¡Nada menos!

Al pensar el término revolución lo primero que aparece a la mente son las condiciones de instantaneidad y de violencia. La historia nos ha enseñado que las revoluciones sociales son así: supuestamente ellas se han caracterizado –hasta ahora- por haber sido violentas y rápidas.
Revolución, igual a acontecimientos transformadores marcados por conflictos violentos que se producen con extremada rapidez.
Hoy, en cambio, nos encontramos de cara a una revolución, la bolivariana, que pretende por un lado llevar a cabo cambios profundos en relativa paz, y que, por el otro, no se fija necesariamente un ritmo acelerado de metas a alcanzar. De ambas razones se deriva su carácter original, novedoso y extraordinario, reconocido así por un sector creciente del análisis político mundial.

Desde luego, estas condiciones nuevas, las de los cambios pacíficos marcados por una evolución interna gradual, dependen del tipo de reacciones que ellas van originando. De la oposición interna y externa dependerá en definitiva si esta originalidad podrá conservarse.
Toda clase de consideraciones teóricas y de experiencias históricas aconsejan abrigar dudas. Pero el pueblo venezolano, en su gran mayoría, parece convencido de que ello, este gran proyecto transformador, puede ser llevado a acabo en esas condiciones programáticas, o que, en todo caso, merece la pena hacer el ensayo.
Dicho esto, conviene mirar con atención a algunos de los obstáculos, fallas o errores con que se está tropezando este profundo proceso de cambio y reorganización social. Si queremos que este proceso tenga éxito, hay que ser extremadamente cuidadosos y críticos con sus vueltas y revueltas. Toda transformación que de repente le otorga protagonismo a los sectores más históricamente excluidos y relegados, que toca intereses relevantes y dominantes y mueve pasiones y emociones encontradas, inevitablemente debe cometer errores. Si, además, como se decía, se trata de un ensayo casi experimental en su originalidad, y si es verdad lo que ha dicho el poeta
que “se hace el camino al andar”, deducción ineludible es la presencia de errores, torceduras, equivocaciones y retrocesos.
Y uno de los peores monstruos que reaparecen, asomando su cabeza con mayor fuerza, (y que más daños producen) es el de la ineficiencia. Ese monstruo ha estado allí todo el tiempo, está claro. ¿Cuándo el estado venezolano se ha destacado por su cumplimiento, previsión y eficiencia? El drama de la ineficiencia es un drama que venimos arrastrando desde la colonia. Está sembrado en las fibras más hondas de la estructura burocrática, formalista, apática e incompetente, especialmente incapaz de acometer con rapidez y eficiencia las tareas que le corresponden.

Es un viejo cuento, adobado con toda clase de anécdotas irónicas y de chistes amargos. Y ese monstruo está allí, presente y amenazador en cada acción del gobierno, a pesar de todo, detrás de cada torpeza, de cada fracaso, de cada disparate, de cada ocasión perdida. Es preciso, hoy más que nunca, preguntarse cual es la causa real de la ineficacia. Porque detrás de ella se esconden serios peligros, de naturaleza y consecuencias políticas de enormes gravedad. La ineficacia está estrechamente ligada, por ejemplo, a un aspecto que estamos descuidando: el desconocimiento, la ignorancia, el no saber de qué se trata, el querer comenzar desde cero cuando existe una rica experiencia, negativa y positiva, a la cual apelar. Y la arrogancia del que no conoce, a veces puede ser más dañina que las trastadas del que se opone.

Equivocarse, por ejemplo, en los planes de vivienda, por ineptitud o incapacidad o simplemente por mediocridad y falta de vuelo, puede ser un golpe bien duro a la revolución. La lealtad al proceso, la honestidad y las buenas intenciones en sentido político y social, no son suficientes para garantizar la eficacia. La situación del momento histórico, ahora que la revolución ha reducido a la oposición a un plano más manejable, plantea tareas en las cuales el margen de equivocaciones debe ser mínimo. Y para ello la escogencia y selección de los hombres que van a ser actores en las acciones de gobierno pasa a ser de una contingencia dramática. De ello se derivan dos principios: habilidad y conocimiento desde arriba para la escogencia, y firmeza desde abajo para exigir y vigilar. Únicamente de la combinación acertada y equilibrada de ambos criterios operacionales, dentro del marco de la democracia participativa, pueden proceder las consecuencias generosas que todos esperamos del proceso revolucionario bolivariano.
Pretender construir un nuevo socialismo saltando por encima de nuestras grandes debilidades estructurales, detectando obstáculos imprevistos cuando es notoria nuestra incapacidad para planificar (¿no nos enorgullecíamos de ser improvisadores natos?), apartando milagrosamente la cultura del egoísmo y del provecho personal absolutos, de la viveza y de la corrupción como métodos comprobados de supervivencia, es simplemente una ilusión.

No lo olvidemos nunca: habrá que amasar este pan con todas las impurezas de la única masa de que disponemos. Puede que sea trágico, por momentos. Puede causar grandes decepciones, aún en quienes parecen más firmes. Sobre todo, puede causar rendiciones, huidas u antagonismos por parte de quienes no son capaces de ver más allá del acontecer cotidiano, de quienes leen los mapas de carretera únicamente con una lupa. Pero se trata de una férrea ley sociológica: para avanzar éste es el único material de que disponemos. Hasta ahora, si vemos las cosas en perspectiva, ha sido un milagro. Desde aquella Venezuela desbaratada, rendida a los valores del tá barato, dame dos, convencida de su subordinación congénita de hondísima raíz pretérita, resignada a la imitación y a la admiración por el éxito material del mundo desarrollado, hemos saltado a esta Venezuela con ganas ¡nada menos¡ de darle lecciones a la historia de la civilización. Nada más con lo que hemos andado, ya podríamos estar asombrados. Pero resulta que se nos plantea la tarea de construir un nuevo socialismo, un socialismo que deseche y depure todas las infamias del “socialismo real” y a la vez recopile sus virtudes y cualidades, y haciendo buen provecho de la buenas y malas experiencias del gran experimento, sea capaz, por añadido, de colocar a la orden del día, en la práctica generosa de un ensayo general, todos los ideales humanísticos que albergaban las teorías utópicas dignas de una grande y nueva humanidad.

Nada menos.
De repente, Venezuela está en la cima de la ola. El mundo nos está viendo. Una y otra vez, con el maestro Rodríguez, o inventamos o perecemos.


Abril.2005



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Juan Pedro Posani

Arquitecto y artista plástico. Director General del Museo Nacional de Arquitectura de Venezuela.


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