Estrategias del imperialismo: asegurar el petróleo del mundo y refinar la capacidad de intervención

El capitalismo en su fase imperialista se ha transformado en un sistema mundial de dominación colonial y de estrangulamiento financiero de la inmensa mayoría de la población del planeta por un pequeño grupo de países imperialistas. Como vemos la naturaleza del imperialismo contemporáneo dista de los grandes imperios territoriales que se dieron en la Antigüedad y en la Edad Media. Los antiguos imperios se basaban casi exclusivamente en la conquista militar que unificaba territorios y reunía pueblos alrededor del Imperio. Mientras que el imperialismo contemporáneo es una fase producto del desarrollo del capitalismo. La característica esencial de esta fase es el monopolio, sobre todo, el monopolio del capital financiero, que es el resultado de la fusión del capital industrial y el capital bancario.

El carácter del capital financiero obliga a los Estados imperialistas a expandir sus fronteras y a capturar nuevos mercados, por tres razones fundamentales: 1) Necesidad de dominar nuevos mercados donde vender sus productos y mercancías; 2) Necesidad de apropiarse de materias primas y dominar las fuentes de energía y las áreas geopolíticas estratégicas, indispensables para mantener la hegemonía económica, política y militar; y 3) Necesidad de disponer mercados financieros para invertir capitales. En fin, la política colonialista es parte de la naturaleza del imperialismo, cuyo interés primario, es mantener el máximo beneficio de los monopolios financieros. Dicho de otra manera, los intereses del capital financiero transnacional sólo ve el mundo como una esfera única de acumulación de capital e inversión.

Los monopolios se reparten entre sí, en primer lugar, el mercado interior y, luego, el mercado exterior. En 1998, por ejemplo, las 200 mayores empresas multinacionales controlaban el 80% de toda la producción agrícola e industrial del mundo, así como el 70% de los servicios e intercambios comerciales. Diez empresas de telecomunicaciones controlaban el 86% del mercado. Diez compañías productoras de plaguicidas dominaban el 85% del mercado y otras diez empresas son dueñas del 70% del negocio de productos de uso veterinario. Si se analiza la desigualdad de rentas, se observa que el 20% de la población mundial acumula el 86% de la renta total mundial, mientras que el 40% del planeta sólo se beneficia de un 3,3% del Producto Mundial Bruto. Cuando se habla de pobreza y desigualdad, las cifras enardecen: las 225 personas más ricas del planeta tienen rentas equivalentes a las de los 47 países más pobres. Tan sólo el 4% de los ingresos de estas 225 personas bastaría para resolver las necesidades básicas -alimentación, agua potable, infraestructuras sanitarias y educativas- de los países pobres. En el Siglo XXI, vivimos en la época clásica del capitalismo monopolista y del imperialismo: el dominio asfixiante de 500 grandes multinacionales estadounidenses, japonesas y europeas sobre el mundo, da cuenta de este fenómeno. Este fenómeno de concentración y monopolio, que se fue desarrollando a lo largo del Siglo XX, es en esencia un gran proceso de socialización de la producción, de los inventos y el perfeccionamiento técnico, aunque manteniendo el carácter privado de la apropiación y de los medios sociales de producción. Por otro lado, el carácter monopólico del capital financiero en la fase imperialista del capitalismo, refuerza la tendencia del desarrollo desigual de la economía mundial.

