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    ¡Palo al Tiburón! Contra el Imperialismo en Defensa de la Soberanía

Chávez y el mal latinoamericano
Por: Carlos Nadal
Fecha de publicación: 22/08/04
imprímelo mándaselo a
tus panas
Una realidad va por delante en Venezuela. Se puede objetar lo que se quiera
sobre la persona, el historial y la política de Hugo Chávez. Pero el presidente
venezolano desde 1998 ha triunfado en tres elecciones y dos referendos.
La oposición alega que hubo fraude en el del pasado día 15, contra el juicio
de observadores internacionales. Hasta la asociación de empresarios venezolanos
aceptó el veredicto de las urnas. Y la Administración del presidente Bush
se muestra prudente ante la llamada ?revolución bolivariana?.

A la oposición heterogénea de fuerzas que acudieron a la contienda electoral
como Coordinadora Democrática en vez de cuestionar los resultados le saldría
más a cuenta iniciar una labor a fondo de reorganización y estudio de las
causas que la han llevado a la derrota.

En definitiva la jornada del 15 de agosto entroniza a Chávez como líder
de bien demostrada validez democrática. Más aún, cuando la oposición tiene
en su haber actuaciones no precisamente legítimas. Basta recordar el burdo
y fracasado golpe del año 2002 por el que se intentó derrocar al presidente
legalmente elegido y los meses de una huelga salvaje que estuvo a punto
de dañar severamente a la economía del país.

Es verdad que el teniente coronel Hugo Chávez protagonizó una intentona
golpista en el pasado. Lo cual no ha de suponer un estigma que invalide
sus actuaciones posteriores. Sobre todo, cuando éstas se ha ajustado a derecho.

¿Quién dispone ahora de mayor aval democrático? La cuestión después del
referéndum del día 15 ya no se plantea en estos términos. De cara a la opinión
internacional, tanto el presidente como la oposición se han comportado legalmente
sin mácula.

Es prácticamente general la estimación de este hecho. Aquello que debería
ser motivo de reflexión no exenta de hondas preocupaciones tendría que centrarse
en otros puntos de mira. Sin duda, con un enfoque dirigido no solamente
a Venezuela sino a toda la América Latina.

Hay un mal generalizado en Hispanoamérica. Cuando hace pocos días se informaba de que el presidente brasileño Lula da Silva se dispone a erradicar la práctica esclavitud en muchas formas del trabajo aparece con claridad que todavía
aquella área del mundo no puede entenderse sin hacer referencia a gravísimas
deficiencias elementales, no comprensibles sin remitirse a un largo pasado
en que se han combinado dos factores determinantes. Uno, el comportamiento
de Estados Unidos la gran potencia del norte, su orientación de la política
respecto a una zona que le cae tan cercana y ha carecido de amplitud de
miras, orientada simplemente a la explotación económica de sus recursos
de materias primas, sirviéndose frecuentemente de una presión traducida
en injerencias políticas cuando no en el aliento de golpes y dictaduras
militares.

Es un hecho del que Europa no está en condiciones de excluirse, cargando
sobre Estados Unidos, hipócritamente, la única responsabilidad. En esto
a Gran Bretaña le corresponde una parte nada desdeñable.

La política de inversiones y explotación ha creado desniveles fenomenales
entre formas, a veces espectaculares, de desarrollo económico y la extrema
penuria de capas ampliamente mayoritarias de la población. En este sentido,
existen dos Venezuelas como dos Brasiles. Y también naciones que no consiguen
ni un mediano despegue. Perú, Bolivia, Ecuador, Paraguay y los estados centroamericanos son buena muestra. Otras naciones como Argentina han colocado en el primer plano de la actualidad lo que la misma democracia y el sistema capitalista pueden suponer en su versión hispanoamericana.

Precisamente lo sucedido en Argentina nos sitúa en la segunda de las principales
causas de que exista esta Hispanoamérica deprimida y de tan accidentada
estabilidad. Se trata de la avidez, la corrupción y los abusos de las oligarquías
sociales, económicas y políticas. De administraciones, gobiernos, ejércitos,
grandes fortunas, sectores autóctonos frecuentemente vinculados a los intereses
norteamericanos. Los golpes militares, las revoluciones, la fuerza de la
delincuencia organizada, los violentos contrastes entre minorías acaudaladas
y extensas mayorías en la pobreza, han sido consecuencia de males endémicos,
a los cuales la gran potencia del Norte no ha puesto remedio mediante políticas
de largo alcance.

Sólo con la previa revisión de la confluencia entre la presión externa y
la complicidad autóctona en el defectuoso desenvolvimiento de Latinoamérica
cabe acercarse a la explicación de lo que sucede en Venezuela. Basta ver
la combinación de la presencia preponderante norteamericana y del desgobierno
venezolano, presente en la explotación del producto esencial para la economía
del país: el petróleo. Por el cual puede hablarse de Venezuela como un país
francamente rico pero cuya riqueza ha dejado en la miseria al 70 por ciento
de la población. Cuarenta años de alternancia o reparto del poder entre
los partidos tradicionales, el socialdemócrata Acción Democrática y el democristiano COPEI, hicieron de la corrupción un comportamiento habitual. Y si es verdad que el petróleo fue nacionalizado, allí están las grandes compañías petroleras norteamericanas. La legitimidad democrática del último referéndum da una imagen de normalidad. Pero subyacente a la misma aparecen los desequilibrios venezolanos y, en general, latinoamericanos de siempre. La opositora Coordinadora Democrática es heredera mal reconducida del bipartidismo anterior y sus vicios. También la revolución bolivariana de Chávez difícilmente puede desasirse de típicas peculiaridades de la anomalía latinoamericana. Por la persona misma de Chávez, su populismo demagógico y personalista que roza el poder autoritario y arbitrario.

Le falta al Gobierno de Chávez la eficacia de un sistema bien planificado
y de adecuadas premisas ideológicas que no respondan a golpes de efecto
de una fácil retórica. Pero nada de esto le quita que responde al apremio
de exigencias sociales muy profundas. Sus enemigos denuncian que el plan
de choque bolivariano contra el hambre, el analfabetismo y la carencia de
vivienda y de tierra se ha puesto en aplicación en tiempo oportuno para
influir en el voto de las capas más necesitadas de la población. Lo cual,
conviene insistir en ello, no invalidad que el régimen de Chávez constituya
un esfuerzo por erradicar las carencias inaceptables de una sobrada mayoría
de venezolanos.

No es un capricho que Chávez haya recurrido para sus programas de ayudas
a la aportación de 14.000 cooperantes, facilitados por la Cuba de Castro,
a cambio de petróleo a precios de favor. Y sería bueno que no se hiciera
una interpretación a su vez demagógica de este hecho aunque tenga una vertiente
propagandística innegable. Que Cuba pueda enviar a miles de médicos, educadores y técnicos agrarios para atajar males endémicos de una Venezuela que rebosa riqueza petrolífera obliga a hacer una examen de conciencia sobre cómo explicar que esta ayuda no haya provenido ya mucho antes de Estados Unidos o de países europeos.
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Carlos Nadal


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