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En el año 1626, en Haití se instalaron los piratas franceses entrando por la Isla Tortuga al norte del país, con una historia que se confunde con la de la colonia de La Española. La penetración francesa fue reconocida por el “gobierno español” en el tratado de Ryswick, en 1697. Esta zona muy pronto se convirtió en una de las colonias más prósperas de las Antillas, a lo cual contribuyó notablemente la llegada de personas reclutadas como esclavos traídos de África, que pronto superaron a la población europea, bajo un férreo y cruel sistema esclavista, con una población de 300 mil esclavos, 12 mil personas libres, entre blancos y mulatos. España cedió también a Francia la parte oriental de la isla en 1795, pero los negros dirigidos por Francois Dominique Toussaint-Louverture, que entre 1793 y 1802, dirigió la revolución con sagacidad enfrentando a españoles, ingleses y franceses. Al año siguiente, 1803, Jean Jacques Dessalines, vence a las tropas francesas en la batalla de Vertierres y en 1804, declara definitivamente la Independencia de Haití. Jean Jacques Dessalines fue nombrado gobernador y luego emperador (1804), pero murió asesinado en 1806. Su sucesor, Henri Christophe, decidió declararse emperador en el norte del país, mientras que Alexandre Pétion gobernó como presidente de la República en el sur. Jean Pierre Boyer, presidente en 1818, terminó con la secesión norteña e invadió el territorio dominicano en 1822, que fue anexionado a Haití hasta 1844. Desde entonces, la República de Haití ha pasado por períodos de intensas luchas políticas, conflictos fronterizos con el país vecino, desorden administrativo, crímenes políticos y demás, que desembocaron en la intervención yanqui de 1915. El gobierno de USA, se hizo cargo de las Aduanas, y no desocupó el país ¡qué belleza!, hasta 1934. En 1957, USA puso en la presidencia a Francois Duvalier, ¡todo un caramelito!, quien unificó la Cámara del Senado al establecer el Congreso unicameral en 1961, y se hizo nombrar después presidente vitalicio. Dejó heredero al morir en 1971, a su hijo Jean-Claude, ¡otra joyita!, que fue derrocado en febrero de 1986. En enero de 1988 fue electo presidente de la República Leslie Manigat, derrocado por el general Namphy y éste a su vez en septiembre de 1988 por el general Prosper Avril, quien dimitió en marzo de 1990. Tras la presidencia provisional de Ertha Pascal Trouillot, depuesta también por un golpe de estado. En febrero de 1991 fue electo presidente Jean Bertrand Aristide, quien es depuesto por golpe de estado por las tropas yanquis, quien es secuestrado y llevado a Suráfrica y ocupan a Haití los cascos azules, los miserables de la ONU. En 2006, resulta electo presidente, René Preval, que si todavía subsiste, es porque el imperio-sionista estará complacido.
La introducción, me parece necesaria para palpar con objetividad lo grande de su historia, asediada, maltratada por quienes en una oportunidad la pelaron como a cerdo en matadero. No dejaron nada, no atendieron a nadie, no agradecieron lo que ilegalmente se llevaron, no compensaron y no lo harán, el haber aumentado su poder y riqueza a costa de Haití. Sólo se llenan la tronera pútrida que tienen sobre la quijada al moverla balbuceante para decir: fue o es, “posesión nuestra de ultramar”. El hambre, la miseria, las pestes, la ignorancia, el atraso, el asolamiento espiritual, el entierro de una cultura que allí floreció, que compartió, que era feliz, trabajadora, creativa, que fueron grandes navegantes, como los Arawack, Caribes, Taínos, todo eso lo borraron, lo desecharon porque para ellos era inmundicia, pero estoy seguro, que en sus malolientes y vergonzosos museos, exhiben y te cobran para que uno vea sus trofeos de espoleamiento, de saqueos, robos descarados, pero no vemos o negamos el cordel infinito de sangre que deja esa maldita huella de los colonizadores salvajes que están volviendo al mundo un desierto. Siempre pasó y seguirá, si el mundo que quiere ser libre, no se educa y combate con la vida, a estos piratas aupados por esa cueva de cobardes serviles del imperio-sionista que tiene la desfachatez de llamarse “organización de las naciones unidas”. ¡Qué vergüenza; qué asco! ¡Esto va también con la inútil OEA!
Año tras año, desde hace siglos, Haití muere. Muere humillada, nadie de los grandes que son por las riquezas extraídas y mal habidas, de los que han detentado la fuerza criminal como filosofía, para llenarse de oro, y que presentan la historia, hecha por ellos a su favor, como la más civilizada y llena de buena voluntad. ¡BASURA MENTIROSA! ¿Qué han hecho por Haití sus asesinos, sus quebradores como Francia, Inglaterra y ahora el sionismo-yanqui? Pasan los huracanes, a 420 km/h, y arrasan a sus pueblos, desaparecen niños, mujeres, ancianos, se llenan de plagas, diluvios y Haití no tiene donde guarecerse, no tiene a quien acudir, a quien reclamar su sitio de honor que bien merece. La maldita ONU, y la no menos OEA, miran para el peligro amarillo o palestino, miran para el petróleo del medio oriente, el de Venezuela, pretenden suprimir a Irak, Irán, Afganistán, para ROBARSE sus riquezas, la cuenca Amazónica y el agua hasta Paraguay. Y, Haití muriéndose de mengua, porque ya no tienen que exprimirle. Haití muere deshonrada por sus ejecutores franceses, ingleses, y el centenario imperio yanqui. Haití muere frente a la indolencia de sus vecinos y las “grandes potencias”, le dan el puntillazo de odio, de desprecio, aplastada por el desagradecimiento. Dónde están las perversas religiones que invocan a un dios que se hace el loco, inexistente, que no ayuda, que no sirve al igual que la ONU-OEA. Religiones que tienen dormido de estupidez a los pueblos que tratan de levantarse por la grieta casi sellada que queda entre la bota opresora y la tierra cómplice del tacón tirano. Indignos, ONU-OEA, imperiales, que sólo quieren de los países serviles y asociados, que levanten la mano para votar, cuando el sátrapa dominante lo ordena, en favor de sus sucios y criminales intereses.
Haití. Qué dolor me da entre pecho y espalda. Cómo quisiera que tú como pueblo, explotaras tu moral y tu dignidad, en esos inservibles e inoficiosos organismos que agrupan la amoralidad, la falsedad, el sadismo que escurre dólares, a los que Haití desinteresadamente, ayudó a juntar sin saber que era cuchillo para su propio “pescuezo”. ¿No se merece el haitiano, un kilo de arroz, una arroba de carne, una cántara de leche, una tortilla o arepa de maíz, un modesto techo, una buena escuela, un hospital, un trabajo, un campo florido, un vaso de agua fresca, un día de trabajo y una noche plenilunar, en vez del látigo feudal esclavista, al que lo han sometido durante siglos? ¿Ah? ¡Díganme ustedes, casquivanas ONU-OEA! Dígame usted óleo imperio. Díganme ustedes franceses, ingleses. ¡Digan algo que se les pueda aplaudir, algo que conmueva! ¿Qué pensarán o qué se les ocurrirá a los mercenarios asesinos dolarizados cascos azules, defensores del oprobio, disfrazados de pacifistas? ¡HASTA CUÁNDO HAITÍ!
gtariba@cantv.net
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