El Dalai-Lama y George W. Bush. Foto White House. _______________________________________________
Primera parte
La victoria china
Sin algunos conocimientos históricos elementales no se comprendería el tema que abordo.
En Europa habían oído hablar de China.
Marco Polo, en el otoño de 1298, contó cosas maravillosas del singular
país al que llamó Catay.
Colón, navegante inteligente y audaz, estaba informado de los
conocimientos que poseían los griegos sobre la redondez de la Tierra.
Sus propias observaciones lo hacían
coincidir con aquellas teorías. Ideó el plan de llegar al Lejano
Oriente navegando hacia el oeste desde Europa. Calculó con excesivo
optimismo la distancia, varias veces mayor. Sin imaginarlo, se le
atraviesa en su ruta, entre el Océano Atlántico y el Pacífico, este
continente. Magallanes realizaría el viaje concebido por él, aunque
murió antes de llegar a Europa. Con el valor de las especias recogidas
se pudo pagar la expedición iniciada con varias embarcaciones, de las
cuales sólo una regresó, como preámbulo de futuras colosales ganancias.
Desde entonces, el mundo comenzó a cambiar con pasos acelerados.
Viejas formas de explotación volvieron a repetirse, desde la
esclavitud hasta la servidumbre feudal; antiguas y nuevas creencias
religiosas se extendieron por el planeta.
De esa fusión de culturas y hechos, acompañada por los avances de
la técnica y los descubrimientos de la ciencia, nació el mundo actual,
que no podría comprenderse sin un mínimo de antecedentes reales.
El comercio internacional, con sus
ventajas y sus inconvenientes, se imponía por las potencias coloniales,
como España, Inglaterra y otras potencias europeas. Estas,
especialmente Inglaterra, pronto comenzaron a dominar el suroeste, sur
y sureste de Asia, así como Indonesia, Australia y Nueva Zelandia,
extendiendo su dominio por la fuerza en todas partes. A los
colonizadores les faltaba someter al gigantesco país chino, de
milenaria cultura y fabulosos recursos naturales y humanos.
El comercio directo entre Europa y
China se inició en el Siglo XVI, después que los portugueses
establecieron el enclave comercial de Goa en India y el de Macao al sur
de China.
El dominio español de Filipinas facilitó el intercambio acelerado
con el gran país asiático. La dinastía Qing, que gobernaba China,
intentó limitar todo lo posible este tipo de operación comercial no
favorable con el exterior. Lo permitieron solo por el puerto de Cantón,
ahora Guangzhou.
Gran Bretaña y España tenían grandes
déficits por la baja demanda del enorme país asiático, relacionados con
mercancías inglesas producidas en la metrópoli, o productos españoles
procedentes del Nuevo Mundo no esenciales para China.
Ambas habían comenzado a venderle opio.
El comercio del opio en gran escala era
dominado inicialmente por los holandeses desde Jakarta, Indonesia. Los
ingleses observaron las ganancias que se aproximaban al 400 por ciento.
Sus exportaciones de opio, que en 1730 fueron de 15 toneladas, se
elevaron a 75 en 1773, embarcado en cajas de 70 kilogramos cada una;
con él compraban porcelana, seda, condimentos y té chino.
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Ilustración / foto: A la izquierda aparece la
fotografía de William H. Russell, quien venía de una familia
increíblemente millonaria que había hecho fortuna justamente con uno de
los comercios más repugnantes del siglo XIX: el tráfico de opio en
China y otras regiones de Asia (ver foto derecha, un fumadero de opio
en China en esa época). Russell heredó esta empresa, la «Russell and
Company», un imperio del tráfico de opio. Russell era un apasionado de
las sectas secretas y luego de un aprendizaje en Alemania en 1833 creó
a su regreso en los EEUU y en el campus de la universidad de Yale, la sociedad secreta Skull and Bones
(la Calavera, en inglés: Cráneo y Hueso, ver emblema arriba con su
número secreto 322), la cual ha captado a través de los años a las
elites y otras familias ricas del país para crear una cofradía del
poder político, ligadas a las grandes fortunas. El presidente George W.
