Bolívar y Chávez, redentores del pueblo y de la patria venezolana

El Libertador Simón Bolívar fue un hombre proveniente de familias caraqueñas, de las más pudientes en los tiempos coloniales. Los caudales de su familia eran tan abundantes que su abuelo don Juan Vicente Bolívar y Villegas inició en 1728 los trámites para que se le otorgara a él y a sus descendientes el marquesado de San Luis, una distinción nobiliaria sumamente costosa, que sólo siete familias venezolanas lograron ostentar en esos tiempos. Finalmente, la familia Bolívar desistió de continuar con los pagos y trámites del proceso y el título no se otorgó.

Iniciada la guerra de independencia y convertido Simón Bolívar en uno de los principales jefes militares de las tropas independentistas, se vio obligado ese joven mantuano a compartir penas, riesgos, dolores, necesidades, sufrimientos e incomodidades con las tropas de su ejército, hombres del pueblo llano, antiguos esclavos, libertos, indígenas, mulatos, zambos, mestizos, que por su valentía y constancia ganaron la guerra a los españoles, en Carabobo, donde tuvo lugar la batalla final por la independencia venezolana, en junio de 1821. Un maestro de las letras americanas, José Enrique Rodó, nos dice al respecto: “En los extensos llanos del Apure el Libertador convive y conmilita con aquella soldadesca primitiva y genial, que luego ha de darle soldados que le sigan en la travesía de los Andes y formen la vanguardia con que vencerá en Carabobo. Tenía para gallardearse en ese medio, la condición suprema, cuya posesión es título de propiedad y de dominio: la condición de maestrísimo jinete, de domador de potros, de insaciable bebedor de los vientos sobre el caballo suelto a escape”. (J. E. Rodó: Bolívar. 1983; 250).

Por ese roce diario con ellos, por ese contacto íntimo con la tropa, El Libertador pudo conocer el alma del pueblo venezolano, del pueblo sufriente pero irredento, del pueblo pobre necesitado de comida, que no asistía al aula escolar porque no le estaba permitido; del peón que trabajaba en las profundidades de los hatos llaneros; del negro, esclavo o liberto, sometido a la inmisericorde explotación del amo blanco; del pardo o mestizo, despreciado por la oligarquía blanca mantuana debido al color oscuro de su piel; del indio encomendado al servicio del propietario criollo, explotado hasta límites insufribles. Y por este roce, por este trato, por el diario compartir con los hombres de su ejército, El Libertador superó los prejuicios malsanos que la gente de su condición socioeconómica aprendió respecto al resto de los grupos sociales del mundo colonial. Y fue más lejos El Libertador aun, pues en su evolución hacia su liderazgo militar y jefatura de Estado rompió completo con su originaria casta mantuana, al punto que se desprendió de sus propiedades, riquezas y bienes. Sobre tal espíritu altruista de Bolívar nos dice el historiador Posada Gutiérrez lo siguiente: “Su sueldo, cuando la necesidad lo obligó a cobrarlo, lo empleaba casi todo en socorros a las viudas, en auxilios a los militares y en limosnas a los pobres vergonzantes. Hasta su quinta en las inmediaciones de Bogotá, que cualquier otro hubiera conservado como un retiro en circunstancias posibles, la regaló a un amigo suyo. El último soldado que acudiese a él, recibía, cuando menos, un peso. Espada, caballos, hasta su ropa misma, todo lo daba; así, no sólo era respetado y querido, era idolatrado, pero quedaba en la indigencia”. (Memorias, vol. I; 315). Buscaba él, mediante este proceso de desprendimiento material y espiritual, entender mejor y parecerse más a los hombres que a su lado hacían la guerra por la independencia y compartían su proyecto republicano. Lo que ocurrió con nuestro Libertador fue una revolución en su propia persona, y como producto de ello su personalidad se desplazó completa desde el lado de la clase oligarca, a la que pertenecía primeramente, hacia la clase popular, a la que pasó a pertenecer gracias al aprendizaje que sobre ella adquirió durante la guerra. Fue así como adquirió Bolívar el temple y el alma del pueblo humilde, trabajador, luchador, gracias a lo cual se convirtió entonces en un verdadero revolucionario, que como tal pasó a plantearse metas políticas, económicas y sociales cada vez más radicales y progresistas, como fueron entre otras, la libertad de los esclavos, el reconocimiento de propiedad sobre la tierra a los indígenas latinoamericanos, la educación popular. Pudo entonces, después de tal mutación interior y exterior, realizar efectivamente su batallar por la justicia social y por la independencia nacional. Batalló contra los españoles peninsulares saqueadores de la riqueza venezolana (la tiranía externa), y batalló también contra los españoles criollos, los mantuanos saqueadores del trabajo de los negros esclavos, indios, pardos y mestizos (la tiranía interna). Total, fue esa transformación de Bolívar en un hombre con sensibilidad popular lo que hizo de él un luchador por la justicia social y un libertador anticolonialista. Fue su acercamiento a la dura realidad de la pobreza lo que creó las condiciones para su encumbramiento como Libertador y como hombre comprometido con la justicia social. De él es la siguiente afirmación, que corrobora su pasta de líder justiciero: “La justicia es la reina de las virtudes republicanas y sobre ella descansa la igualdad y la libertad”. Es decir, para Bolívar iba primero, ante todo, la justicia social, que se traduce en dar al pobre trato preferencial para que supere su condición socioeconómica. Y le siguen a estas reivindicaciones la igualdad de los ciudadanos y la libertad nacional.

