Venezuela aquella tierra de El Dorado

Con la toma de Granada, se pone fin a la guerra. Acto continuo, Fernando, el rey comanditario, vuelve sus ojos al eterno problema de Aragón: su expansión mediterránea. Sus tercios aragoneses de la Gesta de Granada se proyectan sobre la Provenza Francesa y el Reino de Nápoles. Entre tanto Castilla, libre de un horizonte guerrero, se queda con las armas en la mano, sin saber que hacer con ellas.

En ese momento aparece América como una redención o una posibilidad. Por eso es fundamental para la comprensión del Nuevo Mundo y de los conquistadores, conocer la relación de ellos con la guerra de la Reconquista.

Recuerden que el 2 de enero de 1492 cae Granada y que con ese triunfo de los españoles contra los árabes. Se pone fin a una guerra de siete siglos. Quedan cesantes tercios de Aragón y soldados de Castilla. Cunde el malestar entre hombres a quienes la guerra marcó. La guerra, regresa al hombre a niveles primitivos y le devuelve “placeres atávicos” de los que lo privan la paz y la civilización: el crimen, el incendio, el pillaje y la destrucción. El peor daño que causan las guerras, es revelarle al hombre su naturaleza reprimida. Veinte generaciones de españoles nacieron y murieron bajo el signo de una nación en guerra. ¿Qué fue de estos hombres al producirse el armisticio? Esos hombres de armas pasaron a las Indias. Y los seguirá una juventud inquieta, porque para los jóvenes, la guerra nunca es hambre, ni muerte, ni despojos. Es tan sólo una ampliación de sus juegos en el barrio.

Después de los armisticios suele asistirse a un malestar social y a un incremento de la criminalidad y delincuencia. Se achacan estos hechos a los problemas morales y económicos propios de la guerra. Hay, sin embargo, otros factores sobre los que no se medita lo suficiente. La guerra regresa al hombre a niveles primitivos superados a duras penas, que en el fondo siguen actuando en la conducta del hombre civilizado.

España a fines del siglo XV se debatía en ese problema. Granada venía a ser una brusca interrupción a siete siglos de impulso. Veinte generaciones españolas nacieron y murieron bajo el signo de una nación en guerra. ¿Qué fue de estos hombres al producirse el armisticio?

En toda la Península, desde Don Pelayo hasta Isabel, hubo siempre campo de acción para los inadaptados o incapacitados para la paz. Fueron adelantados, motivos de leyenda, hombres de bien. No tuvieron oportunidad de sentir la vacuidad de la existencia. España tuvo a mano la posibilidad de proyectar sus vidas atormentadas en el acto heroico. Destruir y guerrear, más que una actividad fortuita, se convirtió en una profesión honorable, donde siempre fue mayor la demanda que la oferta. Quien no amaba las aulas de Salamanca, pudo siempre irse a la guerra: Quien no sentía el aire de sus campos o las emociones del mercader, pudo irse a la guerra. Quien no amaba el trabajo o la vida ordenada rutinaria y pacífica, canalizó en la guerra lo que en la paz se llama ocio, vicio o maldad.

El cese de la guerra de la reconquista con la caída de Granada, debido a lo cual quedan sin actividad los voluntarios que, combatiendo a los moros, alcanzaron honores y fortuna. La guerra, como una hembra en celo, dejaba sentir por los caminos de España su canto reclamante. A su invocación respondían los machos de la especie.

El carácter psicopático del soldado en general, cuando escoge la guerra como profesión, pues exacerba los instintos de pillaje, de destrucción, la criminalidad reprimida, la irresponsabilidad social, el sadismo, el desprecio por los trabajos manuales y las profesiones de la inteligencia; el hecho incontrovertible de que aquellos veteranos cesantes de la guerra de la Reconquista se convirtieron en los viajeros de Indias, en los conquistadores; la compensación que la Conquista del Nuevo Mundo brindó a aquellos combatientes desocupados; su incapacidad para adaptarse a las labores de la paz.

