Hace un tiempo escribí sobre algo parecido a una olomina, o sea, una especie semejante a ese pececillo que se consigue en arroyos pero que no es comestible. El símil lo hice para referirme a los conversos por odio, esas personas que se decían revolucionarias y hoy resultan, por el efecto Chávez, convertidas en una ultraderecha que aterroriza con su anticomunismo y arremete con su impostura en un permanente y vergonzoso renegar de su pasado político e ideológico. En verdad el término "converso" lo utilicé desprovisto del sentido de esa expresión que anida en lo espiritual para una idea de transformación hacia un "hombre nuevo". Sencillamente le di una connotación necesaria al momento político y fuera de la lógica clásica.
Ahora, lo que sucede con este tipo de ser descapotable es que, precisamente por su odio al chavismo y al socialismo, pierden la memoria y callan o justifican el mal. Por ejemplo, no se atreven a condenar las agresiones que se cometen desde afuera contra su país, o justifican la posición política de una empresa como la Exxon contra Venezuela. En eso no quieren a su patria y tienen parecidos con aquellos que afloran como "pitiyankis", nacidos como sustituto social de algo que no quieren o de otro algo que no tienen.
Allá por los años 50 del siglo pasado se oía la expresión "pitiyanki" dentro y fuera de los campos petroleros, como "Guaraguao". Alguien me comentó que el término lo trató Mario Briceño Iragorry. No lo he averiguado, pero se dice que los "pitiyankis" eran aquellos puertorriqueños que querían y quieren hacer ver que son más norteamericanos que los norteamericanos. Es decir, es posible que el término se originó en Puerto Rico, derivado de "petit yankee", y luego llegó a Venezuela.
Pues bien, igual que en Puerto Rico, los "pitiyankis" de aquí, en su afán y esperanza de ser aceptados como "iguales", tratan de ocultar sus raíces, voltean la bandera y no les importa la patria. Ellos viven en este país pero se sienten de allá, no por odio como lo hace el converso antichavista, sino porque se avergüenzan de haber nacido en estas tierras y sufren por no poderse colar allá. En fin, no pueden alcanzar aquello que pretenden porque son caricaturas.
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