Bush es miembro de esta secta secreta. «Russell and Company» es hoy en
día el verdadero propietario de esta famosa universidad norteamericana
de Yale, fundada en 1701 por religiosos anglo-sajones llegados al
«Nuevo Continente». _________________________________________________
El opio y no el oro era la moneda de Europa para adquirir las mercancías chinas.
En la primavera de 1830, ante el desenfrenado abuso del comercio de
opio en China, el emperador Daoguang ordenó a Lin Hse Tsu, funcionario
imperial, combatir la plaga, y este ordenó la destrucción de 20 mil
cajas de opio. Lin Hse Tsu envió carta a la Reina Victoria pidiéndole
respeto a las normas internacionales y que no permitiera el comercio
con drogas tóxicas.
Las Guerras del Opio fueron la
respuesta inglesa. La primera de ellas duró tres años, de 1839 a 1842.
La segunda, a la que se sumó Francia, cuatro años, de 1856 a 1860.
También se les conoce como las Guerras Anglo?chinas.
El Reino Unido obligó a China a firmar tratados desiguales, por
medio de los cuales se comprometía a abrir varios puertos al comercio
exterior y a entregarle Hong Kong. Varios países, siguiendo el ejemplo
inglés, impusieron términos desiguales de intercambio.
Semejante humillación contribuyó a la
rebelión Taiping de 1850 a 1864, la rebelión Bóxer de 1899 a 1901 y,
por último, a la caída de la dinastía Qing en 1911, que por diversas
causas ―entre ellas la debilidad frente a las potencias extranjeras― se
había vuelto sumamente impopular en China.
¿Qué ocurrió con Japón?
Este país, de antigua cultura y muy
laborioso, como otros de la región, se resistía a la «civilización
occidental»”y durante más de 200 años ―entre otras causas por su caos
en la administración interna― se había mantenido herméticamente cerrado
al comercio exterior.
En el año 1854, después de un viaje exploratorio anterior con
cuatro cañoneras, una fuerza naval de Estados Unidos al mando del
Comodoro Matthew Perry, amenazando con bombardear a la población
japonesa ―indefensa frente a la moderna tecnología de aquellos buques―,
obligó a los shogunes a firmar, en nombre del Emperador, el Tratado de
Kanagawa, el 31 de marzo de 1854. Así se inició en Japón el injerto con
el comercio capitalista y la tecnología occidentales. Desconocían
entonces los europeos la capacidad de los japoneses para desenvolverse
en aquel campo.
Tras los yanquis, llegaron los
representantes del imperio ruso desde el Extremo Oriente, temiendo que
Estados Unidos, a quienes vendieron después Alaska el 18 de octubre de
1867, se les adelantaran en el intercambio comercial con Japón. Gran
Bretaña y las demás naciones colonizadoras europeas arribaron rápido a
ese país con los mismos fines.
Durante la intervención de Estados Unidos en el año 1847, Perry ocupó
varias partes de México. El país perdió al final de la guerra más del
50 por ciento de su territorio, precisamente las áreas donde se
acumulaban las mayores reservas de petróleo y gas, aunque entonces el
oro y el territorio donde expandirse, y no el combustible, eran el
objetivo principal de los conquistadores.
La primera guerra chino-japonesa fue
declarada oficialmente el 1º de agosto de 1894. Japón entonces deseaba
apoderarse de Corea, un Estado tributario y subordinado a China. Con
armamento y técnica más desarrollados, derrotó a las fuerzas chinas en
varias batallas próximas a las ciudades de Seúl y Pyongyang.
Posteriores victorias militares le abrieron el camino hacia territorio
chino.
En el mes de noviembre de ese año, tomaron Port Arthur, actual
Lüshun. En la desembocadura del río Yalu y en la base naval de
Weihaiwei, sorprendida por un ataque terrestre desde la península de
Liaodong, la artillería pesada japonesa destruyó la flota del país
agredido.
