El respeto no se exige, se merece. No existe otra fórmula ni manera de respetar algo o a alguien. Mientras Rajoy y otros arribistas advenedizos (guabinosos) del Partido Popular, y de otros partidos españoles, exigen respeto al poder judicial español por parte del Gobierno venezolano, la clase política española mira hacia otro lado (por ejemplo Venezuela) cuando la ciudadanía le pide cuentas de la vergüenza que significa que decenas de casos de malversación y corrupción milmillonarios sean escondidos, callados y maquillados por la prensa afin a esa clase dirigente, bien en el gobierno bien en la oposición.
En Venezuela viven 186.000 ciudadanos españoles e hispano-venezolanos y en el Estado español 135.000 hispano-venezolanos y 65.000 venezolanos. El 45% de los españoles que viven en Venezuela nacieron en el Estado español (Canarias 42% y Galicia 40%) y el 55% es venezolano de nacimiento.
La política exterior española se guía por intereses y no por valores. Mañana puede estar Aznar abrazando a Gadafi, o el ex presidente de Galicia, Manuel Fraga, viajando a Irán para vender sardinas o sartenes a los Ayatolás. La lista sería interminable y podríamos aderezarla con el viaje oficial de Moratinos, en un avión lleno de empresarios, a la dictadura de Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial o la camaradería de todos los presidentes socilistas españoles con la monarquía dictatorial de Marruecos. Ahí no les interesa para nada el interlocuor sino el resultado.
El interés mató al cariño dicen por ahí. Tiene razón Chávez cuando dice que tiene más que perder el Estado español con Venezuela que Venezuela con el Estado español. La monarquía constitucional española perdió hace tiempo los valores que corresponden a una democracia y a las relaciones internacionales entre iguales, ahora quiere perder la relación con un gobierno y un país cansado de gritarle a todo el mundo que sí existen los valores, y esos, cuando se cumplen, molestan y merecen respeto, mucho más que el de un juez cualquiera.
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