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Mi abuelo decía que el miedo es peor que la borrachera. Yo diría peor que la estupidez.
El miedo nacional tiene su origen en esa creencia errónea que Bolivia es un país históricamente inviable y que jamás podrá vivir sin las “sabias” directrices de su vecino del norte, “hermano mayor” que siempre le dijo lo que tenía que hacer, pero sobre todo, lo que no se tenía que hacer.
Es el miedo a perder privilegios y prebendas acumulados a lo largo de toda una vida, lo que lleva a algunos comprar conciencias y plumas para hacer decir a las personas cosas que no dicen e interpretarlo desde su propio punto de vista, acomodado a lo que conviene a sus intereses, ya que cualquier palabra fuera del libreto es peligrosa y hay que impedirla a como de lugar.
Por estas razones Julio Montes, Embajador de Venezuela en nuestro país, es para ellos como una suerte de terrorista incrustado en el seno mismo del gobierno, cuyo objetivo inmediato sería instigar abiertamente la instalación de la lucha armada en Bolivia, por lo que hay satanizar su discurso montando todo un aparato mediático, en lugar de reflejar honestamente lo que Montes dijo en verdad, pero sobre todo, porque lo dijo.
Nadie, ha querido decir que lo que el discurso del diplomático quiso explicar, era la magnitud del compromiso de la Revolución bolivariana y del Comandante Chávez con el proceso político único que vive Bolivia, que, en las palabras del Embajador, serían capaces, inclusive, de entregar su vida para salvarlo.
Lo que Julio Montes dijo, es una demostración de solidaridad, de amistad y de compromiso por el país amigo, que es muy difícil encontrar en tal grado y magnitud. En este sentido, lejos de ser una invitación a las armas, una afrenta, intromisión o “injerencia” como se han encargado los medios y la derecha de proclamar lastimeramente, esas palabras estaban llenas de amor, de compromiso y de entrega, hacia un país que se constituye, hoy por hoy, en una pieza clave de esa revolución que los venezolanos entienden perfectamente, debe ser continental. Los bolivarianos tienen muy claro la máxima que pronunciara en algún discurso el Che que dice que uno solo de nosotros solo, no vale nada. Y esa máxima vale tanto para personas, como para los países y la forma como sus gobiernos se organizan para luchar por su soberanía. La Patria Grande jamás será posible si no nos unimos, si no somos solidarios, amistosos y comprometidos los unos con los otros, pero genuinamente, más allá de las hipocresías de la diplomacia formal.
Ese discurso de Montes no tenía otra intención que decirles a los bolivianos que la presencia es militante; que ellos serán capaces de mantenerse a flote cuando nada ni nadie mas lo haga; que están dispuestos a entregar lo más preciado que tiene un ser humano, la vida, por salvar un proceso político que ha costado quinientos años de lucha, muertos, y sangre, pero sobre todo, que se constituye en el faro que alumbra a los demás países del sur y a sus pueblos históricamente oprimidos; que ha devuelto la dignidad y la esperanza a millones de excluidos, de ninguneados, de vapuleados, de invisibilizados. Eso quiso decir Julio Montes y no otra cosa en su discurso.
Sin embargo, ningún medio de comunicación ha reflejado esto y nadie se ha detenido en un análisis más imparcial, más sincero, más auténtico de este hecho porque todos, absolutamente todos los que se pronunciaron sintiéndose tan ofendidos como si su madre estuviera en juego, no son capaces de creer en la sinceridad y entrega de esas palabras. Más aún no ha habido ni una sola voz que sea valiente y reconozca que injerencia es algo completamente distinto a lo que Venezuela está ejerciendo, es decir, justamente lo contrario, porque en realidad, lo que quieren Venezuela y la Revolución Bolivariana, es ayudar a Bolivia a salir de ese nefasto círculo vicioso de injerencias e intromisiones que lo han hecho un país pobre, dependiente, y aislado; un país sin voz y sin derechos.
