleza les daba y su pertinencia para aplicarlos en la realidad en servicio y utilidad para otros.

Ya adultos y con profesión propia, estos jóvenes acordaron en secreto, comunicar y compartir en vida, el legado de su padre y madre, tanto por las enseñanzas recibidas y que les había proporcionado su desarrollo integral como seres humanos como la que veían que daban y ofrecían con alegría y entusiasmo a otros. Convinieron diversas opciones para llevarlo a cabo, así cada uno aprendía desde otras perspectivas para obtener un mayor conocimiento de sí, de otros y del mundo.

Al tomar rumbos diferentes a sus propios caracteres, ella extrovertida pensó lo conveniente de aprender el valor de lo interno, y el introvertido consideró valido hacer la experiencia hacia lo externo. Salomé quedó en casa junto a sus padres con la intención de escribir para dar a conocer el legado que había recibido y poderlas comunicar en su oportuno momento además de contribuir para mejorar las condiciones físicas de la casa de campo a la que solían ir de vacaciones anuales o para descansar cuando así lo requerían; su hermano Luís introvertido eligió salir al mundo de la vida para compartir con otros lo que sus padres les habían enseñado en palabras y que testimoniaban en su diario vivir, así que diseño un plan para el pueblito donde estaba la casa de campo y elaborar algunos proyectos socio-productivos.

Los padres al enterarse lo que hacían sus hijos (no sabían que lo hacían para dar a conocer lo aprendido de ellos) quisieron apoyarlo con un proyecto educativo-cultural mientras su hermana alentó y preparó un grupo de teatro. Los interesados en participar como protagonistas de los proyectos socio-políticos que tenían como ejercicio y meta anual o como actores para la puestas de teatro que hacían cada mes o en fiestas patronales, respectivamente.

La vida de estos jóvenes trascurrieron como tantas otras, solo que le acompañaba una sal, una pizca, un sabor que daba gusto disfrutar a ambos en una conversa o al hacer algo en común, y una luz que podían reflejar amor, bondad y belleza pero sobre todo optimismo y paciencia para regalar. Ambos gozaban de amistades que les permitía intercambiar puntos de vistas, desarrollar criterios y sobre todo tener un discernimiento acerca de la vida humana, la sociedad y al mundo a la que pertenecían y vivían, además se animaban a recrear sentidos de vida, orientación y dirección necesarios para asumir una vida sana, productiva y plena. Sus vidas eran como un juego a las que conocían su justo valor para disfrutarla respetando las reglas con sus límites y alcances.

Cuando sus padres murieron, Salomé y Luís acordaron vender las propiedades que les dejaron e invertirlas en la Casa del Campo donde se fueron a vivir definitivamente para estar más cerca del pueblito donde venían trabajando sus proyectos. Cada uno tomó pareja y han formado familias que autónomos coexisten en interdependencia. Por hogar cultivan un jardín donde nacen y crecen hermosas flores, hortalizas y verduras para su dieta alimenticia diaria. En equipo cultivan un conuco más grande donde producen frutales y una granja con animales para hacerse de su compañía. Parte de la producción la venden o la comparten con los vecinos en forma de trueque.

La casa de campo, como suelen conocerla todos, se pueden apreciar amaneceres y atardeceres, cuyos horizontes dignos para la contemplación y meditación permiten la recreación, regeneración y resignificación de sus sentidos y conducción de sus vidas. Además cuenta con un esplendido rio y próximo a este se pueden ver dos frondosos, fecundos y altísimos árboles, conocidos como el Morichal y el Araguaney: ellos lo denominan el Árbol de la Vida y el Árbol del conocimiento, respectivamente, tal cual el mito del Paraíso. Estos jóvenes aseguran que el relato de que la humanidad fue sacada del paraíso y abandonada a su libre albedrio es falso sino que simplemente la humanidad olvido su hoja de ruta para retornar, cuando quisieron explorar mas allá de sus posibilidades como producto de su ignorancia e irresponsabilidad para consigo mismo y los suyos. Estos jóvenes creen que cuando la humanidad retorne a las enseñanzas de la Madre Tierra van a volver a ver con alegría que las puertas aún siguen abiertas y que todo sigue allí para vivir plenamente con paz y armonía.