La dinastía tuvo que pedir la paz. El
Tratado de Shimonoseki, que puso fin a la guerra, fue firmado en abril
de 1895. Se obligaba a China a ceder Taiwán, la península de Liaodong y
el archipiélago de las Islas Pescadores a Japón “a perpetuidad”; pagar
además una indemnización de guerra de 200 millones de taeles de plata y
abrir cuatro puertos al exterior. Rusia, Francia y Alemania,
defendiendo sus propios intereses, obligaron a Japón a devolver la
Península de Liaodong, pagando en cambio otros 30 millones de taeles de
plata.
Antes de mencionar la segunda guerra
chino-japonesa, debo incluir otro episodio bélico de doble
trascendencia histórica que tuvo lugar entre 1904 y 1905 y no puede
omitirse.
Después de su inserción en la civilización armada y las guerras
por el reparto del mundo impuestas por Occidente, Japón, que ya había
librado la primera guerra contra China antes señalada, desarrolló su
poderío naval lo suficiente como para asestar tan duro golpe al imperio
ruso, que estuvo a punto de provocar prematuramente la revolución
programada por Lenin al crear en Minsk, diez años antes, el Partido que
posteriormente desataría la Revolución de Octubre.
El 10 de agosto de 1904, sin previo
aviso, Japón atacó y destruyó en Shandong la Flota Rusa del Pacífico.
El zar Nicolás II de Rusia, exaltado por el ataque, ordenó movilizar y
zarpar, rumbo al Extremo Oriente, la Flota del Báltico. Convoyes de
buques carboneros fueron contratados para llevar a tiempo los
cargamentos que necesitaba la Flota mientras navegaba hacia su lejano
destino. Una de las operaciones de traspaso de carbón se tuvo que
realizar en alta mar por presiones diplomáticas.
Los rusos, al entrar en el sur de
China, se dirigieron al puerto de Vladivostok, único disponible para
las operaciones de la Flota. Para llegar a ese punto había tres rutas:
la de Tsushima, su mejor variante; las otras dos requerían navegar al
este de Japón, e incrementaban los riesgos y el enorme desgaste de sus
naves y tripulantes.
Lo mismo pensó el almirante japonés: para esa variante preparó su
plan y situó sus barcos de modo que la Flota japonesa, al dar la vuelta
en «U», todas sus naves, en su mayoría cruceros, pasarían a distancia
aproximada de 6 mil metros de los buques adversarios, con gran número
de acorazados, que estarían al alcance de los cruceros japoneses,
dotados de personal rigurosamente entrenado en el empleo de sus cañones.
Como consecuencia de la larga ruta, los acorazados rusos navegaban a sólo 8 nudos frente a los 16 de las naves japonesas.
La acción militar se conoce con el nombre de Batalla de Tsushima. Tuvo lugar los días 27 y 28 de mayo de 1905.
Participaron, por el imperio ruso, 11 acorazados y 8 cruceros.
Jefe de la Flota: Almirante Zinovy Rozhdestvensky.
Bajas: 4 380 muertos, 5 917 heridos, 21 barcos hundidos, 7 capturados y 6 inutilizados.
El jefe de la Flota Rusa fue herido por un fragmento de proyectil que le golpeó el cráneo.
Por el imperio japonés participaron: 4 acorazados y 27 cruceros.
Jefe de la Flota: Almirante Heichachiro Togo.
Bajas: 117 muertos, 583 heridos y 3 torpederos hundidos.
La Flota [rusa] del Báltico fue
destruida. Napoleón la habría calificado de Austerlitz en el mar.
Cualquiera puede imaginarse cuán profunda herida causó el dramático
hecho en el tradicional orgullo y patriotismo rusos.
