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    ¡Palo al Tiburón! Contra el Imperialismo en Defensa de la Soberanía

Chávez, la coca y la Clinton
Por: Marlon Zambrano
Fecha de publicación: 18/02/08
imprímelo mándaselo a
tus panas
Cualquier turista que haya intentado escalar el Machu Picchu, cosa muy concurrida por el excursionismo internacional que busca emociones fuertes al estilo paseo de aventura, sabe que es buena idea, si no vital, masticar una hoja de coca como lo hacían los antiguos pobladores de las altas tierras de los andes amazónicos para evitar el ahogo y la falta de oxígeno del cerebro característico de las altas cumbres.

Algunos relatos indígenas, recogidos por el conquistador español, revelan que la costumbre de consumir la hoja de coca en el área andina se remonta, por lo menos, al siglo II antes de Cristo y continúa siendo común entre los actuales grupos indígenas de las serranías y altas mesetas del Perú y Bolivia.

La coca fue considerada un artículo de lujo en tiempo de los incas y utilizada durante los ritos sacerdotales únicamente por los reyes y nobles, aunque fue el conquistador español quien estimuló su uso para extender las horas de trabajo de la mano de obra aborigen y desde entonces su uso se encuentra ampliamente difundido entre la población indígena de los Andes.

Su uso técnico, por llamarlo de una forma, se denomina "chacchar" o "acullicar", y es el acto de introducir las hojas secas en la boca e ir formando un bolo para extraer de ellas las sustancias activas y estimulantes. Para lograr los efectos deseados, es necesario agregar un componente alcalino a la mezcla, usualmente cal viva o ceniza alcalina (básicamente bicarbonato de calcio de origen vegetal). Esto se logra con un comprimido de ceniza en forma de panecillos o bloques fabricados de la ceniza del tallo de la "quínua" o simplemente con la ayuda de un palito previamente humedecido con saliva y sumergido en cal común, lo cual llega a producir quemaduras.

Su uso trasciende el mero hecho de mitigar las sensaciones de hambre, sed o cansancio, siendo el "cachado" o "acullicado" en realidad un acto ritual con profundas implicaciones sociales para el hombre andino, ya que perpetúa las tradiciones culturales y une a las personas.

La hoja de coca posee, entre otros, efectos medicinales, ya sea sola o combinada con otras sustancias (como infusión o emplastos), y es considerada por diversos pueblos como una planta mágica. El soplar las hojas al viento, o dejarlas caer al azar, para leer la suerte, el destino, curar "mal de amores", así como el ofrecerlas como tributo a los dioses y lugares sagrados, son algunos de los usos rituales o místicos más difundidos.



Para estúpidos

Sólo la estupidez más agreste, la que se exhibe por odio visceral u oposición malsana sin reparos en cualquier lógica, lleva a algunos a aguijonear a la opinión pública con la malsana idea de que la hoja de coca ya es cocaína, sólo por seguir como eco de enjambre el bullir de los lineamientos de la Casa Blanca en su empeño por conseguir un argumento fácil para construir un sistema internacional de opinión pública que manche la gestión del presidente Chávez por la unión (la auténtica unión basada en el respeto y la confraternidad) latinoamericana.

Esa "estupidez ilustrada" que llama Néstor Francia, se ha dado a la tarea de vociferar sin el más mínimo ejercicio de ilustración y análisis, que Chávez es no sólo narcotraficante sino drogadicto, a partir del gesto provocador del presidente de masticar una hoja de coca en plena sesión inaugural de la VI Cumbre del ALBA celebrada en Caracas en días pasados.

Pero nada de esto es gratuito. Quien quiera creer que lo que sucede en el mapa de la geopolítica internacional es al asar, al menos es un ingenuo. Cada pieza, cada jugada, cada nueva escalada tiene un manual de estilo y una serie de normas de uso, que en otros casos ha dado resultados y en otros no, pero que suele utilizarse con perfecta sincronía juntando alianzas nacionales, internacionales, trasnacionales y obviamente, como sucede en las sociedades modernas absolutamente mediatizadas, con el respaldo de la extensa madeja de los medios de comunicación quienes a la larga son los que le señalan "la verdad" al mundo.

Desde los días de Manuel Antonio Noriega en Panamá, vincular a los gobiernos del trópico con el narcotráfico es un uso ya repetido hasta el cansancio, con argumentos casi cinematográficos que han dado rienda suelta a las locuras del imperio en su empeño por sostener el poder en su patio trasero. De allí que todo en América Latina huele a narcotráfico: sus presidentes, sus pensadores de izquierda, sus deportistas, sus aborígenes, sus guerrilleros, sus estudiantes, etc., esos "sudacas apestosos" que pretenden contaminar su impoluta sociedad con drogas y vicios.

Otros, ingenuos también, han llegado a creer que el cambio de gobierno en Norteamérica, que seguramente recaerá este año en la demócrata Hillary Clinton con arrebato alevoso frente al favorito Barack Obama (afrodescendiente y de ascendencia musulmana), en sustitución del republicano George W. Bush, es una luz de esperanza para Latinoamérica. Nada más lejos en el horizonte, pues huelga recordar que en los Estados Unidos de Norteamérica no gobiernan los partidos (buenos o malos) ni los ciudadanos sino las corporaciones transnacionales con intereses bien definidos, que no van a permitir que un gobierno "desestabilizador" se pavonee por la América Latina a sus anchas, "narcotraficando el mar" como cantara Silvio Rodríguez.

Ya lo dijo Hillary durante unas recientes declaraciones de prensa sobre el presidente Chávez: "No vamos a tolerar actos de agresión, ni vamos a tolerar esfuerzos para dañar a otros países y causar dificultades a sus vecinos". Ajá.

marlonzb@gmail.com
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Marlon Zambrano


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