Venezuela: la crisis y el papel de la izquierda revolucionaria

Durante las últimas semanas se ha intensificado el debate en torno al rumbo de la revolución bolivariana, en particular, respecto a las acciones y decisiones en materia de política económica del gobierno, las cuales han puesto en evidencia contradicciones internas en el seno del movimiento revolucionario.

La coyuntura actual, signada por la combinación de la tensión política producida por la violencia insurreccional impulsada por la derecha y la innegable crisis económica (evidente a través de fenómenos tales como: inflación, escasez, especulación, usura, acaparamiento, contrabando y mercado negro), ha derivado en la instalación de las Mesas de diálogo con los agentes económicos y políticos de la oligarquía criolla y el capital trasnacional.

Las mesas de diálogo, además de incidir –negativamente- en la narrativa del gobierno, ya que ahora se elevan categorías como unidad y reconciliación nacional, empresarios patriotas, entre otros eufemismos que pretenden legitimar medidas económicas que representan un viraje respecto a la orientación radicalmente anticapitalista que se vino forjando en el imaginario del chavismo a partir de 2004 (con base en categorías como: lucha de clases, burguesía), han promovido negociaciones y concesiones con el capital monopólico nacional y trasnacional, así como la complacencia reiterada ante exigencias de intereses privados, que en conjunto han generado malestar en un sector importante, primordialmente en la izquierda revolucionaria.

El escenario descrito ha puesto de relieve el debate en torno a la orientación y el enfoque del proceso revolucionario. Surge nuevamente la dicotomía tradicional de los procesos de cambio social: Reforma o Revolución. Desde las posiciones críticas se exige que el gobierno asuma el golpe de timón (prácticamente eliminado del discurso oficial), como referente del legado de Chávez en cuanto a la visión estratégica para la construcción del socialismo. Mientras que otro sector asume la defensa de las medidas de gobierno, en nombre de la lealtad, la confianza y la esperanza en una salida a la crisis.

El papel de los/as revolucionarios/as ante un contexto tan complejo, debe orientarse, como lo sentenció Lenin: “al análisis concreto de la realidad concreta”, como medio para transformar la misma. Dicho análisis exige rigurosidad y objetividad, una perspectiva clasista, y una visión de totalidad, que permita comprender los vaivenes del antagonismo Revolución Bolivariana-Imperialismo, para reconocer objetivamente dicha realidad y actuar de manera científica y REVOLUCIONARIA en la crisis. Por supuesto ese rol histórico no lo puede hacer una sola persona, ese esfuerzo de análisis debe ser el fruto de un trabajo colectivo. A continuación se expone una reflexión en torno a algunos elementos que consideramos relevantes para el ejercicio de análisis que se requiere.

El carácter global de la lucha de clases y la localización de la crisis en Venezuela

Es evidente que estamos en presencia de la agudización de la lucha de clases desde una escala de gran trascendencia geopolítica. Se trata de un conflicto, en primer lugar, por motivos económicos: por el control del ingreso petrolero, pues Venezuela representa una “solución espacio-temporal” (Harvey, 2007), en el marco de la crisis estructural del capitalismo, porque el mismo necesita de las reservas petroleras, gasíferas y de recursos minerales, así como la biodiversidad y la riqueza hidrológica del país (cuya explotación y usufructo son relativamente reguladas por el marco jurídico construido desde la Constitución de 1999), para ampliar los circuitos de capital.

Además dicho ingreso petrolero otorga una capacidad de consumo extraordinario a treinta millones de habitantes, mediante lo cual, Venezuela se posiciona como un mercado muy atractivo para invertir y lograr ganancias en el corto y mediano plazo, así como para el flujo de mercancías y por ende, para la reproducción ampliada de capital.

El escenario descrito explica la participación de diversos agentes vinculados al capital monopólico trasnacional en la arremetida política-militar contra Venezuela, entre los cuales destacan por su signo explícito: la hostilidad ante organismos multilaterales por parte de Estados nacionales; la conjura de los grandes consorcios mediáticos contra Venezuela; así como la organización, el apoyo técnico-logístico y el financiamiento de un ejército irregular en el propio territorio venezolano (con la finalidad de desatar una guerra civil que permita generar las condiciones para una intervención de la OTAN).

Por tanto, el análisis y las acciones de los/as revolucionarios/as no puede perder de vista cuál es el enemigo histórico, el capital monopólico trasnacional (imperialismo). Estamos ante una arremetida brutal, y el gobierno, con todas las críticas, tan legítimas como necesarias, y los descontentos que podamos tener, trata de sobrevivir en un escenario en el cual la correlación de fuerzas mundial está empujando hacia un nuevo triunfo de la contrarrevolución, el cual sería tan catastrófico para el movimiento revolucionario mundial como la caída de la URSS.

