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"Cada pescador, cada estudiante, cada
persona del pueblo debe aprender a manejar un fusil, porque es el
concepto del Pueblo en
Armas"
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El pueblo bolivariano ha sido y es víctima de una alianza conformada por
gobiernos imperialistas, una oposición agrupada por oligarcas, partidos
alineados en una política reaccionaria jamás vista, una cúpula eclesiástica
reaccionaria, mafias sindicales pasados a la fila patronal y de este lado,
por un bloque de dirigentes bolivarianos en observación debido a las
deficiencias que como dirección han tenido en distintos eventos. Todos juntos,
unos de manera conscientes, otros ingenuamente y otros ni tanto, intentan
paralizar el proceso revolucionario que el pueblo venezolano ha abierto y ha
echado a andar. No es fácil acabar con una revolución en transito.
Todavía nadie ha encontrado un método para ello que no sea la represión más
feroz, la matanza de la vanguardia, la ejecución de los líderes o la
degeneración y traición de un sector importante de la propia dirigencia
del proceso. Chávez y los hombres de dirección que lo acompañan, por
supuesto, no quieren esto. Pero el olfato del pueblo bolivariano percibe que hay
sectores en el gobierno y en las organizaciones políticas que no dan la talla,
que están en lo suyo y que aspiran un proceso revolucionario tranquilo, lleno de
paz y de apacible relaciones con los adversarios sin advertir el carácter
estructural y no voluntario de la violencia en una sociedad como la nuestra.
Este es un hecho objetivo que gira en la cabeza de un sector del proceso,
socialmente distinto al bolivarianismo popular, que pretende transitar el camino
hacia una paz envenenada que conduce a la derrota del proceso y que no se
resuelve a asumir la confrontación de clase que los sectores conspiradores
nacionales y extranjeros llevarán hasta su fase terminal sin ningún tipo
de escrúpulos. Justamente por esto, el gobierno y su dirección han sido victimas
de sus propias contradicciones.
En el interior del bloque revolucionario ha sido Chávez quién ha tensionado
el proceso, incluso colocándose a la izquierda de quienes lo acompañan. Él
ha sido el vínculo con la base y quien arma espiritual y políticamente la
vanguardia bolivariana que combate la contrarrevolución monitoreada desde el
Pentágono. Al contrario de quienes pretenden derrotar el fascismo demostrándole
a los conspiradores que ellos mismos son capaces de estrangular la revolución
bajo la bandera de la "democracia" y la negociación de una paz que avala la mas
grosera impunidad. Este sector, componente social de todo proceso
revolucionario, ni tan siquiera se plantea la cuestión del carácter social
de la revolución (los más conscientes hasta le temen y desde sus sitios de
decisión aprovechan para ahorcarla) siendo propensos en cada crisis ha
convertirse en un riesgo demostrado, porque son los primeros en forjar una
salida por la vía de potabilizar el proceso (hacerlo bebible para el capital)
con el pretexto de “salvar la permanencia pacífica de la revolución” a costa de
sacrificar hasta al propio Chávez.
Este escenario recurrente en la historia, coloca en cuestión la estrategia
revolucionaria del actual proceso, lo cual insoslayablemente pasa por el
problema de la recomposición de la dirección del mismo y de la política dirigida
a su defensa.
