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Caracas, 04 Ago. ABN (Hernán Mena Cifuentes.- Este domingo, la campana de la vieja iglesia de Hiroshima, una de las pocas estructuras que sobrevivieron al estallido de la primera bomba atómica que dio origen a la Era del Terror Nuclear, volverá a doblar en señal de duelo por los 125 mil muertos que allí hubo hace hoy 61 años, el 6 de agosto de 1945, fecha guardada en la memoria de la humanidad, como el día mas horrendo de su historia, al que siguió 3 días después otro similar en Nagasaki.
Mucho se ha escrito desde entonces sobre ese genocidio recordando la magnitud nunca superada de ambas tragedias, llamando para que no vuelvan a repetirse, pero sordos al clamor de los pueblos que piden la paz, hoy prosiguen las guerras desatadas por el Imperio, en Irak, Afganistán, Palestina y Líbano, mientras, día tras día, sus científicos perfeccionan el mortífero poder del átomo, fabricando versiones cada vez más letales que la bombas arrojadas sobre Hirohima y Nagasaki.
De los millones de páginas escritas sobre el horror de aquel crimen de lesa humanidad, figura una escrita por Abel B. Viega Copo, el pasado año, al cumplirse el 60º aniversario del bombardeo a Hiroshima, y quien, como Dante lo hizo en la Divina Comedia, describió con esa singular belleza reservada a los que tienen alma de poeta, en un artículo titulado “Sesenta años después”, el infierno en que se transformó Hiroshima hace seis décadas, expresando:
“Solo han pasado 60 años y el mundo no olvida ni debe olvidar aquella triste y oscura mañana de verano en Hiroshima. El azar que el poder de la soberbia escondida tras los impenetrables muros de la sinrazón confiere, quiso que fuese esta ciudad de casi 3 millones de habitantes, la que sufriera todos los males de la guerra.”
…'Todo cambió en unas décimas, todo cambió.”
“La vida se convirtió en muerte, la fúlgida luz en penumbra eterna, el limpio aire en un fantasma irrespirable envuelto en hedor de muerte. La noche quedó sin luna y las estrellas sin niños que las contemplasen. Algunos ni siquiera fueron capaces de llorar. Tras la detonación, sólo hubo silencio, un largo e insoportable silencio cabalgando sobre miles de cadáveres y cuerpos consumidos por la radiación. El calor y el hongo de destrucción arrasó con todo ser viviente en varios kilómetros. Ruinas sobre ruinas, miseria sobre miseria y mucho silencio, un silencio desgarrador que traspasa cualquier alma, la noble y la menos noble. Una larga noche de infamia y piedra abatió la razón humana, la sensibilidad y el perdón.
El crimen, uno de los mayores crímenes que el mundo conoció ya se había consumado.”
”Solo había que alimentar a la bestia que todo ser humano llevamos dentro para luego exclamar un apesadumbrado “!Dios mío, que hemos hecho!”, como aquel piloto que cumplía órdenes al igual que los perros de la SS sanguinarios y asesinos…Ahora se les llama armas de destrucción masiva, y la campana de Hiroshima de nuevo, como cada 6 de agosto, rompiendo el aire y rompiendo el silencio.”!
Apenas tres días mas tarde, los asesinos, siguiendo órdenes de Harry S. Truman, el Presidente de los Estados Unidos volvieron a reeditar el genocidio, esta vez en Nagasaki, donde perecieron 75.000 personas y que, mas que un acto de guerra, tuvo el propósito de intimidar al mundo y especialmente a la URSS, su aliado en la Segunda Guerra Mundial, que a raíz de la derrota de Alemania, y que aún no poseía el arma atómica, pero se presentaba como la otra superpotencia, capaz de impedir el proyecto hegemónico del Imperio.
Sus planes finalmente se cumplieron, luego de la guerra fría, en la que vencieron gracias a su poder económico, acompañado de la intriga y la traición condujeron a la desintegración de la URSS y otras naciones del campo socialista, quedando EEUU como única superpotencia del planeta, lo cual le permitió desatar nuevos confllictos.