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La flota rusa del Báltico del zar Nicolás II fue
completamente destruida por el ataque sorpresa de la marina imperial
japonesa conducida por el almirante Togo, el 27 y 28 de mayo de 1905 y
en el transcurso de la batalla naval al frente de las islas de
Tsou-Shima. A la izquierda aparece una fotografía de archivo del
acorazado-insignia «Petropavlovsk» y a la derecha una ilustración de la
época mostrando el sacrificio del almirante Makarov que naufragó y
pereció junto con su flota. Rusia vivía en esa época la convulsiones de
la Revolución y esta derrota aceleró el derrumbe del prestigio del
régimen monárquico zarista. Nicolás II declaró en aquella época: Este día ha sido el día más negro de mi vida y de San-Petersburgo. __________________________________________________
Después de la batalla, Japón pasó a ser
una temida potencia naval, rivalizando con Gran Bretaña y Alemania y
compitiendo con Estados Unidos.
Japón reivindicó el concepto del acorazado como arma principal en
los años venideros. Se enfrascaron en la tarea de potenciar la Armada
Imperial japonesa. Solicitaron y pagaron a un astillero británico la
construcción de un crucero especial, con la intención de reproducirlos
después en astilleros japoneses. Más tarde fabricaron acorazados que
superaban a sus contemporáneos en blindaje y poder.
No había sobre la Tierra ninguna otra
nación que igualase a la ingeniería naval japonesa de los años 1930 en
diseño de buques de guerra.
Eso explica la acción temeraria con que un día atacaron a su
maestro y rival, Estados Unidos, que a través del Comodoro Perry los
inició en el camino de la guerra.
Segunda parte
La victoria China
Al estallar la Primera Guerra Mundial
en 1914, China se une a los aliados. Para compensarla, le ofrecen que
las concesiones alemanas en la provincia de Shandong, le serían
devueltas al finalizar la contienda. Tras el Tratado de Versalles,
impuesto por el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson a los
amigos y a los enemigos, las colonias alemanas son transferidas a
Japón, un aliado más poderoso que China.
Esta acción causó la protesta de miles
de estudiantes que se congregaron en la Plaza Tiananmen el 4 de mayo de
1919. Allí se inició el primer movimiento nacionalista que triunfó en
China. Se denominó “4 de Mayo”. La pequeña burguesía y la burguesía
nacional lo compartían con los obreros y los campesinos.
La corriente nacionalista había surgido
a fines del siglo XIX y principios del XX, y se consolidó con la
fundación del Kuomintang, es decir, Partido Nacional del Pueblo,
encabezado por el doctor Sun Yat-sen, intelectual y revolucionario
progresista que estaba muy influido por la Revolución Socialista de
Octubre, con la cual reforzó sus relaciones.
El Partido Comunista de China se funda
en un congreso que tuvo lugar entre el 23 de julio y 5 de agosto de
1921. Lenin envió representantes de la Internacional a ese congreso.
El movimiento comunista se dedicó a reunificar China. Entre los
fundadores se encontraba el joven Mao Zedong. En los años 1923 y 1924
se conforma el Frente Único Antiimperialista entre el PCCh y el
Kuomintang.
En marzo de 1925 muere Sun Yat-sen y
Chiang Kai-shek toma el mando, dedicándose a controlar bajo su rígida
jefatura el sur de China, en particular la zona de Shanghai.
Chiang no simpatizaba con la doctrina comunista, y en 1927 inició
un proceso represivo en gran escala contra los comunistas en las
unidades del Ejército Nacional Revolucionario, sindicatos y otras áreas
sociales del país, especialmente en Shanghai. También reprimió
fuertemente a la izquierda dentro del Kuomintang.
Después de 5 meses de ocupación militar
de Manchuria, Japón estableció en 1932 el estado del Manchukuo, lo que
constituía una gran amenaza para China. Chiang Kai-Shek lanzó cinco
campañas de cerco y aniquilamiento contra los comunistas, que se
hicieron fuertes en las bases constituidas al sur del país.
Con los que lograron escapar de la
traición de Chiang Kai-shek en 1927, Mao Zedong dirigió en el área
montañosa de las provincias de Jiangsu y Fujian el establecimiento, en
un amplio territorio, del centro de resistencia armada con un fuerte
núcleo de comunistas consecuentes y bien organizados, que se calificó
de República Soviética de China.
