Colombia y la Revolución Bolivariana

No es casual la posición asumida por el estado colombiano con respecto a la revolución bolivariana, tal como lo afirma el presidente Chávez, en esa posición virulenta, cobarde e irracional existe mucho de temor, verdadero temor, mucho miedo atormenta a la oligarquía colombiana, es un miedo histórico, de casi dos siglos, en donde la historia, como una noria, se repite una vez más. Ayer fue el artero asesinato de Sucre, el atentado a Bolívar y como siempre, la táctica del disimulo, la hipocresía y la actitud más rastrera de ser humano, la traición, hoy es el alevoso ataque a Ecuador, la masacre de los combatientes de las FARC y la agresión deliberada a países hermanos.

La traición es "lugar común" de esta oligarquía, como todas las oligarquías, como todo sistema de dominación, injusto y deplorable; es la esencia del capitalismo que choca contra toda idea libertaria y contra la doctrina socialista de justicia y paz.

Cuando hacemos alguna referencia histórica y nos referimos a las clases dominantes colombianas específicamente y sus actuaciones, la antítesis a ellos significó la acción de verdaderos revolucionarios; basta leer la historia de un Girardot, Ricaurte, entre otros muchos, algunos de ellos verdaderos héroes anónimos, tan anónimos que aún permanecen "subversivos" en la historia, pero a la vez, motivo de profundas preocupaciones por parte de la alta oligarquía colombiana.

Recordemos el Ejército Libertador, como se fraguo, en medio de una verdadera unidad de los dos países, no obstante, Bolívar, el padre de ese gran ejército siempre fue odiado por la oligarquía colombiana, no podíamos esperar otra cosa, las oligarquías odian a los libertadores. Igual suerte corrieron quienes siguieron sus ideas, quienes fueron capaces de luchar contra la corriente, de desechar la vida fácil rodeada de poder y gloria para no perder la perspectiva y no traicionar al pueblo. "El camino es largo y tortuoso, pero es el camino", palabras del comandante Chimiro, tan tortuoso que muchas veces se ofrenda la vida, pero "es el camino". La oligarquía colombiana quisiera, siempre ha querido borrar la historia, borrar a Bolívar, Rodríguez y Sucre. La unidad latinoamericana en su concepción es la "ampliación de un negocio", para nada intervienen en sus cálculos el factor humano de los pueblos, de allí lo voluble ante el imperio y lo frágil también de sus posiciones a pesar de su prepotencia y orgullo mezquino.

La revolución Bolivariana despierta en ellos el más absoluto terror, bien señalado por el presidente; la "mata de nervios" en que se convierte Uribe cada vez que le toca enfrentar las ideas libertarias, recurre siempre a la exposición de su "tesis guerrerista" de la "seguridad democrática", él bien sabe que la misma choca con la historia de todo un pueblo, de ejércitos libertadores que cuando buscan sus raíces se encuentran con una historia de lucha antiimperialista. Un pueblo que apenas hace 200 años luchó unido contra el imperio, hoy lo pretenden dividir, luego de la "Cosiata", la doctrina Monroe y sus "derivados", se apresta a confrontar dos posiciones, una retomando las banderas dejadas por los libertadores, la otra tratando de revivir otras "cosiatas" de nuevo cuño, aderezadas con discursos bonitos, frases preelaboradas y odios exacerbados, incluido además el posicionamiento del estado colombiano por paramilitares, bandidos y narcotraficantes.

Los gobiernos decentes de Latinoamérica y el mundo debieran revisar en detalle el caso del "estado paramilitar" colombiano, ahora con suficientes pruebas también que lo vinculan al narcotráfico, en definitiva vienen siendo la misma cosa; más de tres decenas de integrantes del senado colombiano enjuiciados por narcotráfico y paramilitarismo que en el fondo viene siendo lo mismo en Colombia y en cualquier parte del mundo. Por el bien de la humanidad, el mundo, y muy especialmente Latinoamérica debería fijar posiciones muy sólidas con respecto al tema colombiano. Sabemos la vocación pacifista de nuestro gobierno, al igual que otros gobiernos progresistas latinoamericanos, sin embargo, en aras de la paz, se debe impulsar mecanismos diplomáticos efectivos con respecto al tema colombiano, para salirle al paso a las pretensiones de éstos de convertir a la región en una zona de guerra entre hermanos.

Un estado como el colombiano, capaz de impulsar una guerra fratricida en la región, no puede recibir otra cosa en respuesta que la condena de todos los estados latinoamericanos, Venezuela, Ecuador y Brasil, vecinos de este estado violador de muchas disposiciones contempladas en el derecho internacional, no debe limitar este tema solo a un "apretón de manos" y una que otra declaración de rechazo en alguna cumbre de la región, tampoco se debe limitar a lo meramente retórico, es necesario encontrar mecanismos ad hoc para el tratamiento con un estado que dejando a un lado principios del derecho internacional se prestan como verdaderos forajidos a la estrategia imperialista de apoyar infinidad de procedimientos ilegales, sancionados por organismos internacionales y los cuales contempla, en rol estelar, el diseño y ejecución por parte de los que se pueden catalogar como criminales de guerra, de políticas que asumen un ropaje "democrático", pero que en el fondo obedecen a bastardas intenciones, propias de un estado forajido cuyo principal sostén es la guerra y el narcotráfico.

