Bolívar y el Perú: entre el amor y el odio

Dedicado a la memoria de mi amigo, el Maestro Vinicio Romero,
ferviente Bolivariano, paladín de la verdad y forjador de la Patria Grande…
Vinicio no has muerto, eres semilla de esta tierra de  Libertadores.
  
En días pasados algunos medios noticiosos dieron a conocer la noticia de la presentación de un nuevo libro del peruano Herbert Morote, un economista venido a escritor, con un titulo sorprendente y polémico. Morote quien recibió una cobertura mediática  poco usual para un escritor con una pluma tan grotesca y ofensiva,  tituló su libro: “Bolívar Libertador y Enemigo Número Uno del Perú”. El Autor afirma haber estudiado “detenidamente” la correspondencia del Libertador y concluyó que el Libertador “le hizo mucho daño al Perú, sometiéndolo al sacrificio, a la expoliación de sus riquezas, y a una férrea dictadura personalista que  cercenó los territorios originarios  del Perú”. Según su juicio Bolívar es el responsable de la mayor parte de los males que aquejaron y aquejan al Perú.

Es asombroso leer como una cantidad de infundios, falacias y argumentos carentes de lógica y de respaldo histórico son tomados en serio y recibidos como una aproximación histórica, cuando en realidad es un relato falseado, apoyado en una tradición historicista de algunos sectores de la intelectualidad peruana, herederos de un odio encarnizado a la figura de Bolívar. Bien conocido es que la estancia de Simón Bolívar en territorio peruano nunca fue bien recibida por las elites políticas recién conformadas al calor de la lucha independentistas bajo el liderazgo de San Martín, ni menos aún  por la antigua élite realista criolla. Los independentista veían en Bolívar a un dictador, una especie de usurpador bonapartista que solo quería  establecer un gobierno absoluto basado en su persona, mientras que para los realistas era  asociado con su condición de extranjero que amenazaba los privilegios de clase de la sociedad peruana colonial. El mismo Bolívar durante sus días más difíciles en el Perú en medio de traiciones y desconfianzas por parte de los líderes independentistas peruanos llegó a expresar en una carta: “siempre seré extranjero y siempre excitaré celos o la desconfianza de estos señores… He llegado a arrepentirme de haber venido”.  Esta frase demuestra claramente la frustración de Bolívar ante el caos y la animadversión que en determinado momento llegó a sentir hacia su persona  en el Perú, tanto a su llegada como durante la campaña militar contra los españoles.
Bolívar llegó a Perú en septiembre de 1823 por una petición expresa del Congreso peruano. Ya para ese entonces el futuro Mariscal de Ayacucho fungía de representante del gobierno colombiano en tierras peruanas  y conducía un contingente de combatientes colombianos que apoyaban la causa independentista. Bolívar al igual que San Martin entendía que no era viable la independencia de las colonias españolas hasta no derrotar en el último rincón del suelo americano al Imperio ibérico, de allí la permanente disposición de Bolívar de apoyar tanto a los peruanos como a cualquier otro pueblo que luchase contra el dominio español, tal como ha quedado en testimonios en  varias  cartas  en las cuales se proyectaba una expedición libertadora latinoamericana para liberar a  Puerto Rico y Cuba.

 A la llegada del Libertador al Perú, reinaba un estado de anarquía casi total, la renuncia y partida del Protector del Perú, el General argentino José de San Martín, había dado paso a una lucha fraticida entre el Congreso peruano liderado por el Marqués de Torre Tagle y el Presidente Riva Agüero, que se enfrentaban  en una frenética lucha por los retazos que quedaban de la naciente República del Perú. Al mismo tiempo el General español Canterac había logrado revitalizar las filas realistas, logrando avances militares importantes. Ante este panorama, la figura de Bolívar fue en un principio  recibida por todas las facciones independentistas del Perú, como un factor aglutinante y como un soporte necesario para el éxito, el Congreso peruano casi por aclamación proclamó al Libertador como Dictador del Perú.

Morote describe a su antojo al Libertador, como un hombre ambicioso que llegó a despreciar y aborrecer al Perú, nada más falso que esta malintencionada afirmación, y para dejar claro este punto citaré al mismo Bolívar cuando se deshizo en elogios para con las tierras herederas de las glorias incaicas: “Lima es una ciudad grande y que fue rica; parece muy patriota… yo cada día más contento en Lima porque hasta ahora voy bien con todo el mundo … la mesa es excelente, el teatro regular muy adornado de lindos ojos…coches, caballos, paseos, toros, Te Deum, nada falta…” (Simón Bolívar, Gerard Masur, Pág. 427).