Entonces, como hay miedo y, por ende, estupidez, el discurso lacrimógeno e hipócrita prefiere pintar a Venezuela como la mayor amenaza que se cierne sobre Bolivia y a Montes como el perfecto emisario de ese plan diabólico que pretende aislar a Bolivia del concierto internacional, cuando la idea es, en realidad, evitar las amenazas que representan las intenciones de secesión, separatismo, depredación y balcanización derivadas de la conducta colonial del vecino del norte y sus sirvientes locales. La idea es más simple aún, puesto que no se trata de otra cosa que no sea apoyar incondicionalmente a que por fin Bolivia sea un país donde todos los bolivianos y bolivianas pensemos con cabeza propia y seamos libres de verdad, dueños de un territorio y una historia que a ellos no les pertenece.
Por eso también se horrorizan cuando Bolivia y Venezuela firman un acuerdo de cooperación bilateral en temas de defensa y fuerzas armadas; a tal punto que el alumno más aplicado de Estados Unidos, Chile, se da el lujo de cuestionarlo y además, de emitir juicios de valor sobre el mismo de manera mentirosa y exagerada citando a sus ministros al Congreso para “analizar” los efectos del mismo sobre las relaciones bilaterales; me imagino que debe ser difícil comprender de repente que un país que tuvo abandonadas sus fronteras como si fueran tierra de nadie, ahora haya decidido empezar un plan para instalar pedazos de soberanía en los rincones más alejados de su geografía como una forma de demostrar que se ha recuperado la dignidad de pueblo, de nación y de gobierno. Un verdadero atrevimiento que está rodeado de toda un parafernalia mediática y está consentido por un silencio cómplice. Mi abuelo también decía que quien calla, otorga.
Se magnifican interesadamente estos hechos pero se prefiere ignorar verdaderas muestras de injerencia que Estados Unidos ha cometido y sigue intentando cometer con Bolivia, como por ejemplo, pretender que el Congreso apruebe dar inmunidad a los militares norteamericanos para que, en nombre de la ley, cometan cualquier tipo de violación a los derechos humanos como ya lo han hecho tantas veces y no se los pueda juzgar.
Acaso no es intromisión conciente y permitida que los miembros de la FELCN reciban sobresueldos pagados por la NAS y la embajada norteamericana y conseguir así sumisión y obediencia “en nombre de la ley y el orden”?
Sin embargo, estas cosas sucedían y aún están sucediendo en el país pero por supuesto, nadie de aquellos que critican y condenan con tanta facilidad la amistad y la presencia de Venezuela en suelo boliviano será capaz de decir ni una palabra en contra o ensayar votos de censura y declaratorias de persona no grata a su representante diplomático, porque es muy difícil que el lacayo se rebele contra el amo, más aún si le han anulado la capacidad de pensar, de amarse y respetarse a sí mismo, amando y respetando a la vez la Patria y lo que ella significa. Los discursos acerca de la necesidad de soberanía y autodeterminación fácilmente se olvidan cuando de privilegios económicos individuales se trata, especialmente cuando favorecen a los pocos que son los de siempre.
Me parece entonces que hay errores de interpretación malintencionados en este tema que será muy importante corregir y cuanto antes. Me parece que una buena manera de empezar será agradeciendo por la entrega personal e institucional del gobierno de Venezuela a Bolivia, pase lo que pase y pese a quien le pese; la experiencia de vida y de lucha demuestra que es raro, es difícil y por lo tanto muy preciado, tener semejante talla de amigos, de revolucionarios, jalando el carro hacia la misma dirección junto a nosotros, con el único interés de inaugurar por fin, una nueva manera de hacer las cosas y ver la vida por nuestros propios ojos, moldeando el futuro con nuestras propias manos.
Me parece, en suma, que sería inteligente que se perdiera el miedo y se anulara la estupidez, de una vez y para siempre, porque los resultados de diciembre nos han quitado la mordaza y nos han abierto la jaula. Por lo tanto, es hora de volar con nuestras propias alas y de hablar con nuestra propia voz que son las alas y las voces de toda Latinoamérica.
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