En la primera mitad del Siglo XX, el imperialismo se estremecía. Se producían cambios en la correlación de fuerzas entre los principales países capitalistas. Estos cambios fueron el resultado de la lucha por los mercados y por las fuentes de materias primas y por la contención del fantasma que recorría a Europa, el comunismo. Dichas luchas alcanzaron su máxima expresión en el estallido de la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Al culminar la última de estas guerras, se produjo un cambio sustancialmente importante en el panorama mundial. Los Estados Unidos se erigieron en la primera potencia mundial. Por otro lado, la experiencia soviética se extendería a un número importante de países de Europa del Este, así como a China y Corea. El triunfo sobre el fascismo y la expansión de las ideas socialistas avivó las luchas de liberación nacional en los territorios coloniales y semicoloniales, que condujo a la desintegración del antiguo sistema colonial del imperialismo. La característica más importante de la posguerra fue el largo período de auge del capitalismo, que se prolongó hasta finales de los años 60. Representó la mayor explosión de inversión en bienes de capital, producción, comercio, ciencia y técnica de toda la historia de la humanidad. El crecimiento económico de la posguerra fue innegable, pero tenía dos caras. Una de ellas, fue el enorme desarrollo de las fuerzas productivas, la expansión del comercio mundial y un florecimiento grandioso de la innovación tecnológica aplicado a la producción; los capitalistas encontraron nuevos campos en los que invertir sus capitales y obtener beneficios. Pero, había otra cara, la profundidad y prolongación del crecimiento económico, se basaba también en la sustitución del viejo patrón cambio-oro por el dólar como moneda de cambio, lo cual permitió a los diferentes estados emitir papel moneda para financiar sus déficit y extender el crédito, lo cual si bien extendió en el tiempo el crecimiento económico, lo hizo a costa de crear una importante masa de capital ficticio, que inundó de inflación la economía mundial. El pánico que abraza, en este momento, a los capitalistas y sus portavoces respecto a la futura recesión mundial es por la costosa factura por los enormes desajustes que estos últimos 15 años han causado en la economía. Qué harán ante el elevado endeudamiento record de países y familias, conscientes de que el consumo no se ha basado en un aumento del poder adquisitivo de los trabajadores sino en la extensión del crédito. Más aun, temen que el desempleo, ya alto, se multiplique en un contexto de crisis. Los capitalistas saben que la aguda crisis económica provocará la radicalización política de las masas trabajadoras.

Ahora bien, el reparto del mundo no culminó en 1918, ni en el 1939, ha continuado desde entonces. Por tanto, la existencia hoy día, de solamente una superpotencia -Estados Unidos-, no presupone el fin de nuevos repartos. Por ejemplo, al tomar la presidencia Bush, se volcó en dos prioridades estratégicas: la modernización y el desarrollo de las capacidades militares de Estados Unidos y la adquisición de reservas petroleras a partir de fuentes extranjeras. Ambos objetivos se han unido a la guerra “antiterrorista”. La guerra contra el terrorismo es la estrategia que utiliza la política exterior de la Administración Bush, para apoderarse de los recursos naturales, el petróleo. De esta manera, buscan posicionamiento geoestratégico para apuntar contra China y Rusia, los dos más grandes “enemigos potenciales” del imperio. La invasión militar a Irak, por parte de Estados Unidos, Inglaterra y España, tiene que ver con el nuevo reparto del mundo. El imperialismo estadounidense necesita urgentemente controlar los recursos petrolíferos de la zona del Golfo Pérsico, que poseen alrededor de las dos terceras partes de las reservas energéticas mundiales. La guerra imperialista en Irak, tiene como uno de sus objetivos fundamentales, apoderarse de petróleo seguro y barato. Pero, este objetivo no se ha alcanzado, ya que se produce actualmente, sólo la mitad de los niveles previos a la invasión criminal de los Estados Unidos y sus aliados europeos. A ello, se tiene que agregar la tremenda inestabilidad que no se detiene en las fronteras iraquíes y que se ha extendido a Irán y a todo el Medio Oriente, región que alberga los más grandes productores de petróleo del mundo. La invasión militar a Irak se enmarca, finalmente, en la estrategia de los Estados Unidos de apoderarse de las reservas petroleras a nivel mundial como lo expresa el documento, elaborado en el 2002 por Cheney, Rumsfeld, Jeb Bush y Lewis Libby, con el nombre de “Proyecto para el nuevo siglo estadounidense” (PNAC, por sus siglas en inglés). Este plan muestra que la Administración Bush pretende tomar el control militar de la región del Golfo Pérsico. También el documento en cuestión, informa que el presidente Bush planeaba un ataque premeditado contra Irak con vistas a cambiar el régimen existente, es decir, deshacerse de Saddam Hussein. En fin, el documento PNAC apoya un “proyecto para mantener el predominio global de Estados Unidos, impedir el auge de un gran poder rival y dar forma al orden de seguridad internacional de acuerdo con los principios e intereses estadounidenses”. Se trata pues de asegurar la disponibilidad de las amplias reservas petroleras iraquíes, es decir, que no caigan bajo el control exclusivo de las empresas petroleras rusas, chinas y europeas.