Lope de Aguirre tipifica este guerrero frustrado que exhibe sus luchas pasadas, ante el Rey, a quien castiga con sus vituperios: … “en mi mocedad pasé la mar Océano a las partes del Perú, por valer más con la lanza en la mano… sois peores que Luzbel… vuestro gobierno es aire”. De él, de los conquistadores en general, dirá Gil Fortoul: “¿Simple enajenación mental?” Enajenados nos parecen hoy, cual más, cual menos, la mayoría de los conquistadores. Los Viajeros de Indias son un fenómeno de la post–guerra y que la guerra invirtió los valores de la nación española, llamando hidalgos a sus asociales, y villanos a los hombres simples que amaban la paz.

Los Viajeros de Indias fueron, sin embargo, mucho más que un aporte biológico indeseable transmitido a lo largo de doce generaciones; ellos fueron la primera conciencia occidental de América y los forjadores de un mundo que despertó y creció entre sus manos.

Los Viajeros de Indias constituyeron por trescientos años las raíces humanas de la clase dirigente venezolana y de ese modo fundaron las normas, los arquetipos, las formas de relación y las escalas de valores de la vida venezolana. Ese grupo social, al cual Herrera Luque califica de cerrado y “endogámico hasta el incesto”, determina de modo irreversible nuestro proceso histórico, nuestras virtudes y defectos, nuestro comportamiento y nuestra realidad. Herrera Luque advierte “que el fruto de esa predominancia es una suerte de parálisis en la estructura de la familia y de constancia en impulsos de intolerancia, inestabilidad, irresponsabilidad, audacia e individualismo”.

Esto nos explica, entonces, que la psicosis y la psicopatía se presentan en nuestra población blanca descendientes de los Viajeros de Indias, en una proporción doble a la que se presenta en los grupos mestizos y de color. ¡Ahí está la burguesía, descendientes de aquellos tarados, dementes! Que gobernaron (aun hoy) y explotaron nuestro país durante 200 años.

Dos tiempos: El de la Conquista con sus heroicos tarados, homicidas, harapientos, feroces, ávidos de poder y de riqueza, lujuriosos y violentos, ejército de la Reconquista que queda cesante y trae a las Indias todos los vicios y deformaciones propias de la guerra; y el de la Colonia, en que esas neurosis y psicosis fermentan interminablemente, atizadas por los perjuicios de casta y de sangre, las injusticias, la explotación inhumana que hicieron del indio y del negro, preparando así el gran estallido de 1812, la guerra popular de las huestes llaneras y de los esclavos alzados detrás de sus caudillos peninsulares, devorados por la crueldad y el sadismo, dignos descendientes de Lope de Aguirre, de Juan de Carvajal, de Fray Mauro de Tovar.

Escribe Salvador de Madariaga. “Durante aquellos siete siglos habían arraigado en los procesos mentales del español dos costumbres: el hombre de corazón adquiere la riqueza guerreando antes y con más honra que otro trabajando; y el hombre de corazón no descansa sobre riquezas, sino que sigue luchando, pues siempre hay infieles que destruir, riquezas que ganar y galardones que merecer”. La guerra en aquellos tiempos tenía un profundo sentido eugenésico. Por donde pasaba se iba llevando a las almas atormentadas incapacitadas para la paz.

La reconquista para los guerreros de España fue sin duda la época dorada y fecunda de su existir. Por eso tembló España cuando dos reyes consolidaron la paz definitiva. Boabdil se llevó consigo no sólo el mundo musulmán, con él se iba una forma de vivir. La capitulación tuvo toda la fuerza de un desempleo permanente. Granada fue para el guerrero lo que las revoluciones son para la burguesía o la máquina para el obrero: lo dejó de pronto, no sólo sin sentido, lo dejó sin oficio. Le arrebató el privilegio y comenzó de pronto a llamarlo vago, criminal e inepto. La ducción del reino pasó bruscamente del yelmo a la toga, del capitán al letrado, de los señores feudales al tribunal del Santo Oficio. Comenzaba una nueva vida para España, donde los héroes estaban de más.

¡Pa’lante Comandante! Lucharemos Viviremos y Venceremos.
Hasta la victoria siempre y Patria socialista.
¡Gringos Go Home!
Libertad para los cinco cubanos héroes de la Humanidad.

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