Ni siquiera el congreso Estadounidense fue capaz de aprobar el TLC impulsado por el pentágono y el gobierno colombiano, la actuación y promoción del paramilitarismo, que a su vez maneja, como todos saben, el negocio del narcotráfico, con la estela de violencia que esto implica debería ser causa suficiente para recibir la condena de la comunidad internacional. El colmo es que, por el contrario, es justamente el estado colombiano el utilizado por el imperio norteamericano para atacar y "acusar" a gobiernos progresistas de la región de tener "vínculos con las FARC", es decir, con la violencia, sin explicar las razones históricas que nos lleva a tal como lo señala el presidente de Ecuador, "limitar con las FARC", cuya responsabilidad es única y exclusiva producto de la violencia de Colombia. La tesis mentirosa de la "guerra preventiva", instrumento con patente estadounidense, es la "filosofía" de un gobierno colombiano atrapado por su propia podredumbre, fácil presa del chantaje de los "halcones guerreristas del pentágono" quienes lo manejan a su antojo y les dictan lineamientos. En una circunstancia de este tipo, sería sano además, iniciar una ofensiva diplomática que coloque a este estado forajido en su "santo lugar" y para ello la reacción debe involucrar a todo gobierno decente de la región y el mundo.

Venezuela, país que por sus características geográficas mantiene una permanente relación con este país, debe ser el mayor preocupado por impulsar este tipo de iniciativas, quizá sea tremendista esta posición, no obstante, puede significar una medida efectiva contra un estado que, tal como lo señala el presidente, es un estado manejado por una oligarquía capaz de cualquier cosa, motivada por el temor de esa oligarquía a lo que Chávez califica de "efecto desencadenante" de la revolución bolivariana y más peligrosa se torna aún al ser manejada por el paramilitarismo y el narcotráfico.

El análisis del presidente es acertado, ubica la verdadera causa, sin embargo, no nos estamos enfrentando a la tradicional oligarquía, nos enfrentamos a quienes con "sangre y fuego" imponen su política asesina y en Colombia colonizan todos los ámbitos, fundamentalmente el económico y el político. Si partimos de una tesis con esas características, llegaremos a la conclusión que, estamos enfrentados a unos asesinos paramilitares y narcotraficantes que son capaces de los más abominables asesinatos para mantener su hegemonía. No sabemos si la guerra o la penetración a nuestro país serán a punta de "motosierra" y otras "tácticas" que forman parte de "lo común" de los paramilitares, quienes hoy desde el palacio de Nariño dirigen la política de ese país. La oligarquía colombiana, en medio de ese temor a los cambios y las revoluciones, fueron capaces de acordarse con narcotraficantes y paramilitares, hoy son rehenes de éstos y obedecen a sus más oscuros intereses. La actuación del ministro Santos, perteneciente a esa rancia oligarquía tradicional colombiana, en perfecta sintonía con militares de la calaña del señor Naranjo (pariente directo de un jefe narco, preso en Europa), demuestran esa alianza diabólica entre la oligarquía tradicional, que antes asesinaba, despojaba igual, pero usando otros métodos, ahora, con las tácticas de los narcotraficantes y con el manejo del estado son una "bomba de tiempo" en contra de nuestros pueblos.

Sería injusto no hacer referencia al "efecto" al cual se refiere Chávez, el pueblo colombiano humilde, a sectores militares progresistas que seguramente existen, a pesar de la guerra mediática, siempre encontrará arrestos suficientes para conocer y empuñar ideales de libertad, eso hace temblar a la oligarquía. Es imposible que todo el estamento militar colombiano sea corrupto, narcotraficante y capaz de soportar siempre la política de ese estado forajido, violador de los derechos humanos, algo debe estar pasando, por otra parte esta un pueblo sufrido, obligado muchas veces a desplazarse a otros países como el nuestro a pasar trabajo, explotado muchas veces por los oligarcas de aquí; ese pueblo, en estos diez años de revolución ha comprendido que solo en revolución y socialismo se puede alcanzar la justicia social, ese pueblo que ha recibido de nuestra revolución todo el respaldo que ha sido posible, tiene raíces en Colombia, tiene vínculos, familia y se reencuentra con su historia de lucha y libertad cada día en el ejemplo cotidiano del pueblo venezolano a cuyo destino esta echada su suerte, es a eso que le teme la oligarquía colombiana.

No seríamos revolucionarios sino confiamos en el pueblo, y el pueblo colombiano hoy más que nunca requiere de una dirección que lo oriente hacia el camino de la justicia social, para ello, el gobierno de la oligarquía actual está cada vez más desfasado y distante de poder contener lo que avanza imparable por toda Latinoamérica. Llegó la hora de los pueblos y la oligarquía colombiana en su locura pretende borrar de la historia toda la gesta que significó la independencia y los siglos posteriores, siglos de lucha, de heroísmo, de resistencia, eso jamás lo entenderán quienes, apoyados por el imperio pretenden desconocer la historia de rebeldía expresada en centenares de manifestaciones.

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