Esta materia prima -el petróleo- refleja en torno a su extracción, distribución y comercialización, todas las tensiones a las que está sometido el sistema internacional. La lucha encarnizada por controlar sus multimillonarios beneficios, adopta muchas veces la forma de criminales guerras y agrios enfrentamientos entre imperialistas por el dominio de las áreas de extracción. Por ejemplo, 3.700 soldados de la EUFOR de la UE, bajo la dirección de Francia fueron a Chad, comenzando este año. El objetivo oficial de la misión es proteger los campos de refugiados en el Este del país. Pero, en realidad lo que está ocurriendo es una guerra sangrienta en todo el país entre las fuerzas rebeldes apoyadas por el gobierno sudanés y chino por un lado, y el gobierno de Chad y el ejército francés por el otro. La catástrofe de los refugiados es consecuencia de la guerra civil en Darfur, por un lado entre las milicias Janjaweed, y por el otro, el Ejército de Liberación Sudanés (SLA) y el Movimiento Igualdad y Justicia (JEM) apoyado por Estados Unidos. La indiscutible razón de la “catástrofe de los refugiados” es una guerra de rapiña entre el imperialismo francés y estadounidense, con China. La verdadera causa de la agudización del conflicto en Sudán y Chad es la carrera de las potencias imperialistas por el control de los recursos locales y las importantes materias primas. El 10% de los recursos petroleros mundiales se calcula que están en África. El problema es que Estados Unidos, Francia y China demuestran un extraordinario interés en la futura riqueza petrolera de esta región. El conflicto en Chad y Darfur es sólo una pequeña muestra de una inmensa lucha de poder que se está produciendo en toda África entre los imperialistas europeos, estadounidenses y chinos. Hasta hace poco, los conflictos en África estuvieron dominados por las guerras de rapiña entre Francia y Estados Unidos. El conflicto más brutal fue la guerra civil en Ruanda en 1994 y la del Congo.

Ahora el escenario ha cambiado por dos razones: por un lado, el imperialismo francés ha perdido casi todas las batallas contra Estados Unidos. Por otro lado, otro nuevo competidor fuerte está consiguiendo cada vez más influencia en África: China. Este país importa ya el 30% de su requerimiento de petróleo de África, principalmente de Somalia, Niger, Nigeria y Sudán. El presidente de China, Hu Jintau, ha visitado 17 países africanos para reforzar las relaciones económicas, políticas y militares. En África están funcionando 800 empresas chinas y más de 100.000 ciudadanos chinos se han traslado a África durante estos últimos años, muchos se han convertido en granjeros. También esta claro que China proporciona ayuda militar a países africanos y que participa con algunas de sus tropas. La creciente influencia de China es la razón principal para que la Unión Europea y Estados Unidos trabajen juntos en África contra el nuevo enemigo.

Controlar una buena cuota de producción petrolífera es controlar un inmenso mercado sediento del crudo. En el mundo se consumen más de 85 millones de barriles diarios equivalentes a 8.500.000.000 millones de dólares al día. El transporte, por ejemplo, elemento decisivo en el funcionamiento de la economía, sin el cual es impensable el traslado de mercancías y mano de obra, extrae del petróleo el 90% de la energía total consumida. El funcionamiento de gran parte de las fábricas, la producción de plásticos y componentes de un sin fin de mercancías dependen de él.

