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La
expulsión del territorio de la República Bolivariana de Venezuela del
chileno José Miguel Vivanco, director de la institución estadounidense Human
Rights Watch (HRW), junto a otro directivo estadounidense, gatilló una
serie de roces entre los gobiernos de Chile y Venezuela, lo que refleja
que la política exterior de Chile se encuentra profundamente impregnada
por la ideología conservadora y el doble discurso.
La
nacionalidad de José Miguel Vivanco, de ningún modo debiera
transformarse en un conflicto artificial entre los gobiernos de Chile y
de la República Bolivariana de Venezuela. Sus opiniones -las que
motivaron su expulsión de Venezuela- mediante una decisión soberana del
gobierno del presidente Hugo Chávez, le representan a él y su
institución y en nada tienen que ver con Chile y con el pueblo chileno.
Un
solo ejemplo: La argumentación del gobierno chileno, esgrimida por el
canciller subrogante Alberto Van Klaveren, al anunciar el envío de una
nota diplomática al gobierno Bolivariano en rechazo de la expulsión que
afectó al chileno José Miguel Vivanco, es una demostración contundente
del doble estándar dominante en la actuación gubernamental, actitud que
puede ser leída como una demostración del alto sesgo ideológico
conservador dominante en nuestra cancillería y la cada vez más
indisimulada animadversión que exhibe el actual canciller Alejandro
Foxley y un sector importante de altos funcionarios de la Cancillería,
particularmente cuando se trata de declaraciones, iniciativas y
actuaciones del gobierno del presidente Hugo Chávez Frías en relación a
nuestro país y a la región. La posición política del ministro Foxley y
de algunos dirigentes de la Concertación, no hace sino que
estimular la escalada de agresivas declaraciones en contra de Hugo
Chávez y de su gobierno (las que de paso condicionan a UNASUR
presionando a la misma presidenta Bachelet) por parte de dirigentes de
la derecha política y económica, así como de connotados analistas y
periodistas del pensamiento único que opinan sin contrapeso en mayoría
de los medios de comunicación.
La
decisión tomada de expulsar a Vivanco se efectuó invocando las leyes y
la Constitución vigente de la República Bolivariana de Venezuela.
Más
allá de las diferentes realidades de cada país y de la opinión que se
tenga sobre la pertinencia u oportunidad de las medidas tomadas,
aquella decisión se tomó siguiendo el mismo razonamiento que invocó
hace tan solo 3 meses atrás el gobierno de Chile para
expulsar de su territorio a los ciudadanos italianos Giuseppe Gabriele
y Dario Ioseffi, quienes fueron acusados de injerencia indebida al ser
aprendidos luego de entrevistar y filmar al lonko (mensajero) de la
comunidad mapuche de Chupilko, que desde hace 17 años denuncia la
usurpación de sus tierras por parte de la empresa Forestal Mininco.
Los
italianos fueron detenidos en el sur de Chile y por decisión del
Ministerio del Interior fueron finalmente conducidos al aeropuerto
internacional y expulsados del país. Acusados por infracción a la Ley
de extranjería debido a que ingresaron como turistas al país, se les
responsabilizó de infringir la Ley de extranjería al participar en
actividades de política interna.
Los jóvenes italianos no elaboraron documento
escrito alguno- (como si lo hicieron en Caracas los directivos de HRW
con un amplio despliegue)- mediante el cual hubiesen criticado la
institucionalidad vigente, la falta de reconocimiento constitucional de
nuestros pueblos originarios, la conducción del gobierno de la
presidenta MIchelle Bachelet, o denunciado las dificultades sociales,
económicas, territoriales y culturales que afectan hoy al pueblo
mapuche. Tampoco efectuaron una conferencia de prensa y sin embargo
fueron expulsados de Chile sin contemplaciones. Aquello, (a la inversa
de lo ocurrido con las declaraciones de personeros del gobierno chileno
sobre la expulsión de José Miguel Vivanco de territorio venezolano),
tampoco generó una protesta oficial ante Chile por parte del gobierno
italiano, por el hecho que ambos fuesen ciudadanos de ese país.