Enfrentados a las fuerzas nacionalistas
muy superiores de Chiang Kai-shek, alrededor de 100 mil combatientes
chinos, bajo la dirección de Mao, inician en 1934 la Gran Marcha hacia
el noroeste, bordeando el centro, un recorrido de más de 6 mil
kilómetros, luchando constantemente a lo largo de la ruta durante más
de un año, lo que constituyó una hazaña sin precedentes y convirtió a
Mao en el líder indiscutible del Partido y de la Revolución en China.
La aplicación de las ideas de Marx y
Lenin a las circunstancias políticas, económicas, naturales,
geográficas, sociales y culturales de China, lo consagraron como genial
estratega político y militar de la liberación de un país cuyo peso en
el mundo actual no puede ser subestimado.
La segunda guerra chino-japonesa se inicia el 7 de julio de 1937.
Los japoneses provocaron
deliberadamente el incidente que desató la contienda. Un soldado nipón
desaparece cuando su ejército realizaba una parada militar en el puente
Marco Polo, sobre un río situado a unos 16 kilómetros del oeste de
Beijing. Culpan al ejército chino, situado al otro lado del río, de
haber secuestrado al soldado, y se provoca un combate de varias horas.
Este aparece de nuevo, casi de inmediato.
Era falsa la denuncia, pero el
comandante japonés ya había ordenado atacar. Tokio exige condiciones
inaceptables para China, presentadas con la habitual arrogancia, y
ordena el envío de tres divisiones equipadas con sus mejores armas. En
pocas semanas, el Ejército japonés controló el pasillo este-oeste desde
el Golfo de Chihli ―hoy Bo Hai― hasta Beijing.
De Beijing se dirige hasta Nanjing,
sede del gobierno de Chiang Kai-shek. Llevaron a cabo una de las
campañas terroristas más horrendas de las guerras modernas. La ciudad
fue arrasada, igual que otras similares; decenas de miles de mujeres
fueron violadas y cientos de miles de personas asesinadas brutalmente.
La masacre de Nankin: ver documental histórico
de los crímenes de guerra cometidos por las tropas imperiales japonesas
a la población civil china en la ciudad de Nankin.
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El Partido Comunista de China había
priorizado la lucha por la unidad nacional frente al plan japonés, cuyo
objetivo era apoderarse del enorme país con sus recursos naturales y
someter a más de 500 millones de chinos a despiadada servidumbre. Japón
buscaba espacio vital. Su conducta fue una mezcla de capitalismo con
racismo: era la versión japonesa del fascismo.
El Frente Unido Antijaponés estaba ya
vigente ese propio año 1937. Los nacionalistas estaban también
conscientes del peligro. Japón ocupó la mayoría de las ciudades
costeras. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las bajas chinas
sumarían millones.
Durante la épica contienda, los comunistas intensificaron su lucha contra los invasores, ocasionándoles sensibles daños.
Estados Unidos prestó ayuda a los comunistas y a los nacionalistas.
Como veía que su entrada en la guerra era inminente, solicitó al
gobierno chino autorización para enviar una escuadrilla de voluntarios.
Se creó así la unidad aérea de los
Tigres Voladores. Roosevelt envió al capitán Lee Chenault, que estaba
retirado y en el desempeño de su tarea este expresaba su admiración por
la disciplina, las tácticas y la eficacia de los combatientes
comunistas.
Después del ataque a Pearl Harbor, en
diciembre de 1941, Estados Unidos entró en la guerra. Sin embargo, en
ningún momento Japón pudo mover sus tropas élites de China, que al
final de la contienda sumaban un millón de soldados.
Chiang Kai-shek, convertido por la
administración Truman ―que en un acto de terror usó las armas nucleares
sobre la población civil de Japón― en el hombre fuerte de Estados
Unidos, reanuda la guerra civil anticomunista, pero sus desmoralizadas
tropas no podían resistir la ola incontenible del Ejército Popular
Chino.