Ante esta realidad, hoy día, la dominación estadounidense en el Siglo XXI, trata de sustentarse en una estrategia de dos vías, que define la política de Estados Unidos hacia buena parte del planeta. Un brazo de esa estrategia es asegurarse más petróleo del resto del mundo, que apunta a la solución del problema energético del país del norte; el otro brazo es refinar la capacidad de intervenir en cualquier país en busca de hidrocarburos. Para la Administración Bush, petróleo e intervención, son cuestiones que tienen que ver con el aspecto de la seguridad nacional.

La dependencia de Estados Unidos del petróleo importado se ha tornado más crítica en los últimos años, ello se evidencia en que la demanda de hidrocarburos, cada vez crece, mientras que las fuentes globales del crudo se han contraído, empujando al alza los precios de la gasolina en Estados Unidos. Por ello, al asumir el cargo a principios de 2001, la prioridad fundamental de la política del presidente George W. Bush no era evitar precisamente el terrorismo o frenar la diseminación de armas de destrucción masiva. Después de los ataques del 11 de septiembre al Centro de Comercio Mundial y el Pentágono, la prioridad del gobierno de Bush, continuaba siendo incrementar el flujo de petróleo enviado por los abastecedores extranjeros al mercado estadounidense. Hay que resaltar que durante los meses anteriores al presidente Bush, Estados Unidos había experimentado severas insuficiencias de crudo y gas natural en cierto lugares del país, además de apagones periódicos en California. La crisis energética de Estados Unidos en ese momento fue tan grave, que aumentó la importación de crudo, hasta representar más del 50% del consumo total, lo que provocó honda preocupación sobre la seguridad nacional. Bush recalcó entonces que enfrentar “la crisis de energía” de la nación era su tarea más importante como presidente. En este sentido, Bush y sus asesores consideraron que el abastecimiento de petróleo era esencial para la salud y rentabilidad de las principales industrias estadounidenses. El argumento era que cualquier escasez energética tendría negativas repercusiones económicas en sectores líderes entre ellos, la industria automotriz, la aeronáutica, la construcción, la petroquímica, la agricultura y el transporte de bienes. Bush y sus asesores consideraron, por lo tanto, que el petróleo era especialmente crucial para la economía porque el petróleo era -y sigue siendo- la mayor fuente de energía de ese país. También consideraron el peligro que se cernía sobre el imperio por no contar con suficientes recursos energéticos propios. Esta escasez de energía petrolera ponía en grave peligro la seguridad nacional de Estados Unidos; el petróleo es el propulsor de las formaciones de tanques, aviones, helicópteros y barcos, columna vertebral de la maquinaria de guerra y terror estadounidense.

Dadas estas realidades, no sorprende que un equipo de espionaje del vicepresidente Dick Cheney haya cuantificado la industria petrolera de Irak, de Arabia Saudita y de los Emiratos Árabes Unidos en informes elaborados en marzo de 2001, a seis meses del 11 de septiembre y más de dos años antes de la invasión a Irak, según documentos desclasificados, develados por el Proyecto Censurado 2005 de la Universidad Sonoma State. Los documentos contienen mapas de campos petroleros, de oleoductos, de refinerías y terminales iraquíes, así como descripciones de los proyectos petrolíferos y gasíferos del país entonces gobernado por Saddam Hussein y datos sobre los aspirantes extranjeros a contratos sobre campos petroleros iraquíes. Toda esta documentación esta respaldada con detalles de los principales proyectos de desarrollo petrolero y de gas en cada uno de esos tres países, proporcionando información sobre los costos de los proyectos, capacidad de producción, compañía petrolera a cargo y estado de las obras o fecha de terminación. Esto confirma que la política de los Estados Unidos es manejada por los dictados de la industria petrolera.

