Tradicionalmente, la organización y la activación de fuerzas paramilitares en
los países de la América Latina se ha correspondido con el tratamiento de
las luchas insurgentes y de los movimientos populares que en sus respectivos
países enfrentan la ausencia o la estrechez de los canales de participación y la
exclusión social y política. Ahora bien, ¿Por qué se habla de tratamiento
y no de enfrentamiento? Pues, porque con estas fuerzas no se busca enfrentar a
los actores armados de la insurgencia, de la subversión, lo que además, en
principio corresponde al Estado, el cual tiene el mandato del ejercicio y el
monopolio legítimo de la violencia, a través de sus fuerzas armadas, lo que se
persigue con la activación de grupos paramilitares es aterrorizar, neutralizar y
eliminar a la población civil y base social de apoyo de la insurgencia armada
–como en el caso de Colombia- y también a los líderes y luchadores sociales y
políticos, a los defensores de Derechos Humanos y al movimiento popular en
general, existan o no guerrillas . En Colombia, por ejemplo la alianza que dio
origen a la formación de grupos paramilitares por allá por el año 1982 en Puerto
Boyacá incluyó a élites regionales, a terratenientes, a la clase política, a
militares –por no concluir que a la institución en su conjunto- y a diversos
actores de los Estados Unidos, es decir, el Estado de los EEUU pero también
ong’s gringas como YMCA y Tradición, Familia y Propiedad.
La analogía con el caso venezolano, es decir, con la importación de
paramilitares a nuestro país se debe a que también se está subvirtiendo, en
nuestro país, un orden, se está transitando un proceso de emancipación, de
inclusión social y política, de desplazamiento de la antigua hegemonía
oligárquica, elitista y burocrática por una popular-democrática, en este caso
desde el Estado y desde parte de la sociedad, esta sociedad tradicionalmente
excluida de los pactos constitutivos de la IV República y que ha tenido en este
proceso la posibilidad de ser sujeto de derechos, de constitucionalizarse y de
participar social y políticamente. En este sentido, los factores económicos,
políticos, militares y sociales de la oposición, la llamada ultraderecha –aunque
con la connivencia del resto de la oposición- copian e importan esta estrategia
para intentar frustrar y acabar con el proyecto bolivariano, de democracia
social radical. ¿Los posibles blancos de ataque? Posibles no, llevan ya tiempo
asesinando campesinos y luchadores sociales en el interior y en la frontera del
país, así mismo la gente que participa en barrio adentro, las misiones
educativas, los comités de tierra y de salud, los delegados locales y todos
aquellos que identifiquen como acompañantes y portadores del proyecto de
emancipación serían los blancos de ataque.
El inventario está hecho: aquí y allá, en Colombia y en Venezuela, la
hegemonía oligárquica-liberal, patrimonialista está empeñada en no transitar el
camino democrático, en no ser plural, en no negociar, en ambos países hay
proyectos de cambio –y en cuanto a Colombia me refiero al movimiento y a la
organización popular y ciudadana más que a la insurgencia armada- allá es
gobierno, aquí es oposición pero una oposición con mucho poder que no acepta la
democratización del poder, el poder del pueblo y recurre una y otra vez a
intervenciones quirúrgicas de mucho desgaste, que recrudecen cada vez más la
polarización existente y que no se sabe cuando impliquen mucha pérdida de
sangre.