La fe y la historia


Ferviente cristiano y carismático, Juan Pablo II fue también el gran restaurador de una iglesia conservadora que buscó contener a sus rebeldes y politizados rebaños de América Latina
Leonardo Boff, IPS

El Pontificado de Juan Pablo II ha sido largo y complejo. Sólo le haremos justicia si lo consideramos dentro de un amplio marco de temas que desde hace mucho tiempo preocupan a la Iglesia.

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¿Cuál es la característica fundamental de este Papado? La restauración y el retorno a la gran disciplina. Juan Pablo II no se caracterizó por la reforma, sino por la

contrarreforma. Representó la tentativa de detener un proceso de modernización que

irrumpió en la Iglesia desde los años 60 y que estaba interesando a todo el

cristianismo.De este modo retrasó el ajuste de cuentas que la Iglesia está haciendo en relación a dos graves problemas que la martirizan desde hace cuatro siglos.

El primero está ligado al surgimiento de otras iglesias como consecuencia de la Reforma Protestante del siglo XVI, que fracturó la unidad de la Iglesia romano-católica y la obligó a tolerar otras iglesias que interpretaba como cismáticas y heréticas.



La segunda gran cuestión deriva de la modernidad de las luces, con el surgimiento de la razón, de la tecnociencia, de las libertades civiles y de la democracia. Esta nueva

cultura colocaba en jaque la revelación de la cual la Iglesia se siente portadora

exclusiva y denunciaba la forma en que la Iglesia se organiza institucionalmente: como

una monarquía absolutista espiritual en contradicción con la democracia y la vigencia

de los derechos humanos.



En relación a las iglesias evangélicas, la estrategia del Vaticano apuntaba a la

reconversión a fin de restaurar la antigua unidad eclesiástica bajo la autoridad del Papa.



Hacia la sociedad moderna la relación era de crítica y condena de su proyecto emancipatorio y secularizador con miras a recrear la unidad cultural bajo la égida de

los valores morales cristianos.



Las dos estrategias fracasaron. Las otras iglesias crecieron y se afirmaron en todos los

continentes. La sociedad moderna, con sus libertades, su ciencia y su técnica se

convirtió en el paradigma para el mundo entero. La Iglesia católica se vió transformada

en un bastión de conservadurismo religioso y de autoritarismo político.



Fue obra del buen sentido y la osadía de un Papa, Juan XXIII, la convocatoria de un

Concilio Ecuménico para enfrentar valientemente aquellas dos cuestiones no resueltas.



Efectivamente, el Concilio Vaticano II (1962-65) asumió como lema, no más el

anatema sino la comprensión, no más la condena sino el diálogo. Respecto a las otras

iglesias inauguró el diálogo ecuménico, que presupone la aceptación de la existencia

de otras iglesias. Respecto al mundo moderno se planteó una reconciliación con las

esferas del trabajo, la ciencia, la técnica, las libertades y la tolerancia religiosa.



Pero aún faltaba el tercer ajuste de cuentas: con los pobres, que son la gran mayoría

de la humanidad. Fue mérito de la Iglesia latinoamericana el recordar que no existe

solo un mundo moderno desarrollado sino también un submundo subdesarrollado, que

suscita una pregunta incómoda: ¿Cómo anunciar a Dios como Padre en un mundo de

miserables? Sólo tiene sentido anunciar a Dios como Padre si somos capaces de sacar

a los pobres de la miseria, si convertimos esta realidad de mala en buena.



Es precisamente lo que hicieron los sectores más dinámicos en Latinoamérica, animados por algunos profetas como Helder Camara.La consigna era la opción por los

pobres y contra la pobreza. El viraje alentó a muchos cristianos a ingresar en los movimientos sociales de liberación y hasta en frentes armados, mientras numerosos

obispos y cardenales asumieron un papel destacado en el combate a las dictaduras

militares y en la defensa de los derechos humanos, entendidos principalmente como

derechos de los pobres.



Juan Pablo II fue elegido Papa cuando estaba en curso ese proceso.Su Pontificado se

situó desde el comienzo en la contracorriente de estas tendencias que eran

dominantes. Seguramente fueron deteminantes en su postura su origen polaco y los

círculos de la Curia Romana, marginalizados pero no derrotados por el Concilio

Vaticano II.En Roma el nuevo Papa se encontró con la burocracia vaticana,

conservadora por naturaleza, que pensaba lo mismo que él. Se estableció así un

bloque histórico poderoso Papa-Curia con la meta de imponer la restauración de la

identidad y la antigua disciplina.



Las condiciones personales de Juan Pablo II lograron realizar de la mejor manera ese

proyecto, gracias a su figura carismática, a su innegable irradiación, a su habilidad de

dramatización mediática.