Cuando terminó esa guerra, en octubre
de 1949, los del Kuomintang, apoyados por Estados Unidos, escaparon
hacia Taiwán, donde establecieron un gobierno anticomunista con pleno
respaldo yanqui. Chiang Kai-shek utilizó la Flota de Estados Unidos en
su viaje hacia Taiwán.
¿Es acaso China un oscuro rincón del mundo?
Antes de que se edificara Troya y
circularan por las ciudades-estado de Grecia la Ilíada y la Odisea,
creaciones sin duda maravillosas de la inteligencia humana, ya en las
amplias márgenes del Río Amarillo se desarrollaba una civilización que
abarcaba millones de personas.
La cultura china tiene sus raíces en la dinastía Zhou, 2,000 años antes
de Cristo.
Su escritura peculiar se basa en varios
miles de signos gráficos, que representan por lo general palabras o
morfemas del idioma, término de la lingüística moderna poco conocido
por el público no familiarizado con el tema. Todos estamos lejos de
comprender la misteriosa magia de esa lengua, cuyo aprendizaje
desarrolla la inteligencia natural de los niños chinos.
Muchos productos que surgieron de
China, como la pólvora, la brújula y otros, eran desconocidos por
completo en el Viejo Continente. Si los vientos soplaran en sentido
inverso de la ruta seguida por Colón, tal vez los chinos habrían
descubierto a Europa.
Desde el año 2000, en Taiwán estaba
gobernando un partido cuya política neoliberal y proimperialista era
peor todavía que la tradicional del Kuomintang, partidario decidido de
quebrar el principio de una sola China, históricamente proclamado por
el Partido Comunista de China. Este espinoso asunto podía desatar una
guerra de imprevisibles consecuencias, como moderna espada de Damocles
sobre las cabezas de más de 1,300 millones de chinos.
La elección el pasado 23 de marzo del
candidato del antiguo partido que fue la base política de Chiang
Kai-shek constituyó sin duda, en los hechos, una victoria política y
moral de China. Aleja del poder en Taiwán a un partido que, habiendo
gobernado durante casi ocho años, estaba a punto de dar nuevos y
funestos pasos.
Según informan las agencias, fue aplastante su derrota, al obtener
solo 4,4 millones de votos de los 17,3 millones de electores con
derecho a votar.
El nuevo Presidente tomará posesión el 20 de mayo. «Firmaremos un Tratado de Paz con China», declaró.
Los cables informan que «Ma Ying-jeou es partidario de la creación
de un Mercado Común con China, principal socio comercial de la isla.»
La República Popular China se muestra digna y cautelosa sobre el
espinoso asunto. El portavoz de la Oficina de Taiwán en el Consejo
Estatal de Pekín declaró que la victoria de Ma Ying-jeou prueba que «la
independencia no es popular entre los taiwaneses».
En este lacónico mensaje se dice mucho.
En obras elaboradas por prestigiosos investigadores de Estados Unidos, se divulgó lo ocurrido en el territorio chino del Tíbet.
El libro La guerra secreta de la CIA en el Tíbet,
de Kenneth Conboy ―University Press, de Kansas―, se describe la sucia
entraña de la conspiración. William Leary lo define como «un estudio
excelente e impresionante sobre una de las operaciones secretas de la
CIA más importantes durante la guerra fría».
En el curso de dos siglos, ni un solo
país en el mundo había reconocido el Tíbet como nación independiente.
Lo consideraban parte integrante de China. En 1950 India lo conceptuaba
de esa forma, después del triunfo de la revolución comunista.
Inglaterra adoptó la misma conducta. Estados Unidos hasta la Segunda
Guerra Mundial lo consideraba parte de China, e incluso presionaba a
Inglaterra en ese sentido. Tras la guerra, en cambio, lo vieron como un
baluarte religioso contra el comunismo.
Cuando la República Popular China
aplicó la reforma agraria en los territorios tibetanos, su élite social
no aceptó que sus propiedades e intereses fuesen afectados.
