Nueva izquierda latinoamericana

Como dice en nuestros días Slavoj Žižek, “el nombre último de la derecha contrarrevolucionaria es el centro mismo”. Esta crítica vale también para la izquierda tradicional, tan decente que se parece demasiado a la derecha y que ubican el problema del Poder (con mayúscula) y del gobierno como un asunto de caminos  hacia la institucionalización de la revolución. El Poder se refiere a preguntas fundamentales: ¿para qué y para quién gobernar? En la sociedad capitalista, la convivencia se resuelve con la imposición de hegemonía (manda el que tiene) homoge­neizando los valores y criterios del mercado. Por lo tanto, el problema del Poder no es si se accede a él por la vía electoral o con quien se disputa su titularidad, sino cómo se enfrenta o no a esa hegemonía y a esa homogeneización.

Desde Chile, la experiencia del compañero Salvador Allende pudo llenar de esperanza y alegría a un pueblo que buscaba su camino. La amarga derrota que le sobrevino, le permitió comprender que no se pueden asumir las riendas de Estado con unas propuestas pacíficas, sin contar con la participación del pueblo organizado en todos los terrenos, sin maximizar la participación real del pueblo en el nuevo Estado comunal.

Todos los movimientos contemporáneos que han tenido protagonismo en la América Latina y aquellos que han alcanzado el poder como el caso de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina, etcétera, han sido el producto de largos procesos de acumulación de fuerzas y movilización de las multitudes.

La experiencia del sandinismo en Nicaragua y la presencia del Farabundo Martí, fueron un viento fresco que sopló en las costas de las extenuadas playas de la izquierda latinoamericana, luego de las derrotas de las concepciones militaristas de la lucha armada y de la domesticación reformista de muchos de sus líderes históricos.

Estas experiencias lograron impactar en los niveles más profundos del movimiento estudiantil latinoamericano radica­li­za­do. Asimismo, cientos de militantes revolucionarios y de izquierda tomaron caminos más humildes y modestos, sembrándose en pequeñas experiencias de base. Abrazándose  a la teología de la liberación, a movimientos ecologistas, cooperativistas, feministas, comunales, cocaleros, indigenistas, barriales, que desde los confines más subterráneos de la América Latina profunda fueron conformando una nueva textura para una subjetividad política otra, que recuperando la memoria y las formas de organización y lucha de los pueblos, fue generando una visión heterogénea, diversa y mestiza del proceso emancipatorio, reactivando el deseo político que hoy se expresa como línea de superficie de las distintas formas de expresión de la nueva izquierda latinoamericana. Transversalizando el tejido de luchas y demandas de los pueblos, se ha ido forjando una trama que ha creado visiones de paralelajes, capaces de articular un discontinuo propio para la emergencia de una nueva hegemonía continental.

Poco a poco se abre paso un espíritu colectivo que ha acompañado a los distintos liderazgos y movimientos emergentes en nuestro continente. Proceso abierto y en marcha que aún no admite síntesis. Por eso, pensar a la Comuna hoy, es instalarse en la potencia de las líneas de fuga de sus devenires libertarios. No es otra cosa que saldar cuenta con la historia y la memoria de las luchas obreras, campesinas, de género, estudiantiles, de pobladores, partidos y movimientos, que durante más de dos siglos han ocupado su suerte y destino, soñando la emancipación  de nuestro globo de la ruina y la barbarie del dictat del gobierno del capital. Este es el marco contextual de la revolución bolivariana y de la propuesta asumida por el compañero Chávez, en el sentido de rescatar la Comuna como forma concreta de la práctica socialista.

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