El socialismo no va a venir: hay que traerlo

La sencillez de la afirmación anterior no excluye los grandes desafíos y retos que tienen por delante los revolucionarios. Más de una vez, en su impaciencia, creyeron llegado el momento de cambiar el mundo, por eso son revolucionarios. Pertrechados de ideales, algunas veces su tiempo no les dio la razón, lo cual no es siempre signo de que estuvieran equivocados.

El socialismo que hoy toca edificar tiene que sobrepasar toda la ferocidad capitalista, que al menos en los últimos 150 años, desde el Manifiesto Comunista, se ha ido puliendo y refinando, pero no por ello es menos agresiva y opresora. Las ideas socialistas son altamente “peligrosas” en manos de los revolucionarios, si no habría sido innecesario tanto encono.

A partir de lo anterior se explica que los teóricos burgueses (con cualquier nombre más “actual”) sigan apostando a desbaratar dicho arsenal de ideas, pero también se entiende que los hallazgos científicos de Marx estén a la vista no solo para iniciados.

Siempre fue legítima la lucha por reivindicaciones sociales, que los pueblos arrancaron a los dominadores, pero nunca fue más urgente y acuciante que hoy preservar la existencia de los seres humanos como especie y el planeta como casa común de la vida. Está demostrado que al capital eso le importa un bledo y que hay una crisis generalizada sin precedentes.

Para mucha gente honrada en el mundo está planteada la pregunta de ¿qué hacer?. José Martí, el preclaro cubano del mundo y que nombró a la América Latina, Nuestra América, para diferenciarla y defenderla de la del Norte, llamó a pelear con “las armas del juicio, que vencen a las otras. Trinchera de ideas valen más que trincheras de piedra.”, dijo.

Sí, porque las ideas movilizan y por ello, todo el potencial de las nuevas tecnologías usadas por los ricos trata de desmantelar las ideas de los pobres, necesitan a los analfabetos y a los ignorantes. Pero, también hay que aplacar a los otros. El capitalismo ha triunfado nos siguen diciendo más de una década después de las promesas hechas sobre las ruinas de la URSS y el campo socialista. El marketing social trabaja duro, pero las cosas han cambiado para peor ciertamente.

Hoy es mayor que nunca la concentración del capital. Unas pocas transnacionales controlan gran porcentaje del comercio en el mundo. Aquí no cabe la pequeña empresa que era la salvación que el libre mercado proponía a los ignorantes del capitalismo.

¿Quién puede refutar la diferencia entre países ricos y pobres, y dentro de ellos, la brecha entre unos y otros?. Que nos cuenten de su nivel de vida los exsocialistas y los que sufren del recorte presupuestario para gastos sociales en Estados Unidos.

Por consiguiente, para este siglo el socialismo es a no dudarlo una alternativa cierta. Las ideas de Marx resistieron al ataque frontal o vedado y se decantaron de aquellos que empezaron a temer de llamarse socialistas y abandonaron definitivamente para que la izquierda limpiara la casa. Pero, esto no es suficiente.

Las ideas tienen que servir para evidenciar las inmensas injusticias y desigualdades que acarrea el imperialismo. Tienen que servir, además, para estar alertas y no dejarse confundir, ni pegar etiquetas como las de terroristas a los luchadores antiglobalización neoliberal, todas tendientes a descalificarlos. La ingenuidad de algunos izquierdistas es culposa.

Una somera ojeada a los problemas del mundo llevan a la conclusión de que el capitalismo no es capaz de solucionar los problemas que ha engendrado. De continuar las tendencias actuales, los Estados Unidos como super potencia hegemónica, obligarán a los demás a financiar sus guerras y por ende su gigantesco déficit presupuestario, acrecentarán las políticas contra el medio ambiente para favorecer las ganancias de las trasnacionales y en fin, habrá más caos y violencia en el mundo.

Pero, esa misma mirada nos permite ver que los pueblos al menos saben lo que no quieren. Treinta años de globalización neoliberal (1975-2005) hacen que los europeos no quieran abandonar las conquistas y promesas del estado de bienestar, que sus gobiernos no los dejen a su suerte, como hizo el de Bush con los damnificados del Katrina, que los africanos con lo que pueden traten de empeorar y que nuevos aires democráticos que soplan en América Latina no se pierdan, por ejemplo.

La evidente crisis del sistema no da pretextos para sentarse a esperar que el capitalismo caiga por su peso. El socialismo que hay que construir no está en los manuales, está en la vida. ¿Qué esperan algunos teóricos para darse cuenta de que el mundo mejor posible (socialista) se está conformando en las bases de numerosísimas comunidades, en el trabajo con las mujeres, con niños de la calle, con drogadictos, enfermos de SIDA, comarcas con gobernadores implementando iniciativas para los pobres, médicos entregados a sanar antes que a ganar dinero, pastores que comparten la suerte de los pobres, con los artistas y otros intelectuales comprometidos con la justicia…?

¿No será acaso la solidaridad un camino de elevación humana y hacia el socialismo?

El Presidente venezolano, Hugo Chávez ha llamado a eso “guerrilla social” y esa guerrilla puede magnificarse, tomar las más variadas formas, hacer justicia conforme a leyes por encima de las oligarquías y los burgueses. Temerle a las palabras es abandonar los conceptos y esos, en estos tiempos no debieran faltar a los revolucionarios, los de siempre y los jóvenes que se vienen incorporando con fuerza arrolladora, sabiendo de que es hora que los desposeídos tomen la palabra.

La tozuda realidad está haciendo salir de la selva neoliberal el arsenal del socialismo globalizando que son las esperanzas tantas veces pisoteadas y apuñaleadas por la espalda. Hacia los pobres y su defensa tiene que ser el enfoque y la brújula para saber quien es quien en el poder.

Alguien puede ver otra cosa, es su derecho, pero estará admitiendo que el capital acabará con el mundo. De lo que se trata es de salvarlo. Por eso el socialismo no vendrá solo. Del diálogo más sano y de la práctica más honesta los revolucionarios tienen que traerlo. Se puede creer en ello.




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