Por supuesto que todos queremos que se mantenga el carácter pacifico y
democrático de la revolución bolivariana, pero eso no depende de la táctica más
perfecta sino de la claridad estratégica de su defensa, la cual debe estar
orientada por una respuesta militar bolivariana de los trabajadores y el pueblo
junto a sus FAN, todos como parte de la estrategia del Pueblo en Armas, contra
cualquier intento violento dirigido a liquidar el actual proceso. Estrategia que
“oficializa” el Presidente de la República ante la majestuosa movilización del
17 de Mayo y muy probablemente a sorpresa de todos los que lo acompañaban en la
tarima esa tarde. Pero para ello se hace necesario acelerar cada vez
más el carácter protagónico del pueblo bolivariano en revolución. Acertadamente
el Presidente llama a masificar la defensa construyendo un ejército de todos,
hecho que cualifica la experiencia revolucionaria del 13 de abril en términos
de estar preparados ante un escenario de confrontación armada o para responder
acertadamente ante una conspiración cada vez más violenta que apuesta al
aniquilamiento físico de Chávez. Sin embargo, la voluntad colectiva a la
participación activa en la defensa de la nación y la revolución sabemos que solo
se logrará a través de la realización concreta de las reivindicaciones masivas
demandadas bajo todas las formas de lucha por los trabajadores y al pueblo, e
incluso por una clase media que ahora le sirve de base social a los
fascistas. Nos referimos a las demandas políticas de poder y democracia (hoy en
día gritadas a rabiar en lo que respecta al espacio político y electoral
bolivariano), las demandas de alternativa al acertijo de la dependencia y la
dominación transnacional, las demandas de propiedad sobre la tierra y control
social de la producción y la gestión pública (cosas clarísimas a nivel del
movimiento campesino o las bases obreras que hoy se organizan en espacios como
PDVSA o SIDOR), y por supuesto las demandas sociales que apenas comienzan a
tomar forma a través de las misiones: alimentación, salud, educación, vivienda,
trabajo, créditos. El pueblo en armas, en nuestro caso, es un
componente clave en la estrategia de defensa del proceso, que no se puede
confundir con un militarismo revolucionario a ultranza y que cobra sentido
con la profundización misma del proyecto integral revolucionario en términos de
avanzar en conquistas transicionales que le resten espacio a la
lógica capitalista del imperio.
Lo anterior viene al caso, porque el pueblo bolivariano (la multitud activa y
movilizada que ha sido la luz de una rebelión popular que ya lleva 15 años de
vida) ha demostrado, además de su compromiso con el proceso de cambio, su
disposición a luchar hasta la muerte por su defensa. Actos de
desprendimientos y de heroísmos impresionantes se evidenciaron durante los días
11, 12 y 13 de abril de 2002. De hecho, se trataba de un pueblo inerme en
la calle, lanzado casi al sacrificio por causa de una dirección política que
para ese momento sintetizó una gran deficiencia, producto de su incapacidad y
falta de madurez para prever y asumir en su conjunto la resolución de los
inminentes peligros que siempre acompañan la lucha de clases y que se agigantan
cuando la dirección es gobierno y a su vez conduce un proceso revolucionario
nacional enfrentado a una conspiración internacional. Una
dirección que no asimiló la derrota del 11 de abril, que vuelve a cometer
errores que fueron aprovechados por la conspiración para producir el descomunal
saboteo a nuestra principal industria nacional y que no logra descifrar las
claves de la defensa del proceso que están insertas en esos hechos inéditos que
protagonizó la unidad del pueblo, los trabajadores y militares bolivarianos.
Colectivo de antidirección con el que se confunde en muchas ocasiones el mismo
Chávez al menos hasta el momento en que se derrota definitivamente la
conspiración petrolera en febrero del 2003 y se comienza a pregonar el principio
de “revolución en la revolución” y que ahora, al entrar en su fase
“antiimperialista”, pega el salto formal consustancial a todo proceso
revolucionario nacional que aspira a deslastrarse de su carácter dependiente y
semicolonial.
La ruta contrarrevolucionaria
Es valido precisar y recordar como se distorsiona y a la final se
descubren los distintos caminos en que ha desembocado la llamada “Ruta
Democrática” de la que tanto habla la oposición venezolana. Recurrentemente, los
caminos se bifurcan hacia los atajos inconstitucionales y una y otra vez el
pueblo bolivariano los derrota en el marco pacífico y democrático que ha venido
construyendo como dinámica de cambio; proceso revolucionario inédito, abierto a
partir del 27-F de 1989 y que continua, testarudamente, en proceso constituyente
a pesar de los obstáculos. Aun están recientes, en la memoria del
pueblo venezolano, los hechos de una oposición “democrática” que escogió la
ruta golpista, en abril de 2002, contra un gobierno constitucional y
legitimado siete veces en eventos electorales de participación popular. Nadie
olvida la ruta del saboteo y caos económico que posteriormente escogió
esta misma oposición “democrática”, en diciembre 2002 y enero 2003, con el
objetivo de coronar otra aventura golpista. Los hechos “pacíficos y de
desobediencia civil” que apuntaban a sabotear la Cumbre del G-15, por orden del
imperio, y que se convirtieron en ejercicios de control territorial, en sectores
urbanos de la clase media, demarcados a fuego, plomo y con apoyo de policías
municipales y estatales golpistas que tuvieron sus consecuencias en muertes
lamentables y violaciones de todo tipo contra el Estado y sus propios vecinos
que eran la inmensa mayoría... la ruta de la Guarimba y del anunciado
desmembramiento territorial. Después la ruta del fraude
constitucional que le pretendió imponer al pueblo bolivariano una sentencia
mafiosa urdida en la Sala Electoral del TSJ. Y ahora, la
impresionante ruta de la confabulación mercenaria que ha concebido la oposición
en conjunto (estando o no estando en Daktari) con los gobiernos de Bush y Uribe
en el marco de la orientación del Plan Colombia.
