Tropezando con la burocracia

Un pesgoste anacrónico que como la milenaria cucaracha ha logrado sobrevivir  a través de los siglos es la burocracia.  Mucho se ha escrito al respecto y en verdad muy pocas veces se ha debatido en profundidad. Así sucede con frecuencia con los males endémicos. Todo el mundo cree tener la solución pero nadie se preocupa en aplicarla. Tenemos que decir que es un  tema que nos atañe a todos y que las respuestas y decisiones adecuadas y oportunas que se pretendan establecer deben ser instrumentadas entre todos.

Es complejo el análisis de los elementos que constituyen este fenómeno  que aparece siempre vinculado al ejercicio del poder, a la dominación de un grupo social sobre otro. Tenemos la percepción que la burocracia se remite estrictamente a la funcionalidad de la Administración Pública cuando  igualmente en el sector privado florece como guayabo en autopista. Es un desafío intentar establecer los linderos precisos o el ADN de la burocracia sin que nos topemos con oficios antiguos y seculares como la diplomacia, la fuerza armada, la  religión, la justicia, la educación, la salud y la producción  de servicios, para sólo mencionar los que creemos más importantes. Constatamos entonces que la burocracia entrecruza la vida cotidiana y que como en los concursos de conocimientos nos resulta difícil atinar la respuesta exacta.

Viene al dedo la anécdota del Petkof de la década del 90 designado por el Dr. Rafael Caldera Rodríguez, en su segundo mandato, ministro del área económica y recibido con bombos y platillos en la mata de la burocracia gringa que es Washington, proclamando a los cuatro vientos  que el acabaría con la burocracia venezolana, es decir, el limpiaría la Administración Pública, que entonces a partir de ese momento sería más eficaz. Funcionaría.  Resulta que al mencionado personaje se le ocurrió la brillante idea de descongestionar los ministerios y acudió presuroso a sus nuevos amigos de Fedecámaras para proponerles que aceptaran  un porcentaje de empleados públicos en sus empresas. La respuesta no se hizo esperar y lo que oyó fue un rotundo no. Ni pensarlo, exclamaron los representantes de la burocracia comerciante e importadora  que parasita la Venezuela desde los tiempos de la Primera República, ya con la que tenemos no sabemos que hacer y encima de eso Ud. quiere que abultemos la nómina y disminuyamos la ganancia. A otro con ese cuento. El flamante ministro del genio y figura de la derecha criolla no tuvo otro alternativa que salir con las tablas en la cabeza y para olvidarse de ese chasco enfiló baterías contra el muchachote, que en mala hora había heredado de su padre el periódico de Puerto Escondido, y nuevamente para rematar  tuvo la brillante idea de ponerle un mote tan feo y de mal gusto, que no provoca ni repetirlo. Para nada, porque años más tarde tuvo que pedirle perdón para que lo aceptara en el combo oposicionista  al régimen. Así son la cosas diría  Oscar Yánez. Fue por lana y salió trasquilado

Prueba que la burocracia es compleja  y la solución a la misma no puede quedar en manos de cualquier loquito

 



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Hector Agüero


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