La derecha está clara en su papel ante la historia. Por eso no se va a detener en su intención de destruir la utopía colectiva construida a partir de la revolución bolivariana (por su potencial subversivo). Las concesiones dadas significarán la exigencia de más concesiones, más cuando las mismas se desarrollan en una situación en la cual el gobierno negocia con debilidad. Los agentes del imperialismo están determinados a asesinar (literalmente) a la revolución, por eso desarrolla formas combinadas de lucha hacia un golpe definitivo.

Signo y contexto de las concesiones del gobierno

Como se señaló someramente, las circunstancias han configurado un escenario que ha condicionado las decisiones políticas del gobierno. La presión política y la situación económica –interdependientes- han prácticamente acorralado al presidente Maduro, y le han llevado a realizar un llamado al diálogo nacional con todos los sectores, excepto con la izquierda radical y revolucionaria, los trabajadores clasistas, las bases sociales, y hay que decirlo, el pueblo explotado –la base social- de la oposición que no se encuentra representado en las cúpulas políticas y económicas de la derecha venezolana.

Ante lo cual, la Mesa de Diálogo y sus variantes (la económica por ejemplo), se convierte en una instancia en la que la negociación no puede producir un resultado revolucionario, en virtud de que por una parte se sienta un gobierno débil, sin sentido histórico y político de sus objetivos estratégicos, representado por agentes burocráticos y corporativos del Estado burgués (sin movilización popular de por medio y sin contenido clasista), mientras por la otra parte se sienta una oligarquía arrogante por su capacidad para controlar el precario sistema productivo venezolano y su mercado, con el apoyo político-militar del imperialismo.

La situación concreta es que el gobierno carece de perspectiva estratégica (al menos eso se percibe), se encuentra acorralado y diezmado en forma y contenido, aislado de su sujeto social (el pueblo trabajador), que pretende garantizar condiciones de gobernabilidad para que la utopía de la revolución bolivariana no se nos escape como agua entre las manos (no olvidar que la situación geopolítica no es la mejor: Ecuador retoma relaciones con el Banco Mundial, Cuba toma medidas que favorecen al capital, el propio Lula sugiere una negociación con la derecha).

Es un hecho cierto que el gobierno (como agente fundamental de la revolución bolivariana durante los últimos 15 años), está perdiendo terreno cada día, y las medidas políticas y económicas asumidas más bien contribuyen a profundizar y reproducir la crisis. Pero es necesario tener claridad en cuanto que el gobierno es uno de los agentes del proceso de cambios que se desarrolla en Venezuela (un agente muy importante, pero no el único).

El gobierno se encuentra entre la espada y la pared y carece de perspectiva estratégica, insistimos, al menos eso se percibe, sobre todo por el carácter heterogéneo de los actores fundamentales que están posicionados en la denominada dirección política-militar de la revolución, pero esa condición no es producto del azar, hay una conspiración –muy poderosa- de escala global. El compañero Presidente Maduro no está torciendo el brazo ante la derecha o la burguesía criolla, está cediendo ante el imperialismo.

No estamos de acuerdo con las medidas que favorecen al capital, tampoco con la criminalización de la crítica, no coincidimos con el estilo, ni con el método del gobierno, pero en el marco del conflicto geopolítico a escala mundial que se localiza en Venezuela ¡nuestro enemigo estratégico es el imperialismo y sus agentes! eso no se puede perder de vista. Nuestro rol no es precisamente el de observar inertemente la muerte de la revolución sin luchar.

El papel de la izquierda revolucionaria

En el denominado Golpe de Timón, el Comandante Chávez expone toda una problematización del burocratismo y el reformismo dominantes en el Estado –burgués. Asimismo, marca una hoja de ruta para la transformación revolucionaria de la sociedad, desde una posición radicalmente antagónica al capitalismo y desde el enfoque de la lucha de clases.

Aunque el Golpe de Timón plantea un viraje del proceso revolucionario hacia la izquierda, tiene una gran debilidad, la potencialidad transformadora y la posibilidad de construir un nuevo marco de relaciones (socialistas), están mediadas por la intervención del gobierno.