Distinto es el caso de nuestro muy apreciado presidente Hugo Chávez. La evolución de su personalidad siguió un sendero menos sinuoso que el de Bolívar, pues, desde su nacimiento hasta su muerte perteneció al bando social de precaria condición económica. Cierto, el Arañero de Sabaneta nació en el seno de una familia de escasos recursos económicos, una familia habitante de un pequeño pueblo de los llanos venezolanos, donde sus pobladores, casi todos campesinos, sobrellevaban su vida en medio de la escasez y las limitaciones económicas. Desde los primeros días de su existencia Chávez experimentó la cruda dureza de la pobreza. Y esa experiencia lo marcó para siempre. Ya de presidente reconocía, no sin cierto orgullo, su vida de niño pobre: “Eramos pata en el suelo de los pata en el suelo”. (Ignacio Ramonet. MI primera vida. 2013; 86). Vivía con su abuela Rosa Inés en un ranchito de techo de palma, piso de tierra, paredes de bahareque, en Sabaneta de Barinas. Al lado de ella “conocí la humildad, la pobreza, el dolor, el no tener a veces para la comida; supe de las injusticias de este mundo. Aprendí con ella a trabajar y a cosechar (…) aprendí con ella los principios y los valores del venezolano humilde, de los que nunca tuvieron nada y que constituyen el alma de mi país” (Elizalde, Rosa y Luis Báez. Chávez nuestro. Sf; 370). Sus padres, el maestro Hugo y la maestra Elena, habitaban otra casa cercana, con sus otros hermanos. Para la manutención de todos ellos se contaba apenas con los trescientos bolívares que ganaban con su trabajo, ambos maestros, por allá en la década de los sesenta.

El niño Hugo, debido a la precariedad económica de su familia, se vio obligado a asistir a clases durante sus estudios de nivel primario, calzado con las populares alpargatas o cholas. Por supuesto que el primer día de actividades escolares se puso las alpargatas que usaba todos los días, que de tanto uso estaban muy deterioradas. Al verlo así, su maestra no lo dejó entrar al aula, humillación ésta no olvidada nunca por quien más tarde sería presidente de Venezuela.