Tan irracional conducta, hace que muchos lleguen a pensar que ese actuación de los EEUU, es similar a la enfermiza mente de un “Asesino en Serie”, un psicópata incapaz de contener su sed de sangre, que sin medir el daño que provoca, ni las consecuencias, se lanza por el mundo, sembrando a su paso muerte y destrucción, mas no es así.
Un análisis histórico del caso estadounidense, desde su nacimiento como nación independiente en 1776, hasta hoy, podría en principio indicar, que en efecto, se trata de esa “condición patológica” asociada a la compulsiva agresividad que algunos le atribuyen a un enfermo mental, pero si se profundiza en el estudio, se concluye, que su actuación se enmarca en un diabólico proyecto elaborado y puesto en marcha hace tiempo por sus gobernantes.
Esto lo comprueba el prontuario delictivo que EEUU exhibe desde hace mas de un siglo, unas veces conspirando desde afuera y otras, agrediendo directamente, prevalido de su poderío militar y económico a países que carecen de los medios para enfrentarlo, pero actuando con taimada prudencia y cobardía, al evitar enfrentar a naciones poderosas.
No obstante, sus estrategas del Pentágono han caído en el error de equivocarse en sus cálculos, como sucedió en Vietnam en el siglo pasado y como también les está ocurriendo hoy en Irak y Afganistán, al ignorar que si bien existen países que no disponían del armamento militar capaz de enfrentarlo en igualdad de condiciones, poseen sin embargo, uno aún mas poderoso, algo que el Imperio y sus soldados nunca han tenido, el arma moral, que es la dignidad y el valor que esgrimen sus pueblos para combatirlos.
En fiel interpretación del “Destino Manifiesto” vislumbrado los Padres de la nación, a partir de entonces, sin tregua ni descanso, generación tras generación, los gobernantes de los EEUU, han cumplido con ese mandato, emanado, según lo atribuyen, a un llamado divino, que les conmina “a expandirse por el mundo para liberar y redimir pueblos salvajes”, mejorándolo y adaptándolo a su favor, de acuerdo con las circunstancias de tiempo y de lugar, como lo hicieron James Monroe, Theodore Roosevelt, Ronald Reagan y ahora George W. Bush.
Sus ambiciones expansionistas, se limitaron en principio a la conquista de la Frontera Oeste, para llegar hasta la costa pacífica, pero a medida que avanzaban en sus planes se extendieron a otros puntos del país y el continente americano, arrebatando a México más de la mitad de su territorio y más tarde se lanzaron por el Caribe para adueñarse de Cuba, Puerto Rico y Haití, y viendo como era de fácil aquel atropello de conquista, el Presidente William Taft, al fijar en 1910 su mirada ambiciosa sobre el inmenso continente americano, exclamó:
“No está distante el día en que 3 estrellas y 3 franjas en 3 puntos equidistantes, delimiten nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Un hemisferio completo, de hecho, será nuestro en virtud de nuestra superioridad racial como ya es nuestro moralmente.” Y casi llegaron a conseguirlo.
Con ese pensamiento ya los EEUU se habían lanzado poco antes con la fuerza de un huracán al comenzar el siglo XX sobre el mar Caribe y Centroamérica, adueñándose de Cuba y Puerto Rico tras arrebatarlos a España, luego prosiguieron su plan de conquista invadiendo a países como Haití, Nicaragua, República Dominicana, Honduras, Guatemala, El Salvador, Granada y Panamá, a muchos de ellos, no solo una vez, sino en varias ocasiones, imponiendo brutales dictadores en complicidad con las oligarquías criollas.
En América del Sur, planificaron asesinatos como el de Jorge Eliécer Gaítán en Colombia y propiciaron una serie de golpes militares que derrocaron presidentes como Goular en Brasil; Velazco Ibarra en Ecuador y Salvador Allende en Chile, a quien asesinó el títere imperial Augusto Pinochet.