Para realizar su designio de restauración se dotó de instrumentos adecuados.

Reescribió el derecho canónico para que encuadrara toda la vida de la Iglesia, hizo

publicar el Catecismo Universal de la Iglesia Católica y con ello oficializó el

pensamiento único dentro de la Iglesia. Quitó poder de decisión al Sínodo de Obispos,

sometiéndolo totalmente al poder papal, así como limitó el poder de las conferencias

continentales de obispos, de las conferencias nacionales episcopales, de las

conferencias de religiosos en los niveles nacional e internacional, marginalizó el poder

de participación decisoria de los legos y negó plena ciudadanía eclesial a las mujeres,

relegadas a funciones secundarias, siempre lejos del altar y del púlpito.



Junto con su principal asesor, el cardenal Joseph Ratzinger, el Papa profesaba una

visión agustiniana de la historia, para la cual lo que realmente cuenta es sólo lo que

pasa a través de la mediación de la Iglesia, portadora de salvación sobrenatural.Según

esa visión, lo que pasa por la mediación de los hombres y de la historia no alcanza la

altura divina y es insuficiente ante Dios.



Esta postura lo indujo a una fundamental incomprensión de la teología latinoamericana

de la liberación. Esta afirma que la liberación debe ser obra de los propios pobres. La

Iglesia es sólo una aliada que refuerza y legitima la lucha de los pobres.Para el

cardenal Ratzinger esta liberación es meramente humana y carente de relevancia

sobrenatural.



Es preciso destacar que el Papa tuvo una visión corta y simplista de este tipo de

teología, que interpretó con la lógica de sus detractores y, hoy lo sabemos, a partir de

las informaciones que la CIA le suministraba, particularmente sobre la influencia de los

teólogos de la liberación en Centroamérica. La interpretó como un caballo de Troya del

marxismo que él estaba obligado a denunciar, en razón de la experiencia adquirida

sobre el comunismo en su Polonia natal. Se convenció de que el peligro en

Latinoamérica era el marxismo, cuando el verdadero peligro siempre ha sido el

capitalismo salvaje y colonialista con sus élites antipopulares y retrógradas.



En Juan Pablo II prevalecía la misión religiosa de la Iglesia y no su misión social. Si hubiera dicho «vamos a apoyar a los pobres y a comprometer a la Iglesia con las

reformas en nombre del Evangelio y de la tradición profética», otro hubiera sido el

destino político de América Latina.



Por el contrario, organizó la restauración conservadora en todo el continente: desplazó

a obispos proféticos y designó a obispos distanciados de la vida del pueblo, cerró

instituciones teológicas y sancionó a sus docentes.



Hubo una gran contradicción entre las actitudes del Papa y sus enseñanzas. Hacia

afuera, se presentaba como un paladín del diálogo, de las libertades, la tolerancia, la

paz y el ecumenismo; pidió perdón en varias ocasiones por los errores y condenas

eclesiásticas en el pasado; se reunió con líderes de otras religiones para rezar, unidos,

por la paz mundial. Pero dentro de la Iglesia acalló el derecho de expresión, prohibió el

diálogo y produjo una teología con fuertes tonos fundamentalistas.



El proyecto político-eclesiástico asumido por el Papa no resolvió los problemas que se

había planteado en relación a la Reforma, la modernidad y la pobreza. Mas bien los

agravó, retrasando un verdadero ajuste de cuentas.



Las limitaciones de su estilo de gobierno de la Iglesia no impidieron que Juan Pablo II

alcanzase la santidad personal en un grado eminente. Así fue, en el marco de una

religión «a la antigua» con gran devoción hacia los santos y especialmente a Nuestra

Señora, a las reliquias y a los lugares de peregrinación. Fue hombre de profunda

oración. A veces al orar se transfiguraba y empalidecía, otras veces gemía y vertía

lágrimas. Una vez lo sorprendieron en su capilla particular extendido en el suelo en

forma de cruz, como en éxtasis, a semejanza de los iluminados españoles del siglo

XVI.



¿A quién le corresponde la última palabra? A la historia y a Dios. Nosotros sólo

podremos acceder a la historia, que nos dirá cuál fue su real significado para el

cristianismo y para el mundo en esta fase de cambio de paradigmas y de cambio de

milenio.



Leonardo Boff, teólogo de la liberación, en 1985 fue castigado con un año de

«silencio obsequioso» y depuesto de sus funciones editoriales y académicas en el campo religioso por las autoridades doctrinales del Vaticano


Publicado em www.planetaportoalegre.net: 05/04/2005


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Leonardo Boff


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