Sólo 21 países, de los 172 que aparecen en las estadísticas mundiales, tienen un ingreso nacional superior a $ 400.000.000.000. Una empresa privada, gigantesca corporación trasnacional, compite muy de cerca en tal materia con Suiza, Indonesia, Bélgica, Polonia y Suecia.
Naciones emprendedoras como Noruega, experimentadas como Austria, constructoras como Grecia y la mayor exportadora de crudos del planeta -Arabia Saudita- no alcanzaron el pasado año los 404 millardos de dólares que recibió ese consorcio del negocio petrolero conocido en el Siglo XXI como Exxon Mobil.
Venezuela no llega ni de cerca a tan elevada cifra. Nosotros, poseedores ciertamente de la mayor reserva de hidrocarburos, mercadeamos apenas la mitad de sus más de 6.000.000 de barriles diarios. El pasado año, al capitalizar más de 500 millardos de dólares, se afianzaron como la mayor corporación en los negocios del orbe.
Tras tales cifras, en varios portales de Internet escritos en su propio país, puede leerse claramente que dicha corporación “ha sido criticada por sus prácticas de negocios y su poca colaboración en conservación ambiental.”
Aunque su nombre actual surgió apenas en 1999, su historia abarca más de un siglo. Cien años de explotación en todos los sentidos: petrolera en diversas latitudes, económica en todas las fases de la industria petrolera, legal dentro y fuera de sus fronteras, política en exclusivo provecho de sus negocios y humana en el amplio sentido de la palabra.
John D. Rockefeller fundó su ancestral Standard Oil Company en 1870. Poco antes de la Primera Guerra Mundial, en 1911, tras cuatro décadas de prácticas monopólicas, la Suprema Corte de Estados Unidos ordenó su disolución. En el camino quedaron competidores quebrados, empresas eliminadas, cifras distorsionadas, precios impuestos y promesas no cumplidas.
Sus descuentos, tras haber acordado precios diferentes a puertas cerradas, facilitaron la pérdida de liquidez de posibles rivales quienes fueron cediendo empresas, espacios, mercados, instalaciones y clientes. La fama de “benefactor” de Rockefeller, bien programada y publicitada, creó en paralelo una imagen distinta de la verdadera realidad.
A principios del siglo XX, Standard Oil era la mayor empresa y la creadora del modelo corporativo trasnacional que dominaría las finanzas del mundo e impondría una rápida ruta de las riquezas extraídas en todas partes a las arcas de unos cuantos. En paralelo, su principal propietario se convertía en la primera persona en ostentar una riqueza superior a mil millones de dólares. Comparados con hoy, en términos adquisitivos, la cifra es 20 veces superior.
El negocio creció en todos los sentidos. Para burlar las leyes antimonopólicas y las tasas de impuestos, Standard Oil se dividió en varias compañías que asumían diversas fases del proceso en diferentes regiones. En determinado momento llegaron a ser 34 compañías diferentes, pero todas conservaban la misma dirección e idéntico proceder. Pocos años después, incursionaron en otros sectores de la economía. Y la clientela podía ser cualquiera, con tal que pagara. Claros ejemplos, antinacionalistas para cualquier ciudadano de su país, fueron la construcción de submarinos para Alemania antes de la Primera Guerra Mundial y la fabricación del Cyclon B, insecticidad gaseoso utilizado por los nazis en las cámaras del horror de Auschwitz y Majdanek en los años 40.
Sus descendientes descubrieron las riquezas que éste país subdesarrollado, atrasado y paupérrimo, guardaba en un subsuelo protegido por leyes desde antes de su creación. No podían comprarlo, pero quizás incluso era mejor explotarlo sin los riesgos que implica la pertenencia.
En la primera década del pasado siglo, tres hechos coincidían en anunciar que el petróleo se convertiría en la gran fuente de riquezas del mundo. Nada nuevo para cualquier venezolano estudioso. Ya José María Vargas se había adelantado más de medio siglo en predecirlo. Sólo que ahora el trío de anuncios provenía del Norte: se había descubierto la utilidad del plástico, las Armadas del mundo habían cambiado su combustible de carbón a petróleo y Ford creaba el ensamblaje de autos en serie. El monstruo llegó a Venezuela.
En 1911 realizaron el primer reconocimiento sistemático de nuestras cuencas sedimentarias. Seguramente supieron que la cifra era considerablemente mayor, pero bastaba con los 17.000 millones de barriles de crudo que nos dijeron para saber que aquí estaba el porvenir.
La invasión llegó en formato integral. Taladros en el Lago de Maracaibo, refinerías en las costas, tanqueros en los muelles, oleoductos en las rutas, decretos en el Palacio de Miraflores y Leyes en el Congreso Nacional. Alguno que otro ciudadano convencido y el anuncio bien publicitado.
De diversas regiones les llegaron los trabajadores. Las madres se ufanaban de tener a un hijo “trabajando en las compañías”, genérica frase que significaba comida en el comisariato y hasta casa en el campo petrolero. El resto es actual y harto conocido. Nacionalización de conveniente rendija que regresó la potestad de negocios a su manera y provecho. Convenio firmado como “Asociación Estratégica Cerro Negro” y embargo por cifras muy superiores.
El colmo de todo es que, tras el anuncio del Presidente Chávez de suspenderles los envíos de petróleo, en caso de continuar esta “guerra económica”, el crudo subió más de un dólar en su precio promedio internacional; y, como siempre, con tal alza, ExxonMobil fue uno de los más beneficiados.
Leonardo Guerrero / www.debatesocialista.org