Es un hecho objetivo que el gobierno ha sido durante los últimos 15 años el principal agente de los cambios desarrollados. Ese elemento constituye una de las contradicciones fundamentales del proceso. Pues el movimiento revolucionario se presenta entonces como un agente pasivo, un gregario del cambio, como un factor subalterno y operativo de las políticas que se diseñan e implementan desde el Estado. Y cuando algún sector revolucionario ha asumido posiciones radicales ante la lógica del capital y ante el marco de relaciones del Estado burgués (independientemente de su solidaridad y su identificación con la narrativa del gobierno), el metabolismo del aparato burocrático y corporativo, así como los instrumentos políticos y jurídicos, han socavado y destruido de manera sistemática a dicho sector (en algunos casos en alianza con los intereses del capital monopólico).

Esa posición pasiva y gregaria debe transformarse. Es absurdo exigir que el Estado burgués se autodestruya, tan absurdo como pedirle a la burguesía que coopere para construir una sociedad sin explotación y sin opresión de clase. La situación concreta nos muestra que el gobierno optó por la búsqueda de un acuerdo de paz y de resolver la crisis en términos políticos y diplomáticos (sea porque no cree que el pueblo está dispuesto a defender la revolución, o porque los factores que coexisten allí no tienen el interés de morir con las botas puestas), por tal motivo ni está en condiciones, ni tiene la voluntad política para materializar el golpe de timón.

Ante ese contexto, las múltiples y muy diversas expresiones organizativas del bloque revolucionario tenemos una responsabilidad histórica desde dentro y desde afuera del gobierno. Debe producirse una movilización sin precedentes ante la inminente derrota del proceso revolucionario y el ascenso del fascismo. El movimiento revolucionario debe luchar con la mayor convicción, porque tiene potencial para asumir la lucha de clases con o sin el músculo del gobierno.

Nuestro rol como revolucionarios/as, debe dirigirse entonces hacia la defensa de las conquistas alcanzadas por el pueblo trabajador durante los últimos 25 años, entre las cuales destacan la democracia y el Estado social de derecho y de justicia, así como una lógica de apropiación y distribución social del ingreso petrolero. Por eso en primer lugar debemos detener el golpe contrarrevolucionario, produciendo teoría para caracterizarlo, comprenderlo y formular propuestas para derrotarlo (todo en colectivo), y de manera simultánea, generar espacios de articulación y acumulación de fuerzas para concretar acciones y estrategias de resistencia.

La base social del chavismo, e incluso, si tenemos el discurso y la acción correcta, algunos sectores no politizados o afiliados electoralmente a la derecha, estarán dispuestos a luchar para defender sus intereses de clase. El hecho de que en los barrios no se haya desatado la guarimba, no es una expresión de que los pobres estén contentos con el gobierno, ni mucho menos que sean disciplinados a las líneas del mismo, más bien es una expresión de la conciencia de clase del pueblo trabajador (tanto del chavismo como del antichavismo), que pudo reconocer que La Salida, representa un atentado contra sus conquistas, que López, Machado y los demás operadores del fascismo disfrazado de consignas libertarias, democráticas y reivindicativas, no actúan para mejorar las condiciones de vida de los pobres, sino para tomar el poder como clase burguesa y para destruir el Estado garante de derechos que benefician a los pobres que construyó el chavismo durante los últimos 15 años.

No podemos quedarnos en la caracterización de la crisis, en los lamentos por el carácter burocrático y contrarrevolucionario de agentes del gobierno, pues dichos aspectos son inherentes al Estado burgués, o en la denuncia de traición al legado de Chávez, dichas posturas son muy valientes pero aisladas e inútiles si no se constituye en la realidad concreta un bloque histórico-político que luche por el socialismo (que rescate lo mejor del imaginario y la praxis radical del chavismo, y que no se reduzca a lo nominal, ni a lo genérico, sino que articule los esfuerzos hacia lo orgánico para conformar un movimiento a escala nacional).

La denominada izquierda revolucionaria, que en la actualidad es la vanguardia intelectual de la revolución bolivariana, tiene el deber, con o sin gobierno, mejor dicho, sin dependencia o subordinación respecto al gobierno, de ir construyendo desde lo pequeño y desde lo concreto una vanguardia organizativa que permita el despliegue del potencial de movilización y de transformación del sujeto social del socialismo bolivariano, el pueblo trabajador, ese que tiene viva la esperanza en un mundo en el que el ser humano no esté subordinado al capital (y está dispuesto a seguir en la lucha), ese pueblo que forjó un nivel de conciencia de clase extraordinario y un imaginario emancipador y libertario del socialismo.



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Jorge Forero

Integrante del Colectivo Pedro Correa / Profesor e Investigador

 boltxevike89@hotmail.com      @jorgeforero89

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