La danza cósmica

Somos lo que pensamos. Esto significa que nuestra manera de vivir está asociada a nuestras creencias. Nuestros pensamientos son los grandes modeladores de nuestra existencia. Lo que pensamos de la realidad eso es. Por ello, si creemos en un mundo mecánico regido por leyes universales, viviremos mecánicamente. Si concebimos la realidad como un conjunto de cosas, es decir, fragmentada, actuaremos como seres aislados incapaces de percibir las relaciones profundas que existen en este nuestro mundo. Pero si, por el contrario, aceptamos el enfoque de un mundo abierto, fluido, sistémico, viviremos la vida de forma más creativa, armónica, espiritual, tolerante, relacional.

La metáfora de la Danza Cósmica es una visión de la realidad muy pertinente, puesto que el cosmos en verdad es como una red dinámica de relaciones, en el que sus componentes mantienen entre sí conexiones profundas. Las relaciones, los vínculos es lo que caracteriza esa danza universal. Allí no hay lugar para las cosas aisladas dado que la danza es un eterno fluir. Sin embargo, la civilización occidental nos ha enseñado a ver objetos aislados ahí donde lo que hay son redes, vínculos, conexiones. La educación recibida nos ha conducido a ver el mundo como un rompecabezas, compuesto por innumerables piezas; el hombre mismo se ve como si estuviera constituido por partes, por un lado el cuerpo, por otro lado el espíritu; así las cosas, no puede este mismo hombre pensar seriamente en la humanidad, la naturaleza, la tierra, y el cosmos, como una unidad de vida; no puede concebir a los seres humanos como miembros de una misma sociedad mundial.

La fragmentación es también causa del antropocentrismo, que a su vez ha permitido a los hombres sentirse dueños de lo existente, amos de la totalidad, propietarios de la naturaleza, facultados entonces para disponer de las cosas a su libre arbitrio. Todo lo que está a su alrededor, plantas, animales, aguas, tierras, está ahí para ser utilizado, sin que nadie pueda fijar límites a este derecho de uso. En muchos casos, dado que no hay límite ninguno, muchas especies de animales y vegetales hoy se han extinguido; por la misma razón se han destruido millones de hectáreas de bosques y la desertificación del planeta avanza cada vez más; así como también se contaminan la atmósfera y las aguas. Enfrentados así a la naturaleza, rivalizando siempre con ella, instalamos en nuestra mente la ilusión de que ella no nos hace falta para sobrevivir. Mucho ayuda a solidificar este pernicioso divorcio el actual orden civilizatorio occidental, rodeado de artificialidad, pleno de cosas innecesarias, abarrotado de máquinas y artíficios de los más disímiles. En medio de cuan fantasioso contexto no ponderamos con certeza, a pesar de las voces solitarias que se levantan advirtiéndonos de ello, los riesgos que para la propia sobrevivencia humana se derivan de este supuesto divorcio.

La fragmentación en la que hemos vivido y que nos obliga a ver a los demás pueblos como enemigos nuestros, también ha provocado las innumerables guerras ocurridas a lo largo de la historia humana. Los detonantes de estos conflictos siempre han sido en última instancia suposiciones, creencias, convicciones, instaladas en la conciencia de sectores sociales con capacidad para llevar a pueblos enteros al conflicto con otros pueblos.

Ahora bien, el enfoque fragmentario es como un espejismo, confunde el pensamiento con la realidad, transforma el mapa en el territorio; hace que las personas vivamos en una eterna confusión; en la confusión de una vida plagada de hechos, cosas, objetos, individuos, donde en verdad lo que hay son redes, conexiones, vínculos, lazos, es decir, el entramado de la vida, la Danza Cósmica, un sistema universal que a la manera de un tejido se despliega sin que exista la posibilidad de que nada quede exento de ser atrapado por la gran red. Tal es la visión que estamos defendiendo, una visión apropiada para las necesidades de nuestro tiempo, un tiempo plagado de conflictos, guerras, violencia, que por tal razón reclama de los seres humanos otro punto de vista, un nuevo enfoque paradigmático, otra caja de herramientas para pensar y comprender la realidad, que en vez de rupturas, divorcios, aislamiento, vea relaciones y por tanto produzca entre nosotros más armonía, mayor integración, más solidaridad y tolerancia.

Tal enfoque acerca de la realidad nos debe conducir a asumir una posición más humilde, pues desde esta perspectiva nos daríamos cuenta de lo insignificante que somos, dejaríamos de considerarnos el centro de todas las cosas, y entenderíamos que somos solo una criatura más en un infinito universal, plagado de misterios, interrogantes, dudas, secretos, enigmas e incertidumbre.


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Sigfrido Lanz Delgado


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