Esto condujo a un levantamiento armado en 1959. La rebelión armada
en el Tíbet ―a diferencia de la de Guatemala, Cuba y otros países,
donde actuaron con apremio― fue preparada durante años por los
servicios secretos de Estados Unidos, según consta en las
investigaciones mencionadas anteriormente.
Otro libro ―que es apologético en este caso de la CIA―, Los guerreros de Buda,
cuyo autor es Mikel Dunshun, cuenta cómo la institución llevó a cientos
de tibetanos a Estados Unidos, condujo la rebelión, la equipó, envió
paracaídas con armamentos, los formó en la utilización de los mismos, a
la vez que se movían a caballo, como lo hacían los guerrilleros árabes.
El prólogo de la obra fue redactado por el Dalai Lama, quien expresa: Aunque
tenga el profundo sentimiento de que la lucha de los tibetanos sólo
podrá triunfar por un enfoque a largo plazo utilizando medios
pacíficos, siempre he admirado a estos combatientes de la libertad por
su valor y su determinación inquebrantables.
El Dalai Lama, condecorado con la Medalla de Oro del Congreso de Estados Unidos, alabó a George W. Bush por sus esfuerzos en favor de la libertad, la democracia y los derechos humanos.
La guerra en Afganistán fue calificada por el Dalai Lama como «una
liberación», la guerra de Corea como «semiliberación» y la de Viet Nam
como «un fracaso».
Hice apretada síntesis de datos tomados
por Internet, del sitio Rebelión especialmente. No incluí, por razones
de espacio y tiempo, las páginas de cada libro donde aparecen con
precisión las palabras textuales utilizadas.
Hay personas que padecen de
chino-fobia, un hábito bastante generalizado en muchos occidentales,
acostumbrados, por educación y cultura diferentes, a mirar con
desprecio lo que viene de China.
Era yo niño prácticamente, cuando ya se hablaba del «peligro
amarillo». La revolución china parecía entonces un imposible; las
causas verdaderas del espíritu antichino eran en el fondo racistas.
¿Por qué tanto se empeña el imperialismo en someter a China, de forma directa o indirecta, a un desgaste internacional?
Antaño, es decir, hace 50 años, para negarle las prerrogativas
heroicamente ganadas como miembro pleno del Consejo de Seguridad;
después, con motivo de los errores que condujeron a las protestas de
Tiananmen, donde se endiosaba a la Estatua de la Libertad, símbolo de
un imperio que es hoy la negación de todas las libertades.
La legislación de la República Popular
China se esmeró en la proclamación y aplicación del respeto al derecho
y a la cultura de 55 minorías étnicas.
La República Popular China, a la vez, es sumamente sensible a todo lo que se relaciona con la integridad de su territorio.
La campaña orquestada contra China es
como un toque de clarín llamando a degüello para deslucir el merecido
éxito del país y su pueblo como anfitriones de los próximos Juegos
Olímpicos.
El Gobierno de Cuba emitió una
declaración categórica de apoyo a China respecto a la campaña contra
ella vinculada al Tíbet. Fue correcta esa posición. China respeta el
derecho de los ciudadanos a creer o no creer.
Hay, en ese país, grupos de creyentes
musulmanes, cristianos católicos y no católicos y de otras creencias, y
decenas de minorías étnicas, cuyos derechos están garantizados en su
Constitución. En nuestro Partido Comunista, la religión no es obstáculo
para ser militante.
Respeto el derecho a creer del Dalai-Lama, pero no estoy obligado a creer en el Dalai-Lama.
Tengo muchas razones para creer en la victoria china.
Este
artículo escrito por el Comandante Fidel Castro Ruz apareció bajo el
título: «La Victoria China» (partes I y II), el 30 y 31 de marzo de
2008 respectivamente, desde La Habana, Cuba.
Iconografía, texto de las fotos y
otras ilustraciones así que las anotaciones o reseñas abajo de página
son de la agencia peruana IPI (Informe de Prensa Internacional)
www.a-ipi.net.
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