En los ratos libres su abuela lo enviaba a vender dulces caseros elaborados por ella, para así mejorar los ingresos familiares y que alcanzaran estos para alimentarse las tres personas que habitaban la humilde vivienda. Por supuesto, los demás amiguitos del niño Hugo eran tan pobres como él. Y así fue como, en medio de un ambiente social compuesto de gente humilde, trabajadora, sencilla y luchadora, se forjó la personalidad del comandante Chávez; él se forjó al lado de Los de Abajo, como definía el ilustre escritor Mexicano, Mariano Azuela, a las clases populares. Y no se desprendió nunca Hugo Chávez de su condición de venezolano pobre, jamás renegó de sus orígenes humildes. Alcanzó la presidencia de la República y siguió siendo el hombre pobre que antaño fue. Y desde este lugar, con todo el poder que otorga el ejercicio de la presidencia de Venezuela, ejecutó una labor gubernamental dirigida a concretar en nuestro país unas circunstancias que garantizaran a los venezolanos el disfrute de la mayor suma de felicidad social. En pos de este propósito orientó casi todo su esfuerzo a erradicar la pobreza en Venezuela, a gobernar para los pobres. Y fue por este camino que Chávez se encontró con El Libertador. Se encontró con otro luchador que como él se hermanó con los pobres de Venezuela. Se encontraron ambos en el mismo propósito: la independencia nacional y la redención del pueblo. En palabras del propio Hugo Chávez: “Uno volaba y soñaba sabiéndose soldado; sabiendo que se encontraba de alguna manera en el glorioso camino de Bolívar, inmerso en el mismo juramento de ser un soldado de la patria, de ser soldado de un pueblo”. (Pérez Arcay; 2013; 102).

Y tenía que ser esto último el resultado del esfuerzo de ambos líderes, pues los dos, partiendo de puntos distintos, siguieron una misma senda, por cuya andadura, de manera obligada, arribaron al mismo derrotero. Lo interesante de esta andadura es que en su transcurso ambos hombres aprendieron a sufrir, a llorar y a reír como lo hace el pueblo. Aprendieron también la visión del mundo compartida por los hombres y mujeres humildes, aprendieron acerca de sus sentimientos humanos, sobre sus modestas aspiraciones, acerca de su disposición a compartir y a sacrificarse por sus iguales y por la patria, Y de allí saldría, de este acercamiento, una propuesta revolucionaria: la Revolución de Independencia del Libertador, y la Revolución Bolivariana Socialista de Hugo Chávez. Dos revoluciones necesarias, oportunas y pertinentes. La primera para acabar con tres siglos de sometimiento colonial español; la segunda para acabar con un siglo de dominación y saqueo imperial yanqui. Dos revoluciones concebidas y activadas desde el único lugar sociopolítico desde el cual es posible realizar un proceso con ese carácter: la pobreza es ese lugar. Pues en verdad son los pobres de la tierra los que pueden hacer una revolución, dado que ellos son los que sufren la injusticia.

El pobre es el explotado, es el hambriento, es el desdichado, es el reprimido, el torturado, el asesinado. Por ello es el más animado a luchar para transformar esa realidad que los hace víctimas. Al respecto decía el sabio maestro brasileño Paulo Freire: “La transformación del mundo tiene que partir de los “condenados de la tierra”, de los oprimidos de los desharrapados del mundo y de los que con ellos realmente se solidaricen. Luchando por la restauración de su humanidad estarán intentando restaurar la verdadera generosidad (…) El ser menos conduce a los oprimidos, tarde o temprano, a luchar contra quien lo minimizó (…) La gran tarea humanista e histórica de los oprimidos consiste en liberarse a sí mismo y liberar a los opresores”. (Pedagogía del oprimido. 1970; 39). No es casualidad entonces que la mayoría de las revoluciones mundiales haya sido conducida por hombres provenientes de las clases populares, por hombres que sufrieron en carne propia los sinsabores de la pobreza o por hombres que conducidos por las circunstancias se vieron obligados a convivir mucho tiempo con gente de estratos populares, que luego de tal experiencia se propusieron acabar con los pesares provocados por esa hiriente realidad. Tales son los casos, entre otros, en América Latina, de Pancho Villa, Emiliano Zapato, Augusto Cesar Sandino, Ernesto Guevara, y en nuestro suelo patrio, de Hugo Chávez Frías y del Libertador Simón Bolívar, los redentores del pueblo venezolano. Ambos intentaron, en el breve tiempo que le tocó vivir a cada uno, compartir su suerte con los pobres de esta tierra, destino que también aspiró otro gigante latinoamericano, José Martí, autor de la muy célebre expresión: “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”. Y la echaron de verdad estos dos libertadores venezolanos. Y por haber cumplido su deseo, ambos se hicieron unos revolucionarios y son reconocidos ahora como tales por el pueblo venezolano y por los pueblos del mundo.


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Sigfrido Lanz Delgado


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