Sindicato y Consejo de Trabajadores*


Cada día que pasa, salta a la palestra pública con mayor regularidad e intensidad, la discusión sobre el papel de los sindicatos en estos tiempos de revolución y contrarrevolución a nivel mundial. Y, especialmente, en medio de esta etapa de sed de protagonismo de parte de los trabajadores venezolanos, a la par o en contra parte, del afán desmedido de ahogarlo por parte de la casta burocrática que pervive en el Estado. Esta realidad, a la vez, saca de los baúles de la historia y de la teoría, lo del carácter autónomo que deben tener los organismos de la clase obrera, así como sale a relucir también el papel u objetivo de los Consejos de Trabajadores.

En esta oportunidad, entraremos al tema de la relación entre los sindicatos y Consejos de Trabajadores, considerando acá a los sindicatos como instrumentos autónomos de sus afiliados, pero asumiendo una visión crítica de su gestión para poder ubicar los retos que hoy tiene el movimiento sindical revolucionario. En otro momento abordaremos sobre la relación entre sindicato, partido y gobierno, que es de donde, en nombre de la revolución y el socialismo, se ha pretendido limitar la autonomía sindical en el pasado.

Los sindicatos: instrumentos para la defensa y la lucha

La organización sindical es una de las más grandes conquistas históricas de los trabajadores y campesinos. Son sus expresiones para la defensa y lucha de sus intereses. Y, en ella se deben afiliar los que libremente lo manifiesten. Sin embargo, no todos los gobiernos lo permiten. Entonces, el ejercicio de la libertad sindical es un problema de Estado, determinado por la correlación de fuerza de la lucha de clases.

Ahora, el carácter autónomo de un sindicato se lo da la dirección que esta tenga, y en última estancia, está determinado por la voluntad de sus trabajadores afiliados. Autonomía es independencia de clase de la dirección de la organización sindical y sus trabajadores, para tomar decisiones libres sobre sus problemas y aspiraciones. De allí nacen sus acciones clasistas, democráticas y revolucionarias. Poco vale que el programa y los estatutos expresen condiciones autónomas en la organización, si la dirección y los trabajadores no saben ejercer ese derecho o conquista.

Los Estados y sus gobiernos, los patronos y los partidos políticos defensores de la explotación y opresión, gustan de querer subordinar a las organizaciones sindicales a sus intereses y objetivos. Esto ocurre también en una determinada fase de procesos revolucionarios en transición al socialismo, donde se supone, imperan los derechos de los trabajadores y oprimidos.

En esta época del imperialismo globalizado que seguimos viviendo, e independientemente de esta etapa de crisis del capitalismo, se ha desregularizado no sólo el trabajo y las funciones del Estado nacional, sino también los movimientos sociales autónomos, entre ellos, las organizaciones sindicales.

La tendencia de las últimas décadas ha sido de institucionalizar a las organizaciones sindicales. Desde hace años estas yacen en el mayor desprestigio debido a la profunda burocracia que la ahoga y la visible corrupción que los delata. Por eso hay tanta desconfianza y hostilidad con las organizaciones y los sindicalistas. Por eso el poco e ínfimo número de afiliación sindical. Los sindicatos mayormente se dedican a limitados reclamos económicos y, en su mayoría, se han integrado a la institucionalidad, al status quo y a las auto-proclamas, que por más encendidas y ultras que parezcan, no movilizan o terminan en meras acciones moderadas. En su inmensa mayoría son partidarios del “Dialogo Social”, los acuerdos tripartitos y son punta de lanza del Pacto Mundial por el Empleo, política hoy dictado por la OIT

Y cuando, por alguna razón, las principales individualidades de las direcciones de esas organizaciones sindicales logran hacerse de una considerada “legitimidad”, estos se embriagan de un enorme ego e individualismo, y todo lo conducen a una carrera por postulaciones y cargos públicos, muchas veces, hasta desembocar en divisiones por esas ambiciones personales o grupales en sus organizaciones. Todo esto ha conducido a que, hoy en día, el movimiento obrero y sus organizaciones no son la vanguardia en las acciones anticapitalistas.

A casi un año de finalizar la primera década de siglo XXI, y soportando las consecuencias de la enorme crisis que sigue estremeciendo los cimientos del capitalismo, hace falta responder a las deficiencias que no han sido superadas hasta ahora por el sindicalismo.