Para enfrentar el desafío de la crisis energética, Bush estableció en el 2001, el Grupo Nacional de Desarrollo de Políticas de Energía (NEPDG, por sus siglas en inglés), integrado por altos funcionarios públicos, que tenían a su cargo el desarrollo de un plan de largo alcance tendiente a satisfacer los requerimientos energéticos de la nación. Encabezó este grupo, el asesor más cercano a Bush, el vicepresidente Dick Cheney. Este grupo produjo un informe, cuya conclusión era que Estados Unidos se hallaba frente a una difícil decisión entre dos caminos muy divergentes: uno de ellos, continuar consumiendo grandes cantidades de petróleo y -debido a la caída irreversible en la producción interna de hidrocarburos- hacerse cada vez más dependiente del crudo extranjero. El otro camino, buscar alguna ruta alternativa confiando en las fuentes renovables de energía para reducir gradualmente el uso de petróleo. Seguir el primer camino ataba mucho más a Estados Unidos a los proveedores de petróleo, lo que ponía en peligro la política de seguridad nacional. Por otro lado, buscar estrategias alternativas requería enorme inversión en tecnologías de generación y transformación de nuevas energías, lo que desplomaría industrias enteras.

Bush elevó el informe al rango de Política de Energía Nacional (NEP, por sus siglas en inglés), publicándolo el 17 de mayo de 2001. El Informe Cheney, como se le conoce, propone como objetivo básico, encontrar fuentes adicionales externas de crudo para Estados Unidos. En suma, la administración Bush decidió continuar en el camino de depender cada vez más del petróleo extranjero. También se lee en el informe que es un mandato “hacer de la seguridad energética una prioridad de nuestro comercio y nuestra política exterior”. Otra recomendación enfatiza la necesidad de retirar obstáculos políticos, económicos, legales y logísticos. Para ello, darán pasos para asegurar que las guerras, las revoluciones y el desorden civil no impidan apoderarse del petróleo. Estas condiciones son imperativas especialmente para la política hacia el área del Golfo Pérsico, la cuenca del Mar Caspio, África y América Latina. Si es necesario el ejército estadounidense custodiará los campos petroleros y los oleoductos. En suma, las recomendaciones del Informe Cheney son parte de la política militar y de la política exterior del imperialismo estadounidense.

La política estadounidense en cuanto a la protección de las reservas energéticas del Golfo Pérsico no tiene duda alguna: cuando surge una amenaza, Estados Unidos hará uso de cualquier medio a su alcance, por ejemplo la intervención militar, para garantizar el flujo de petróleo. Este principio, conocido como, Doctrina Carter, fue puesta en práctica por primera vez por el presidente James Carter en enero de 1980, después de la invasión soviética a Afganistán y de la caída del Sha en Irán. Amparados en esta doctrina, Estados Unidos, uso la fuerza en 1987 y en 1988 para proteger los buques-tanque Kuwaitíes de los misiles iraníes, y luego en 1990 y 1991 cuando sacó las fuerzas iraquíes de Kuwait.