Bolívar entregó lo mejor de sí a favor de la causa del Perú, respetó su gentilicio y ofreció lo mejor de su genio como estadista y legislador en la construcción de la naciente República del Perú, llegando incluso a pagar el precio de la distancia y el tiempo de ausencia en su propia Patria, que le constaría ver, antes morir,  el derrumbe de la Gran Colombia. Tal como lo afirma Jorge Mier Hoffman (ver en http://www.aporrea.org/actualidad/a21547.htm) “de todas las Campañas Libertadoras, Perú será para Bolívar la región a la que dedicó más años y esfuerzos por recobrar la dignidad de los pueblos de América… En la región peruana Bolívar celebrará las más encarnizadas batallas para acabar con los españoles… Allí en tierras Incas dictó sus más célebres decretos para modernizar la economía, masificar la educación, lograr la revolución agraria y la libertad a los nativos esclavos. Militarmente, Bolívar fue impecable en el Perú, pero igualmente en lo político fue implacable con las dilaciones, traiciones y dobleces que habían azotado y hecho fracasar la causa de la Libertad en el Perú. Morote acusa irresponsablemente a Bolívar de deportar congresistas, encarcelar oficiales, y de  ordenar fusilamientos, contra todo aquel que se opusiera a sus designios antidemocráticos en el Perú, cuando en realidad muchas de las decisiones (incluso las más severas y cuestionables) fueron adoptadas por el Libertador ante una necesidad de vida o muerte de mantener el orden y la disciplina como un dique ante las facciones divisionistas y como garantía  de unidad ante el enemigo común.

Otro aspecto explotado por el verbo exaltado de Morote es el mito según el cual, Bolívar habría propiciado una supuesta desintegración del Perú con la creación de la República de Bolivia y la incorporación de la provincia de Guayaquil a la Gran Colombia, que según su juicio eran por derecho parte del Perú. Este autor no se ruboriza al criticar el noble gesto del Libertador de consultar a cada pueblo el destino que estos quisieran darse, justificando así los afanes expansionistas de la ya decadente oligarquía de Lima y minimizando las aspiraciones de las provincias que por tradición, cultura e historia, aspiraban a ser tomadas en cuenta en la configuración del nuevo mapa político de la América post colonial.

Es importante rescatar el detalle histórico que el mismo Bolívar llegó a enfrentarse con el Mariscal  Sucre sobre la posibilidad  de la creación de una nueva República en las provincias del Alto Perú, las cuales eran reclamadas tanto por el Perú como por las Provincias Unidas de Río de la Plata. A este limbo en el cual se encontraba este estratégico espacio geográfico,  se sumaba el hecho que el General Andrés de Santa Cruz y otros patriotas nativos de la zona, reclamaban a Bolívar la necesidad de crear una nueva República para el Alto Perú.  Bolívar al igual que en el caso del Guayaquil no dudó en consultar al pueblo y convocó a todos los sectores y grupos políticos, tanto en Guayaquil como en el Alto Perú, los cuales estimaron que la autoridad de Lima era  inviable y poco apegada a las aspiraciones, necesidades y luchas de estas comunidades, que asumieron  su independencia no como un acto de secesión sino como un derecho soberano. En el caso de Guayaquil se decidió la incorporación de la Provincia a un proyecto republicano sólido como ya lo era la República de Gran Colombia, abandonando así la pretensión de convertirse en una pequeña Ciudad-Estado y al mismo tiempo evitaban los guayaquileños quedar a expensas de las luchas internas de la dirigencia limeña. En lo que respecta a Bolivia, quedó en los anaqueles de la historia, que una vez consolidada la fundación de Bolivia los venezolanos, incluyendo al mismo Bolívar, se apartaron y dejaron libre el camino para que  la dirigencia patriota boliviana tomara su propio rumbo. Morote obvia deliberadamente el detalle que aún en vida de Bolívar, el gobierno del Perú en la figura del General Agustín Gamarra  invadió a Bolivia en 1828 y en 1829  el General peruano José de la Mar invadió el Sur de la Gran Colombia. En ambos casos  las tropas peruanas fueron rechazadas, combatidas y recibidas como ejércitos invasores.