Nuevamente el látigo de la contrarrevolución hace consciente los peligros
que asechan a la revolución. Los recientes hechos indican los
ilimitados métodos y mecanismos que una parte importante de la oposición es
capaz de activar en busca de sus fines. Se trata de una confrontación donde los
enemigos del proceso evidencian, sin ningún tipo de miramientos, hasta donde
están dispuestos a llegar y donde se constata una dirección
contrarrevolucionaria demencial que se ha ganado a importantes sectores
políticos, militares y de la clase media en un plan imperial que para su
implementación siempre estará al asecho de cualquier debilidad del proceso para
su aniquilamiento.
La entrada a la fase antiimperialista
Sin lugar a dudas que fue necesario que se produzcan todos estos hechos de
conspiración contrarrevolucionaria para interiorizar conscientemente la
obligatoriedad de discutir abiertamente y tensionar hacia la puesta en práctica
de una nueva línea estratégica que revierta por completo la direccionalidad y el
concepto de defensa utilizados oficialmente en el curso del proceso
revolucionario. No solo hemos vivido una prolifera experiencia de
confrontación, sino que hemos visto como en otros países son barridos por el
imperio ejércitos entrenados en guerras y que pasan por procesos de resistencia
que indican un cúmulo de variantes de luchas que tienen por centro la lógica del
pueblo en armas o ejercito de multitudes. A pesar de nuestras limitaciones
hemos venido colocando esta discusión en la calle, y ahora que se convierte en
una política de Estado (al menos del nuevo Estado revolucionario que poco a poco
toma vuelo) nos damos cuenta del esfuerzo descomunal y sistemático que implica
precisar los niveles organizativos dirigidos a articular y realizar esta tarea.
Esto nos impone el reto de afinar mucho más el campo orgánico de la revolución
para hacer corresponder la política presidencial con la práctica colectiva.
La entrada en la fase antiimperialista de la revolución, formalizada por
Chávez en la manifestación del 17 de Mayo, comenzó en realidad a manifestarse
como fenómeno de conciencia colectiva luego de la rebelión del 13 de Abril del
2002. La evidente participación del departamento de estado en el
golpe de estado forzó la proliferación de discursos, consignas, deseos
colectivos dirigidos a enfrentar la política imperial en Venezuela. Pero, como
decíamos para ese entonces, no había ni presidente ni dirigencia política
dispuesta a hacerse eco de esta razón colectiva. Quizás por ello durante
dos años una dirigencia mayoritariamente vaciada de disposición a la lucha por
un mundo mejor (confunden mundo con cargo), pudo manipular el escenario político
minimizándolo a un ridículo maniqueísmo de confrontación entre ellos -los héroes
de la revolución- y un grupo de conspiradores reunidos en la coordinadora
democrática y los medios privados. Pero poco a poco se hizo imposible mantener
esta lógica de discurso sin reconocer por un lado quienes eran los verdaderos
príncipes de este proceso, y por otro lado, quien era el verdadero amo detrás de
la partida conspirativa y mediática. La dialéctica revolucionaria obligó
finalmente a que se reconozca lo ya conocido: que hoy por hoy la primera gran
confrontación la protagonizan el imperio como máquina de muerte y dominio, y la
fuerza de liberación en que se ha ido convirtiendo el bolivarianismo de base en
toda su diversidad de expresiones. Llegado este momento, el mas genial de los
lectores de este fascinante proceso: el comandante Hugo Chávez, primero admite
que definitivamente hemos entrado en una fase antiimperialista del proceso, y
segundo, saca las conclusiones necesarias de lo que esto representa desde el
punto de vista político-militar: la generación de una nueva política de defensa
centrada en el principio del pueblo en armas y, como presidente, así la decreta
frente a millones de almas.