En el 2002, el gobierno de Bush concluyó que la política de contención dirigida a Irak, no era suficiente para eliminar la amenaza que representaba Husseim para los intereses estadounidenses. En consecuencia, se requería una acción más agresiva. De esta manera, se armó una falsa campaña mediática, que recorrió el mundo. Se acusó a Husseim de fabricar “armas de destrucción masiva”, de “apoyar” a Osama Bin Laden, con ello se preparó el terreno para invadir militarmente a Irak. Para alcanzar este objetivo los medios masivos de comunicación del mundo -especialmente las grandes cadenas televisivas y la prensa escrita de Estados Unidos- jugaron un papel fundamental en la guerra psicológica que le interesaba a los estrategas de la Administración Bush, que significaba mostrar una 'realidad virtual' al pueblo estadounidense. Realidad virtual porque estaba basada en la mentira. Saddam Hussein nunca tuvo armas de exterminio masivo y esto lo sabía el gobierno de Bush, toda vez que fue informado de ello por sus propios servicios de inteligencia. Sin embargo, montaron todo un espectáculo mediático, y la mayoría de los estadounidenses, engañados, apoyaron la invasión a Irak. Curiosamente, los altos mandos del Pentágono elaboraron planes donde se identificaban estrategias que permitían asegurar y proteger los campos petroleros, pero parece que no elaboraron planes que protegieran la población iraquí y los monumentos de la civilización Mesopotámica, cuna de las ciudades-estados, de la escritura, de la agricultura de regadío, de la religión, del código de Hammurabi. Los genocidas de la guerra destruyeron con sus bombas uno de los más brillantes núcleos de civilización que se desarrolló entre el VI y el I milenio a.n.e. Esta horrible destrucción del país Iraquí, este holocausto, responde nada más y nada menos al saqueo de las reservas petroleras, del inerme país Árabe.

Para evitar la dependencia petrolera de Estados Unidos del Golfo Pérsico, la administración Bush, traza un plan energético donde llama a un esfuerzo sustancial de Estados Unidos para que impulse la apropiación de reservas petroleras en varias áreas distintas al Golfo, incluida la cuenca del Mar Caspio, la Costa Occidental de África y América Latina. En este sentido, se comenzó a tomar mayor atención la cuenca del Mar Caspio que consta de Azerbaijan, Georgia, Kzajastán, Kyrgizstán, Turkmenistán, Tajikistán, Uzbekistaán y partes adyacentes de Irán y Rusia. Dado que muchos de estos estados eran desgarrados por conflictos étnicos y separatistas, el gobierno inició una serie de programas de asistencia militar dirigidos a fortalecer las posibilidades de su seguridad interna. Esto implicó proporcionar armas y entrenamiento, además de conducir ejercicios de maniobras conjuntas.

Hasta el 11 de septiembre de 2001, el involucramiento estadounidense en la cuenca del Mar Caspio y en Asia Central se había restringido en gran medida a acuerdos diplomáticos y militares. Para combatir a los talibanes y a Al Qaeda en Afganistán, el Departamento de Defensa desplegó decenas de miles de combatientes en la región y estableció bases militares en Kyrgizstán y Uzbekistán. Este despliegue militar tiene dos objetivos: el primero “ayudar en la guerra contra el terrorismo”. El segundo objetivo es salvaguardar el flujo de petróleo. Ahora bien, el principal problema que presenta Estados Unidos es que la cuenca del Caspio, no es más estable que el Golfo Pérsico.

Finalmente, el plan Cheney llama a incrementar significativamente las importaciones estadounidenses procedentes de América Latina. Estados Unidos ya obtiene de esta región una gran porción de nuestro crudo. La República Bolivariana de Venezuela es actualmente el tercer más grande proveedor de Estados Unidos, después de Canadá y Arabia Saudita; Méjico es el cuarto abastecedor y Colombia es el séptimo. Venezuela se considera vital porque posee enormes reservas de crudo convencional y aloja vastas existencias del llamado crudo pesado. Sin embargo, los arquitectos de la política Bush-Cheney saben que asegurar el despojo de las fuentes petrolíferas puede resultar imposible sin el uso de la fuerza militar. Aun así, la Administración Bush insiste sobre la necesidad en aumentar la diversidad geográfica de las importaciones petroleras. El informe precisa “La concentración de la producción petrolera en una sola región del mundo puede contribuir a la inestabilidad del mercado”. Por consiguiente, “la diversificación … de abastecimiento tiene una importancia capital”. Para promoverla, el informe sugiere una estrecha colaboración con las empresas estadounidenses del sector energético, destinado a aumentar las importaciones de la cuenca del Mar Caspio (especialmente de Azerbaiyán y de Kazajstán), del África Subsahariana (Angola y Nigeria) y de América Latina (Colombia, Méjico y la República Bolivariana de Venezuela).

