La Junta de Gobierno se sintió muy confundida al
enterarse de los escupitajos lanzados a los Nixon. Ante “repelente ignominia”,
Betancourt entra en un trance de incontenibles irritaciones. Hay que tener en
cuenta que Nixon en ese momento era el político norteamericano con mayores
conexiones con Rafael Leonidas Trujillo, y aquella visita llevaba implícita la
realización de ciertos reacomodos para una nueva geopolítica en el Caribe. Es
el mismo Rómulo, el mejor enterado de estos planes. Planteaban los expertos
gringos en Guerra
Fría: “En Venezuela queremos paz y
por nada del mundo podemos permitir actos irresponsables que coloquen a la
región en una alto grado de inestabilidad social.”
A Betancourt
no le queda otra cosa que pedir: -calma, calma… un país que no
respeta a sus “amigos” (ricos que mañana pueden invertir) estará
destinado a vivir en un pertinaz fracaso y en una incurable miseria. Son
cosas para él, sencillamente de sentido común.
Hubo fuertes
presiones sobre Larrazábal para que se dirigiera hasta la residencia del
embajador gringo y presentar sus saludos a Nixon. Él vacilaba: —¿Yo?
No yo tengo por qué ir allí a saludar
a nadie. No señor, yo soy el Presidente de la República. Cómo me voy a
rebajar a eso. Es a él a quien corresponde venir a Miraflores.
Voces y manos peludas se agitaban desde los altos mandos adecos. Para un caso
tan delicado, a nadie más indicado para pedirle un consejo que a Rómulo
Betancourt. Se le explicó a Larrazábal que así actuaba la diplomacia
estadounidense, rompiendo reglas y esquemas, colocándose por encima de los
protocolos y de las leyes internacionales. No faltó quien le dijera: – Si
usted tiene aspiraciones presidenciales, le aconsejo que se acerque a la
residencia del embajador. Pues bien, lo hicieron cambiar de idea, y a los
pocos minutos de una platica con sus asesores, solicitó que lo llevaran ante el
vicepresidente norteamericano.
Simultáneamente
a esta decisión, nos encontramos a Betancourt actuar sin cortapisas; dirige un
discurso frontal contra los “irresponsables de ese radicalismo izquierdista”.
Se dirige a la televisión y ante las cámaras califica
la acción
de la poblada que atacó a Nixon de “insólita falta de
educación para con un importante visitante extranjero”. Se le ha dejado
campo
libre a la voz de la experiencia. Los empresarios, la Iglesia, los
partidos, giran alrededor de las decisiones de este hombre quien
evidentemente
tiene un enorme ascendiente sobre los que en Washington toman las
decisiones
para América Latina.
El PCV hacía
maromas para no aparecer como culpable de la agitación y le pide calma a su
militancia: que no vaya a caer en provocaciones que lesionen el espíritu
unitario. La unidad tenía que construirla el PCV con un gran acto de masas,
pidiendo la expulsión del país del verdadero provocador. Porque para eso se
encontraba Nixon entre nosotros.
Sumergido el
país en tan grave situación va el multimillonario Eugenio Mendoza a palacio
dizque para tratar de calmar los ánimos. Larrazábal, le mira desconcertado,
presionado como se encuentra por militares patriotas que ahora le reprochan su
servilismo ante quien nos insulta y nos arremete. Mendoza se lo encuentra con
cara de perro, porque late en sus sienes una dura reconvención que le han hecho
sus compañeros de armas y que la historia le cobrará su felonía. –No estoy
para hablar con nadie, le dice a don Eugenio, incluso, descontrolado le
grita: “¡Nixon, no!”[1]
Seguidamente, como si hubiese cogido un desconocido impulso interior, va y
solicita la exclusión de la Junta, de Mendoza y de su íntimo, Blas Lamberti. Se presenta pues una crisis de
Gabinete. Se le sigue sacando partido el misil gringo lanzado contra el país y
que sin ninguna duda forma parte de un plan muy bien concebido en Washington
por Betancourt, Frances Grant, Serafino Romualdi y Pepe Figueres.
Para solventar
aquella crisis, a Larrazábal no le queda otra opción que incorporar a
la Junta a otro caimán del mismo pozo de Mendoza: al derechista y
multimillonario Arturo Sosa.
El vicealmirante trata de explicarle a sus compañeros de armas, que lo
va a
balancear con la incorporación del conservador nacionalista, Edgar
Sanabria
Hay que hacer
notar que Eugenio Mendoza había venido fastidiando a Larrazábal con que se le
permitiera entrar en el negocio petrolero, y Sanabria le atacó con
determinación haciendo ver que tal aspiración era antipatriótica e
insolentemente personalista, que en nada favorecería el desarrollo del país.
Betancourt
atento a los “agravios a Nixon”, se comunicó con sus colegas Caldera y Villalba
para pedirles que como máximos
dirigentes de sus partidos, salieran a dar declaraciones condenando los actos
violentos. Betancourt seguía insistiendo ante la prensa:
Hoy ha vivido nuestra ciudad, ilustre por mil
títulos en la historia de las luchas por la libertad, una hora innoble.
Agitadores irresponsables, procediendo a espaldas y contra arraigadas
tradiciones venezolanas, han promovido motines contra el Vicepresidente de los
Estados Unidos, señor Nixon, llegando al extremo insólito de haber irrespetado
a su esposa, así como a las de los funcionarios del Ejecutivo venezolano que la
acompañaban [...][2]