El vuelo de Evo sobre el débil espacio aéreo imperial

La decepción pudiera hacer pensar, hasta al más fanatizado pitiyanqui, después del último episodio de la política exterior norteamericana, el dedicado al Presidente Evo Morales, que los gringos no dominan el aire. Sospecha que pudiera cundir en la opinión pública mundial, y sobre todo entre los expertos de seguridad de sus socios (países espiados), a pesar de la categoría de súper potencia que ostentan, renglón que en la actualidad, no quieren compartir ni siquiera con ellos mismos, arrogándose para su difusa morfología, la envestidura de la unipolaridad. Me refiero a esa clase de estado suprapoder que no sabe con cuanto de este cuenta, y que termina por no distribuirlo con equilibrio y sensatez entre sus instituciones. No lo hacen con su Departamento de Estado, ni con su mentado Pentágono, ni con su Complejo Industrial Militar Imperial, en donde resalta su buchipluma Fuerza Aérea (con su “Fuerza Uno”, donde viaja Obama, que ojala a ninguna agencia de seguridad subalterna, se le ocurra negarle el transito aéreo ni por la eventualidad del error humano), cuya novedad, para asombro bobalicon de propios y extraños, es el “dron” (avión piloteado a control remoto, asesino selectivo, no tripulado), o su avión fantasma, el invisible, el que al final de la estela de barbarie que imprime su bombardeo, no deja trazas de vuelo en ningún aparato de medición, ni siquiera en los radares de tierra: “Nadie lo vio”, “Por allí no pasó” ¿Quién se cree ese sueño norteamericano?

Tampoco lo comparte con su “Hermano Mayor”, las omnipresentes agencias de espionaje, a las que en el argot hollywoodense llaman: “comunidad de inteligencia”, pero que de comunidad no tiene ni sus rasgos mas primitivos, por el contrario, su expresión mas definitoria es la particularidad, asentada en la desconfianza generalizada que reina entre su membresía. Tantísimas, y tan hibrizadas con la empresa privada (contratistas), que no hay organismo en Estados Unidos que pueda dar cuenta de ellas, entre otras razones por la naturaleza surrealista de su “seguridad de estado”. Además porque nadie domina el tema (seguridad de estado y razones de seguridad: compartimentación de la información. Nadie maneja toda la información, y menos quien se supone debe manejarla). Se espían entre ellas, y lo insólito, compiten entre si, argumento que cobra fuerza entre los entendidos, para explicar el paso en falso que dio el paraestado norteamericano o el estado-fallido yanqui en contra del Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, El Jefe Indio Aimara, Juan Evo Morales Ayma, El Padre de La Madre Tierra.

Digo en falso porque lo objetivo, a simple vista, que no lo único, es que en el fondo de la acción, lo que subyace en tal manifestación de poder, es la intimidación al presidente de un país libre. Lo otro, la presunción de que en el avión presidencial iba en calidad de asilado politico, el disidente Sowden, es alardear de su propia torpeza. Uno, porque hecha por tierra la eficacia, la precisión, el profesionalismo y la alta tecnología de la que se ufanan en sus aparatos de propaganda. Dos, porque siendo así, no era lo correcto en materia de inteligencia, obligar a Morales a renunciar a su fuero como Presidente y aterrizar en Viena, planificado o no, con el antecedente de la negación de transito por cuatro espacios aéreos, paradójicamente representantes de la emblemática latinidad europea (Italia, Francia, España y Portugal) en contra de la América bolivariana, indígena y revolucionaria: La Bolivia del Abya Yala.

Pero el tema del caos en el que está sumergida la estructura del poder imperial, en el enrevesado y anárquico flujo del poder a lo interno de su quimera, patentizado en la orden directa que le da un alto funcionario de la CIA a las torres de control de los aeropuertos de los países en cuestión, pasándole por encima, no solo al derecho internacional como asunto inherente de los derechos políticos y humanos de las naciones, a sus organismos rectores en el planeta, a la autonomía de los presidentes involucrados, a la soberanía de esos Estados, sino, y quizá lo mas peligroso, a la vida del máximo líder de un país y su equipo de gobierno; por mas importante que sea, no es lo que traigo a colación, porque allí hay mas contradicciones de las que bullen en su superficie y ha de ser una tarea en la que se aspire a que todos nos atollemos con infinita admiración a la supremacía que yerra. A lo que quiero referirme en esta oportunidad, es a un tema mas sencillo, y que esbocé al comienzo: ¿Domina Norteamérica el aire como se supone debe hacerlo un imperio que se respete?

Por el aire le bajaron las dos torres del World Traed Center, símbolo de su poder financiero. Auto atentado o no, esas torres ya no existen y fueron abatidas desde el aire. Escenario donde esta implantado todo un sistema que va desde aeropuertos, aerolíneas, rutas aéreas, cargas y pasajeros que hormiguean por la faz de la tierra a partir de la aeronáutica, tráficos aéreos con dinamismos desbordantes, que no solo involucra una actividad económica civil con perfil de metrópoli planetaria, sino también a una militar que está íntimamente relacionada y que involucra cohetes, misiles, ojivas nucleares, la guerra de las galaxias, los proyectos espaciales, los satélites y los escudos antiaéreos, para terminar en las zonas de exclusión aéreas, o a mejor decir, la brutal manera de resolver una situación que a todas luces se presenta colapsada, en la que ninguna instancia, publica o privada tiene el control. A este ritmo, los puertos aéreos, terminaran siendo un apéndice de las embajadas norteamericanas en el mundo, convertidos en zonas militares, es decir, el imperio necesita controlar, como ningún otro espacio, aquellos por donde se mueven los aviones.

Las rutas aéreas del narcotráfico imperial, tienen podrido a medio mundo, y a ese territorio en especial. Ha de ser por ello, que se ha convertido en un área de alta promiscuidad en la que los socios viajeros, a los que no se les espía con el mismo encono que a los enemigos ideológicos, los narcotraficantes, los lavadores de dinero, los capitales golondrinos, los tratantes de blancas, muchas veces desplazan sus operaciones con mayor fluidez por estas rutas, que por el Ciberespacio, la otra hendija por donde se les cuela la mitad de la vulnerabilidad que padecen. En fin, el cielo surcado de aeronaves y amenazas de todo tipo, y la incontrolable web, han hecho que Norteamérica muestre su verdadera vocación totalitaria en nombre, ya no de la libertad, sino de la vigilancia mundial.

¡Chávez vive, La Hojilla sigue!

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