El negocio petrolero se ha convertido para el imperio estadounidense en un grave problema económico y político. Por ejemplo, la invasión y destrucción de Iraq le está costando a los Estados Unidos miles de millones de dólares y millones de muertos. La República Bolivariana de Venezuela es otro ejemplo. El gobierno venezolano ha eliminado los contratos denominados “apertura petrolera”, los cuales, en esencia entregaban la soberanía nacional a las corporaciones petroleras extranjeras. Ecuador modificará la ley petrolera para impedir que las transnacionales se lleven el 80% de los beneficios de la venta de petróleo. Ubicándonos en el continente africano, nos encontramos como Nigeria, productor de trascendencia mundial, se enfrentó a principios del año 2006, a manifestaciones que consiguieron interrrumpir el 19% de su exportación total de crudo.

Así, la mayor potencia imperialista de la historia de la humanidad, Estados Unidos, se enfrenta a una situación compleja. El acelerado aumento de consumo de crudo le obliga a importar más del 65% de petróleo que consume. Estados Unidos produce el 9,8% del petróleo mundial, pero consume el 26% de la producción mundial, que se traduce en 20 millones de barriles diarios. Los yacimientos en territorio estadounidense son de interés sustancial, para que el imperialismo mantenga su hegemonía en el orden militar y econòmico. Pero, sus reservas sólo representan el 3% mundial del petróleo y el 4% de gas. Según el pensamiento político de Bush-Cheney, la estrategia militar es la solución a la crisis energética del imperio: “Estados Unidos debe contemplar la posibilidad de enviar fuerzas bien armadas y con buen apoyo logístico a puntos críticos por todo el globo, incluso frente a la oposición del enemigo”.

Desde este punto de vista y en el marco de la seguridad energética, el imperialismo estadounidense aplica las concepciones de la Doctrina de Seguridad Nacional y la Doctrina del Conflicto de Baja Intensidad. Según Velásquez Rivera la “Doctrina de la Seguridad Nacional se asentó en dos postulados básicos: la bipolaridad y la guerra prolongada. Tal bipolaridad se entendió como la división del mundo en dos grandes fuerzas opuesta” Durante la Guerra Fría el enfrentamiento fue entre capitalismo-comunismo. Luego del derrumbamiento de la Unión Soviética y de los países de Europa del Este, los Estados Unidos revisaron y actualizaron sus doctrinas a fin de seguir manteniendo su estatus imperial. Como resultado, aparece una nueva punta de lanza: el terrorismo y el tráfico de drogas, que se convierte en el argumento central para la intervención directa y/o indirecta en los países subdesarrollados. Esto permite a la administración de Bush actuar con relativa impunidad -amparada en argumentos ético-morales- en el terreno de la política exterior. Por otro lado, el Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos define el Conflicto de Baja Intensidad (C.B.I) como: “una lucha político-militar limitada para lograr objetivos políticos, sociales, económicos o psicológicos. Frecuentemente, es prolongado, va desde presiones diplomáticas, económicas y psicológicas hasta terrorismo e insurgencia. El conflicto de baja intensidad generalmente está confinado a un área geográfica y frecuentemente se caracteriza por limitaciones en armamento, tácticas y niveles de violencia”. Isabel Jaramillo dice que “La concepción estratégica del C.B.I se origina -desde el punto de vista de los estrategas estadounidenses- en un problema fundamental: el cambio social y/o la revolución en el mundo subdesarrollado que erosiana y amenaza los intereses nacionales de Estados Unidos. Es necesario enfrentar la dinámica del cambio social y de la revolución de una forma más efectiva y evitar nuevas explosiones sociales y en este contexto, la guerra no debe aparecer como tal (…)”.

Pero, ¿Qué es lo que busca el imperialismo estadounidense?