Herbert Morote afirma que su intención es desmitificar a Bolívar, pero no puede desmitificar a Bolívar con un Bolívar que sencillamente jamás existió y menos aún juzgarlo bajo la lente de las turbias pasiones de la oligarquía de la Lima de 1825, que motivaron un enconado odio y la mezquina conducta de no reconocerle merito alguno a  quien consagró todo su experiencia militar y política a la independencia del Perú. Este escritor peruano, movido por oscuras intenciones levanta una serie de relatos históricos descontextualizados que son sencillamente insostenibles, y que bien pueden ser rebatidos y puestos en evidencia ante los estudios y biografías más reconocidas sobre el Libertador, tales como la del eminente historiador colombiano Indalecio Liévano Aguirre, el venezolano Augusto Mijares y el agudo investigador alemán Gerhard Masur, tan solo por citar algunos. Bolívar fue un hombre de talla excepcional y eso fue reconocido incluso hasta por sus más acérrimos enemigos, fue tal como lo describe el General Jacinto Pérez Arcay: “Hombre virtuoso, las bajas pasiones no anidaron nunca en él… jamás reparó en miserias. Trabajó sin descanso por la libertad de América sin esperar recompensa…fue un hombre probo en el manejo del mando y, por ello, las flechas de la intriga, propias de la incivilización y de las bajas pasiones emanadas de la pedagogía ambiental de la guerra y de la paz forzada, no pudieron herirle, pues él pertenecía a otro tipo de hombres, a un mundo distinto al de quienes las lanzaban” (El Fuego Sagrado, Jacinto Pérez Arcay, pag. 303).

Tal como se aprecia a la luz de los hechos históricos, el “estudio” de Morote sobre la correspondencia del Libertador parece no haber sido tan exhaustivo y detallado como él afirma. Lo que si queda claro en todo este asunto es que los escritos de Morote, dejan al desnudo una  campaña ofensiva contra la figura de Bolívar, su legado  y su ya maltrecho juicio histórico en el Perú. Se pretenden desfigurar la relevancia y el rol histórico de Bolívar en el Perú, buscando también proyectar sombras sobre el presente y alertar sobre el “resurgimiento del pensamiento bolivariano” en América Latina, el cual  no es bien recibido por quienes como en el pasado lo adversaron. No es la primera vez que se intenta deformar la figura y el pensamiento del Libertador Simón Bolívar, restándole importancia y menospreciando su espíritu libertario, social y antiimperialista, colocando a Bolívar como la antítesis del pensamiento que hoy impulsa el Presidente Hugo Chávez.

La polémica histórica  alrededor de Bolívar en Perú, llegó a un extremo inverosímil. Tras la liberación definitiva del Perú, “el Congreso peruano le otorga el inmortal título honorífico de “Padre de la Patria” y le obsequia una espada como tributo. Apenas regresó Bolívar a Bogotá, cundieron en Lima los gritos de “Muera Bolívar” y ese mismo Congreso que lo honró, lo declaró enemigo del Perú, ordenando a usanza de los tiempos bíblicos, que su nombre fuese borrado de la conciencia del pueblo, de las futuras generaciones y de todos los monumentos públicos. Es esto una especie de maleficio que aún se respira en el Perú, al negarle a Simón Bolívar el reconocimiento como Libertador y Padre de la Patria y tratarle como simple mandadero.(ver en http://www.aporrea.org/actualidad/a21547.htm).

Es asombroso ver como los argumentos de Morote son perfectamente equiparables a los insultos lanzados por  enemigos de Bolívar en la Lima de 1825. Pablo Neruda predijo que cada cien años Bolívar se levanta con el despertar de los pueblos, sin embargo parece que también sus enemigos históricos saltan desde sus fétidas y oscuras criptas, dispuestos a continuar su cruzada contra el ideario integracionista bolivariano. Morote,  al igual que en su tiempo lo hicieron Riva Agüero, José de la Mar y otros miembros de la elite limeña, sale en defensa de los intereses de una clase social aferrada al estado de cosas reinantes que condenan a las grandes masas populares de nuestra América Latina a la miseria y desesperanza.

Hoy más que nunca, los bolivarianos de todas las latitudes  tenemos la obligación ética de rescatar a Bolívar de las brumas de la ignorancia y la manipulación, pues su legado es alma de este proceso de trasformación  que vive hoy nuestra América. Es necesario presentar a Bolívar al Perú y a la América toda,  tal como fue, con sus virtudes y defectos, pero sin renunciar a su innegable legado de libertad, integración y progreso social de nuestros pueblos.  Hoy como ayer lo hizo Bolívar en Pativilca, debemos levantarnos del oprobio, de la calumnia y la mentira, y ante la pregunta aguda de quien se nos opone y nos cree vencidos de ¿Qué piensa hacer Usted ahora? Debemos pues levantarnos y  rugir como el Libertador: “Triunfar”.

Robinson Zapata
zapatarobinsonyahoo.com

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