Todas las mañanas al despertar van a meditar en el árbol de la vida, como les enseñó sus padres antes de morir. Ellos dicen a sus amigos que en el Alba es mejor meditar porque sus sentimientos y pensamientos están más dispuestos a escuchar la naturaleza, tanto la de afuera como la propia y además les permite observar -en silencio- el esplendor del Alba que si bien la encuentran frente a sus ojos, la sienten dentro de sí, lo que les permite comprender y pregonar la inmensidad, esplendor, la fuerza y vitalidad del Todo que hay en derredor y en su propios corazones, tal como si se tuviese al frente del Kerepakupai Vená (salto del lugar más profundo), los Tepui (morada de los dioses), la selva Amazónica, (llamada así por el rio Amazonas cuando los conquistadores españoles tratando de saquear se enfrentaron con una tribu donde las mujeres combatían con tanto vigor como los hombres) o el río Orinoco (río que nos reúne). Pero para lograr esto, tiene que vaciarse de sentimientos indeseados o asumirlos simplemente como parte de la realidad para su propia superación y aprendizaje, pues muchas veces las cosas no ocurre como deseamos y alteramos nuestra quietud por malentendidos, falsas percepciones o interpretaciones enfocadas en lo negativo.

Este ejercicio matinal les promete una jornada llena de energía vital amorosa, verdadera y compasiva. En cambio por las tardes, invitan a sus amigos y vecinos más allegados a disfrutar de la sombra del árbol del conocimiento donde debaten y reconstruyen la vida, los sueños, los retos y desafíos de su diario vivir, así como el mundo utópico real, posible y necesario que anhelan para sí y las presentes y futuras generaciones. Ya al anochecer se reúnen las familias para considerar necesidades, revisar los aciertos y felicitarse y errores para superarlo o tomar correctivos de ser posible y recordar lo que está pendiente para siguiente día y por supuesto no falta nunca, el mostrarse afectos especiales que solo son posibles en la intimidad del hogar.

Los fines de semana invitan a las familias vecinas con sus pequeños hijos e hijas para que disfruten de la belleza de la estancia. Otras semanas las dedica a los más jóvenes para ir de excursión al pequeño bosque que queda cerca del pueblo y que les permita fortalecer sus pulmones con el aire fresco o a lo alto de la montaña para sentir el viento fuerte en el rostro y sentirse renovado, para divisar el paisaje que aseguran ayuda a expandir la visión y la amplitud mental. En otros fines de semana sirven de guía para ir al cauce del rio para bañarse y contemplar juntos el fluir del agua dulce, su corriente ligera, limpia, trasparente y escuchar su rumor que permite una relajación magnifica que se llevará todas aquellas emociones tristes, mezquinas, mediocres y vacilantes que podrían experimentar en algún momento y que el rio hace desprender en uno para trasportárselo al fondo del mar.

Es así que trascurre la vida de estas dos familias. Han pasado un largo tiempo, los vecinos han aprendido un modo de vida distinto, profundo, valiente y lleno de significados. Han aprendido a reconocer el valor de la vida humana en todos sus sentidos posibles y que está escondido en la propia naturaleza y que la misma Madre Tierra otorga a sus hijos e hijas.

El pueblo se ha hecho famoso, no por esta familia ni por la casa de campo, que sin duda alguna todos los vecinos pueden visitar y sentirse bienvenidos. Es famoso porque todas las personas del lugar han comenzado a imitar y vivir conforme sus posibilidades la vida de esta hermana y hermano que quisieron que conocieran el legado de su padre y su madre. Han visto que es posible una vida profunda en simbolismos vividos en acciones pequeñas, sencillas y concretas.

Tanto es así que el pueblo parece una misma Familia y de hecho viven así con respeto, consideración, solidaridad, colaboración y unión y se reúnen en la Plaza del Pueblo para compartir el fruto de sus labores en reciprocidad, complementariedad y armonía y que saben que representan lo que son, conocen y producen ya sea en bienes y servicios materiales y espirituales.

Cuando vayas algún pueblito de mi País, tal vez lo verás como cualquier otro, pero si supieras y conocieras auténticamente y sin prejuicios a las personas que la habitan, encontrarás que se trata del pueblo del que le estoy relatando. Esta historia sucede Aquí y Ahora donde te encuentras. Solo basta afinar tu mirada y tu escucha para percibirlo y sentirlo. Es más tu lo vienes haciendo sin darte cuenta. Pero a partir de ahora entiendo lo vas hacer de modo despierto y consciente.

Alguien dijo que nuestro país es tierra de gracia y no se equivocó en su intuición. Pero no se trataba solo del territorio, lo expresó bajo el sentimiento de la verdad en la que vislumbró la fortaleza y solidaridad de quienes habitamos en ella. Por eso mi gratitud a Dios que es Padre y Madre por habernos hecho existir, crecer y vivir en esta tierra como signo de la esperanza para con toda la humanidad.



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Alice Socorro Peña Maldonado

Profesora de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Lic. en Comunicación Social Magister en Comunicación Organizacional. Dra. en Ciencias para el Desarrollo Estratégico.

 alicesocorro2000@yahoo.es

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