Pero finalmente en 2001, en Venezuela, su plan conspirativo, enmarcado en el “Proyecto para un Nuevo Siglo Americano”, edición corregida y ampliada del Destino Manifiesto, creado en 1997 por las mentes asesinas del clan neoconservador que se hospeda en Washington, sufrió un retroceso irreversible, al fracasar el golpe de Estado del 11-A financiado desde Washington para derrocar al Presidente Hugo Chávez, quien, gracias al apoyo del pueblo y la fuerza armada leal, fue reinstaurado en el poder en menos de 48 horas.
Ese hecho, único en la historia, marcó el comienzo de la decadencia del expansionismo yanqui en Sudamérica, al surgir en Brasil, Argentina, Uruguay y más recientemente en Bolivia, nuevos gobiernos con presidentes progresistas como él, que han cambiado el mapa político-social y económico de la región, recuperando la dignidad y soberanía de sus pueblos.
Imbuídos del espírítu legado del Libertador Simón Bolívar, el grupo de mandatarios han introducido innovadoras fórmulas de unidad, como Mercosur, que con el ingreso de Venezuela al mismo, y la presencia de Fidel en la XXX Cumbre de Presidentes de Mercosur, donde suscribió un acuerdo de complementación económica con el bloque, así como el impulso dado por el Presidente Chávez con sus proyectos de integración energética, abren el camino para la definitiva consolidación de la Comunidad Sudamericana de Naciones surgida en Ayacucho.
Pero el Imperio no descansa en su afán por conquistar al mundo, y viendo cómo ha fracasado el anexionista Alca en América Latina, al igual que sus planes golpistas en Venezuela, asi como en Haití, con el triunfo electoral del demócrata Preval en Haití, que hizo fracasar su pretensión de hacer retroceder al país al tiempo de las dictaduras con el secuestro y derrocamiento de Jean Bertrand Aristide, ha reorientado hacia el Medio Oriente su hegemónico proyecto, al encender las llamas de una nueva guerra en el Líbano.
Para ello, EEUU ha recurrido una vez mas a su brazo armado en la región, el Estado de Israel, una élite sionista que, como aplicados discípulos de Hitler, hoy imitan a las bestias del nazi-fascismo. Desatan contra el pueblo libanés y palestino un nuevo Holocausto tan cruel como el perpetrado contra los judíos por las hordas hitlerianas, asesinando a inocentes y destruyendo pueblos y ciudades de un pueblo que prefiere morir luchando, antes que rendirse al invasor y ocupante.
Entre todas las voces que en el mundo protestan indignadas por ese genocidio, se destaca la de Chávez, erigido en ferviente defensor de ambos pueblos, al condenar el crimen que comete el Imperio y el Estado de Israel, que no su pueblo, una gente honrosamente digna de su pasado, que lleva en su corazón las cicatrices imborrables de grandes sacrificios, como la diáspora y el Holocausto, y que deslindándose de sus gobernantes igualmente rechaza el genocidio.
Viendo como hasta ahora han sido inútiles los esfuerzos por detener la masacre, ante a la actitud de EEUU e Israel, que se obstinan en proseguir con la masacre, confiando en una victoria militar que no alcanzan, y que seguramente no alcanzarán, Chávez ha dado un nuevo paso, que va más allá de las palabras, al retirar al embajador de Venezuela en Tel Aviv, en un gesto que confirma una vez más su solidaridad con los débiles del mundo.
Porque teme, como amante de la paz, que allí en el Medio Oriente, ante la ausencia de una acción mas firme de la comunidad internacional, los agresores estén dispuestos a editar el mismo guión de la agenda de horror que hace 61 años escribieron en Hiroshima, amparados en el silencio de los tímidos y cobardes, que ven morir a niños, ancianos y mujeres inocentes inmolados bajo las llamas de una catástrofe humana que para detenerla solo hace falta el valor que tienen los hombres como Chávez.
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