Por ahora, busca el control militar de zonas geoestratégicas, a través del denominado 'sistema de control y mando que abarca todo el globo terráqueo', que le permita controlar el petróleo del Golfo Pérsico, del Mar Caspio, de África y de América Latina.

En América Latina, los Estados Unidos han invertido millones de dólares para garantizarle a sus empresas petroleras la continuidad en la explotación de hidrocarburos. En Colombia, por ejemplo, estas empresas petroleras han contribuido directamente en la escalada del conflicto social y armado que vive este país. También, tenemos que agregar como contribución, el 'impuesto de la guerra', establecido por el gobierno colombiano en 1992 que obliga el pago de un dólar por barril, el cual, es destinado a financiar la guerra Colombiana. Y a estas contribuciones, hay que agregar, las cuantiosas 'donaciones' en dólares, que entregan las empresas petroleras extranjeras a los paramilitares.

Un artículo publicado en 2002 en Los Angeles Times, se denunciaba que la OXY pagaba 750.000 dólares a las fuerzas de seguridad colombianas y la Asociación Cravo Norte -propiedad de ECOPETROL y la OXY, que actúa en el yacimiento Caño Limón- en 1996 firmaron un 'acuerdo de colaboración' anual de casi dos millones de dólares para financiar económicamente las unidades de XVIII que protegen las zonas cercanas a este yacimiento.

De los recursos del Plan Colombia o Plan Patriota o Plan Victoria, aprobados en el 2003, 99 millones se destinaban al financiamiento para la protección del oleoducto Caño Limón, mediante la compra de helicópteros, formación de inteligencia, creación de la Brigada Móvil número 5, de unidades fluviales y de policia, todas equipadas con material pagado con fondos estadounidense. En enero de 2003, llegaron al Arauca, 60 miembros de las Fuerzas Especiales estadounidenses, para formar unidades en la XVIII Brigada.

La British Petroleun (BP)-AMOCO, la TOTAL francesa y la TRITON estadounidense, han financiado directamente grupos paramilitares y han estado seriamente comprometidas en violaciones de derechos humanos. La BBC de Londres entre 1997 y 1998 recabó información en entrevistas a ex-funcionarios de la BP, que demostraba la relación de la transnacional con los paramilitares y cómo a través de sus propios empleados había entregado información a los militares, que permitió el asesinato o amenaza de muerte de líderes políticos, activistas sindicales, defensores de derechos humanos, etc. George W. Bush y su familia son importantes accionistas de la compañía petrolera HARKEN ENERGY CORPORATION, la cual, posee 5 contratos de exploración y explotación petrolera en Colombia.

A la luz de lo expuesto se puede decir que el imperialismo estadounidense y sus aliados no están dispuestos a perder su posición en el mundo y, particularmente, en Venezuela y en Colombia, están creando las condiciones objetivas y subjetivas con el fin de provocar la guerra en nuestros países, cuyo objetivo es la destrucción del gobierno bolivariano y, en consecuencia, seguir manteniendo el control de todos nuestros recursos naturales. El imperialismo estadounidense resume su política en dos objetivos: 1) aumentar las importaciones procedentes de los países del Golfo Pérsico, dado que, no existe otra región en el mundo que pueda aumentar su producción con tanta rapidez; 2) aumentar la diversidad geográfica de las importaciones de Estados Unidos, a fin de reducir las consecuencias económicas de la Guerra de una region altamente inestable, como es el Medio Oriente.

Para alcanzar estos objetivos, el imperialismo, emplea dos métodos. El primero de ellos, lo podemos llamar el método físico: la guerra, la proliferación de bases estadounidenses, la movilidad de su flota aérea y naval, la vigilancia de los marines, las maniobras de la CIA, el soborno de los políticos y burguesías. El segundo método es ideológico: la fabricación, para los países del Tercer Mundo, de una vía mitológica, que no es ni comunista ni socialista, ni siquiera nacionalista.

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