Me atrevo a enumerar sólo algunas, y no por orden de su importancia: hacer valer su independencia de clase y autonomía; tener una legitimidad incuestionable; superar los límites en los sindicatos de bases de representar solo los intereses de sus afiliados y en los hechos practicar un nuevo tipo de “corporativismo”; estructurar en las organizaciones sindicales a las capas asalariadas, los tercerizados y los que se hallan sin trabajo; ser capaces de combatir la tendencia al burocratismo y alejamiento de las bases, promoviendo nuevos tipos de organizaciones autónomas y autofinanciadas en los lugares de trabajo como comisiones de fábricas, fondos de resistencias, círculos de estudios y formación, comités de empresa, contralorías sociales y participación comunitaria, etc.

Superando los límites del sindicalismo

Y, sobre todo, para superar los límites del sindicalismo, hay que avanzar de inmediato en nuestro país en formas organizativas que vayan más allá del orden del capital y de luchas y aspiraciones defensivas. En este sentido ubicamos formas de organizaciones que busque el control social de la producción, que encamine al proyecto de emancipar a los trabajadores. Acá ubicamos a los Consejos de los Trabajadores.

Desde hace cierto tiempo - uno o dos años atrás-, con la propuesta de los Consejos de Trabajadores no se ha podido ordenar una discusión que esclarezca. Al contrario, mucha es la confusión. Cada quien jala para su lado, muchas veces sin tener una opinión acabada de qué tarea debería cumplir estos Consejos. En esto, cabe mucha culpa a funcionarios del gobierno que declararon de hacer barbaridades con la propuesta de crear este nuevo organismo de los trabajadores. Esto lo hicieron desde el ministerio del Trabajo durante la gestión nefasta de José Ramón Rivero, en plena campaña por la reforma constitucional.

Pero, también hacen campaña contra los Consejos de Trabajadores la vieja burocracia sindical, la nueva burocracia roja rojita y sectores de la izquierda sectaria, que terminan construyendo organismos juntos a la burocracia socialdemócrata y ven maniobras en todo lo que no vengan de su iniciativa. Estos nunca encuentran oportunidades históricas para transitar por otras formas organizativas de autogestión de las masas.

Cuando la clase obrera se hace revolucionaria, comienza a buscar o se apodera de nuevos tipos de organización y de acciones que desemboquen necesariamente en la fundación de un nuevo Estado: un Estado obrero. La clase obrera creará de su seno, con todas sus energías - aunque sea entre errores y vacilaciones -, instituciones de tipo nuevo que al principio sea intermediario de su poder. Los Consejos de Trabajadores pueden representar ese grandioso acontecimiento histórico, y lo puede hacer con menos trabas y de forma mucho más rápido de lo que pudieran hacerlos los cuestionados y limitados sindicatos. Con ese nacimiento, el de los Consejos de Trabajadores, el proceso revolucionario avanzará años luz y entraría en una fase definitoria.

Ese es, y debe ser, el propósito de los Consejos de Trabajadores, y no otro. Los sindicatos seguirán existiendo. No obstante, las nuevas necesidades de controlar las acciones y ganancias de los patronos, tener poder de decisión para definir qué, cuándo y cómo se produce, se llevará acabo con este nuevo tipo de organización. Así, la clase obrera pasará de ser un determinado “instrumento de producción” afiliado a un sindicato o no, a ser parte de un colectivo activo, consustanciado, consultado, en una determinada constitución orgánica. Pasa “casualmente” a formar parte de ese cuerpo constituido, en toman decisiones a su voluntad. Tiempo grandioso. Comienza así, otro juego y otra historia.

Lo demás lo vamos resolviendo como lo aconsejaba Gramsci: “Las relaciones que debe haber entre el partido político y el Consejo de fábrica, entre el sindicato y el Consejo de fábrica se desprenden ya implícitamente de esa exposición: el partido y el sindicato no han de situarse como tutores o superestructuras ya constituidas de esa nueva institución en la que cobra forma histórica controlable el proceso histórico de la revolución, sino que deben ponerse como agentes conscientes de su liberación respecto de las fuerzas de compresión que se concentran en el Estado burgués; tienen que proponerse organizar las condiciones externas generales (políticas) en las cuales pueda alcanzar la velocidad mayor el proceso de la revolución, en las cuales encuentren su expansión máxima las fuerzas productivas liberadas”.

*Artículo publicado en Marea Socialista N° 21.

** Comité operativo nacional del Frente Socialista de Trabajadores del PSUV y coeditor de Marea Socialista


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Stalin Pérez Borges**.Prensa Marea Socialista


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