Empieza a despejarse como decíamos un horizonte efectivamente revolucionario
que va a exigir el acoplamiento entre posición antiimperialista y la
radicalización del programa democrático y popular de la revolución bolivariana.
En nuestro criterio esta doble exigencia implica resolver algunos baches de
camino que son esenciales dentro de esta fase antiimperialista. Tenemos
entre ellos:
1. La construcción de una nueva
dirigencia revolucionaria que pueda resumir efectivamente lo que es actualmente
el campo movimiental bolivariano. Ningún ejército popular que no se convierta en
un instrumento del militarismo o una pieza de la manipulación oportunista y
electorera se podrá hacer contando con los niveles “oficiales” de dirección
revolucionaria actualmente existente. Se necesita una nueva dirección que nada
tenga que ver con esta cultura política de la cuarta república centrada en
cargos, contratos y candidaturas. Para esto por supuesto necesitamos resolver
niveles síntesis del movimiento real ligado a la práctica del poder popular,
algo que afortunadamente empieza a resolverse a través de la consolidación de la
UNT (Unión Nacional de Trabajadores) y el movimiento campesino, la creación en
un futuro próximo del Congreso Nacional del Poder Popular emprendida por
Conexión Social, la asunción de los movimientos cooperativos y la coordinación
de Círculos Bolivarianos como de los Comité de Tierra y Salud, la consolidación
de ANMCLA (Asociación Nacional de Medios Comunitarios, Libres y Alternativos) y
de todo el espacio comunicacional alternativo, la integración del campo de las
misiones y particularmente de la Misión Vuelvan Caras como espacio masivo de
formación político-laboral y generación de nuevas estructuras socio-económicas,
y la misma generación de tendencias críticas dentro de los partidos políticos
ligados al proyecto bolivariano.
2. Acelerar la transformación de las mismas estructuras de la FAN que en
normativas, formación, comportamientos jerárquicos, y estructura funcional, aún
conserva las características de aquella Fuerza Armada hecha para garantizar la
sociedad oligárquica y neocolonizada que hemos sido por casi dos siglos. Esto
será fundamental para garantizar la integración definitiva entre el colectivo
popular y las estructuras militares, integración que fracasaría si se hace en
base a la estructura armada que hoy tenemos.
3. Se necesita para ello la participación dentro del Consejo de
Seguridad y Defensa, últimamente conformado, de miembros directos del espacio
laboral y popular, de manera que se pueda obtener en este consejo una política
de conjunto desde una visión integral, tal cual la expresa la propia política
del “Pueblo en Armas” anunciada por el presidente.
4. Se necesitará filtrar definitivamente todo lo que es actualmente el manejo
de las estructuras del ejecutivo y de empresas de primer orden como PDVSA y la
CVG. Es evidente la ausencia en estos momentos de una estructura de gobierno que
convalide los retos antiimperialistas y de radicalización revolucionaria
planteados, incluida la gerencia de instituciones claves como Ministerio de
Finanzas, Banco Central, o la petrolera donde empiezan a revelarse situaciones a
nivel de sus finanzas, política estratégica, relaciones con el capital
transnacional petrolero, gerencia interna, informática, donde no solamente se
evidencian comportamientos corruptos sino de orden contrarrevolucionario y
conspirativo que chocan con el alto nivel de conciencia y compromiso adquirido
por sus trabajadores y mucha de su planta técnica luego de la victoria del
2003.
5. Estos puntos tienen que ser debatidos sistemáticamente por los movimientos
populares, sacando de allí una política constante de discusión, organización,
movilización, investigación y formación, que en combinación con las actuales
iniciativas de formación, como es el caso de la Escuela Negro Primero, puedan
ayudar a una justa síntesis entre defensa de la nación, radicalización del
programa revolucionario, y características propias del los movimientos populares
criados desde una profunda diversidad y autonomía.
Proyecto Nuestramérica-Movimiento 13 de Abril