Una situación similar se vivió en abril del 2008 cuando el Gobierno chileno expulsó del país al ciudadano francés Thomas Bourgeois y a los ciudadanos españoles Jesús Fuentes, Félix Torrealba y Jesús Duero, integrantes del grupo rock 'Puente Romano' junto a
dos jóvenes españolas, cuyas identidades no fueron reveladas, las que
fueron detenidas cuando acudieron a las dependencias policiales a
visitar a sus compañeros. Los jóvenes fueron expulsados por el Ministerio del Interior invocando la violación a nuestra Ley de Extranjería actual,
que prohíbe participar en actos políticos a ciudadanos extranjeros. Los
europeos participaron en un acto cultural en la Villa Francia en
Santiago en homenaje a los hermanos Vergara Toledo asesinados por
agentes de la dictadura de Augusto Pinochet en 1985. En este caso la
sola participación de estos jóvenes en un acto considerado por el
gobierno como acto político fue suficiente para expulsarlos.
En
ambos casos no hubo la presentación de un documento, ni críticas
públicas formuladas por los expulsados (como las efectuadas en caracas
por los directivos de HRW) y sin embargo, en el caso de Vivanco
motivaron el envío de una nota de protesta diplomática por parte de
Chile al gobierno de la República Bolivariana de Venezuela,
involucrándonos así de manera artificial y desde una clara impronta ideológica conservadora en un lamentable incidente bilateral.
No
se puede tener un doble discurso y una doble práctica- como las que
tiene la Cancillería chilena- sin que quede al descubierto sus
contradicciones y debilidades. No se puede observar 'la paja en el ojo
ajeno' y no ver la propia, sin que queden al descubierto las
incoherencias y en último término, una concepción de política
internacional que trasunta una clara política conservadora. Se
protesta ante Venezuela en este caso invocando nuestra historia
reciente y nuestra sensibilidad en los temas de DDHH ,pero se guarda
absoluto silencio ante países que violan sistemáticamente los DDHH y
encabezan injerencias indebidas en amplias regiones del planeta como
los Estados Unidos de América.
La
política exterior de Chile no puede construirse sobre una concepción
ideológica sesgada y conservadora. Nuestra política exterior debe
contribuir a la integración sudamericana y latinoamericana sin aislar a
ningún país ni a sus gobernantes, con respeto a la autodeterminación y
la soberanía de cada país. Debemos trabajar por un mundo multipolar,
para que la globalización sea incluyente y regulada, impulsando la
transformación profunda de los Organismos Multilaterales y de Naciones
Unidas, para impulsar un comercio mundial más justo para los países en
desarrollo. Debemos retomar un enfoque fundamental que se encuentra en
el centro de la política internacional desarrollada por el Presidente
Salvador Allende, y que hoy, frente a los cambios progresistas que se
desarrollan en la América Latina y el Caribe del Siglo XXI, adquiere
plena vigencia: El rechazo a las fronteras ideológicas en las
relaciones internacionales, el respaldo activo al derecho de
autodeterminación de los pueblos y el respeto a la soberanía de los
países y sus instituciones de acuerdo a sus propios procesos
democráticos, así como la no injerencia de poderes imperiales y
fácticos en los asuntos internos de los Estados. Debemos impedir que se
impongan las posturas conservadoras que pretenden repartir certificados
de buena conducta.Para Chile en su relación vecinal y regional esto es
muy importante
En
América Latina y entre nuestros países no se debe reproducir una guerra
fría o un intento artificial de dividirnos 'entre populistas versus
demócratas' o entre 'centro o social liberales versus izquierdas
estatistas' enfoque que le interesa introducir en nuestro continente al
imperio y a las fuerzas conservadoras y de derecha en nuestro país.
Refiriéndose al tema, la Presidenta Michelle Bachelet señaló en el 2006: 'acá
no hay un eje del mal de ciertos gobiernos y un eje de los que pudieran
ser democráticos. Acá las amenazas no son las personas, que por lo
demás están siendo elegidas por sus ciudadanos'. Agregando que su
política exterior, 'tendrá como centro de gravedad y sello la promoción
de una identidad regional común en América Latina'. Espero que se
retome ese enfoque y se detenga la equivocada política a la que nos ha
conducido el canciller Foxley respecto de nuestra relación bilateral
con la República Bolivariana de Venezuela. En este tema haría bien el
Canciller en asumir y 'aceptar el principio de la diversidad' y examinar lo negativo que es el doble discurso en política internacional.
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Esteban Silva Cuadra, Analista internacional. Consejero de la Escuela
Latinoamericana de Postgrado (ELAP) de la universidad ARCIS. Miembro
del Comité Central del Partido Socialista de Chile.
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